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«¿Quiero y puedo guardar esta alianza de convivencia?»: San Benito no se olvidaba del discernimientoGetty Images

¿Hay que acoger a todos los extranjeros? La Regla de San Benito ya tenía la respuesta en el siglo VI

Ni egoísmos ni puertas abiertas de par en par y sin criterio. Monseñor Erik Varden recupera la figura del padre del monacato, que es «potencialmente capaz de orientar la política»

nihil novum sub sole, asegura el libro del Eclesiastés; no hay nada nuevo bajo el sol. Los flujos migratorios no son, desde luego, un tema de ahora, y ya San Benito, en el siglo VI, daba en su célebre Regla la actitud que debía mantener un cristiano con todo aquel que tocase a su puerta.

Lo ha recordado esta semana monseñor Erik Varden, obispo de Trondheim (Noruega) y presidente de la Conferencia Episcopal Nórdica, durante su discurso apertura de la asamblea plenaria de otoño del organismo. El prelado recordó que San Benito, «respecto al imperativo de acoger huéspedes, establece un criterio radical: Decreta que todos los huéspedes —que serán principalmente pobres y personas sin hogar— deben ser recibidos como si fueran el mismo Cristo». «En cuanto llaman a la puerta, el portero debe exclamar Deo gratias! y pedir su bendición. El abad debe lavarles las manos y los pies. Se les debe mostrar toda clase de bondad. La comunidad debe esforzarse por satisfacer sus necesidades. Esta es la ley de la hospitalidad cristiana (RB 53, 66)», citó monseñor Varden.

Pero no se quedó ahí, e hizo una distinción interesante: «Un huésped permanecerá durante un tiempo y después se marchará, una vez que haya sido reconfortado y fortalecido». Sin embargo, «cuando se trata de quienes desean entrar y quedarse, de quienes quieren convertirse en ciudadanos del microcosmos monástico, el planteamiento de san Benito es diferente», advierte el obispo noruego. «Exige que se pongan a prueba las motivaciones de los postulantes. Deben permanecer esperando durante un tiempo y después se les han de explicar todas las 'cosas duras y ásperas' que implica la vida comunitaria», prosigue el prelado con el símil.

«Una tarea ardua y exigente»

«La Regla debe serles leída repetidamente, para que puedan decidir libremente: ¿Quiero y puedo guardar esta alianza de convivencia?», plantea. «El propósito de san Benito no es disuadir a los candidatos», aclara monseñor Varden. «Quiere que la comunidad crezca. En principio, cualquiera es un candidato bienvenido: no se establece discriminación alguna por razón de sangre. Pero quiere dejar claro que pertenecer a una comunidad es una tarea ardua y exigente. Requiere generosidad y determinación. Exige la voluntad de cultivar una comunión de propósitos», advierte.

Para el obispo de Trondheim, los forasteros eran bienvenidos, pero, si querían permanecer más tiempo en el convento, debían asumir la vida que allí se vivía. «De este modo, san Benito hizo posible que sus abadías fueran lugares caracterizados por una firme identidad comunitaria y, al mismo tiempo, acogedores con todos los que llegaban y dispuestos a ayudar a cualquiera que lo necesitara», afirma.

Monseñor Varden reconoce que, «naturalmente, la Regla de san Benito no puede aplicarse sin más a un Estado-nación moderno. Sin embargo, su doble perspectiva me parece potencialmente capaz de orientar la política». «Toda verdadera pertenencia confiere, no principalmente privilegios, sino responsabilidad. Este es un punto que muchos manifiestos 'populistas' no llegan a formular. Antes de aplicar las exigencias de san Benito a los demás, deberíamos, por honestidad, aplicárnoslas críticamente a nosotros mismos», advierte.