«La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular»
Dios no necesita nuestros frutos para ser más Dios. Somos nosotros quienes necesitamos aprender a vivir como administradores agradecidos y no como propietarios absolutos
La parábola de los viñadores homicidas nos habla, en primer lugar, de un Dios que escribe una historia para cada ser humano. No somos fruto del azar ni piezas anónimas dentro de una inmensa maquinaria. Dios prepara para cada uno una viña: una vida concreta, unas personas que nos cuidan y aman, unos dones, unas posibilidades, una misión. Y esa historia está llena de cariño y de ternura. Dios confía, espera, acompaña y deja crecer. Su amor no consiste en controlar cada paso, sino en confiarnos aquello que podemos llegar a ser.
El problema aparece cuando los viñadores olvidan que la viña no les pertenece. El propietario se marcha y les encomienda su cuidado. Ellos reciben un bien que no han creado y una responsabilidad que no pueden considerar exclusivamente suya. Cuando llega el momento de recoger los frutos, no se les pide algo para enriquecer al propietario. Los frutos son, en realidad, para el bien de la propia viña y de quienes viven en ella.
También nuestra vida produce frutos cuando se convierte en servicio, cuando los dones recibidos se ponen al servicio de los demás, cuando aquello que somos y tenemos contribuye a que otros puedan vivir mejor. Dios no necesita nuestros frutos para ser más Dios. Somos nosotros quienes necesitamos aprender a vivir como administradores agradecidos y no como propietarios absolutos.
Por eso resulta tan importante saber quién es el verdadero dueño de la viña. El hombre puede caer en la tentación de pensar que su vida le pertenece enteramente, que nadie puede pedirle cuentas de lo que hace con ella. Sin embargo, todo lo que hemos recibido —la vida, el tiempo, las capacidades, las personas que amamos, incluso las responsabilidades que se nos han confiado— es un don. Y todo don lleva consigo una responsabilidad.
La parábola alcanza su momento más dramático cuando los viñadores matan al hijo del propietario. Parece que la historia ha terminado en fracaso. El heredero ha sido rechazado y asesinado. La violencia parece tener la última palabra. Pero precisamente ahí aparece la sorprendente manera de actuar de Dios: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular».
Lo que parecía el final se convierte en un comienzo. La cruz, signo de fracaso y de muerte, se transforma en camino de salvación. Dios no aprueba el mal ni necesita la violencia para realizar su voluntad, pero es capaz de entrar incluso en nuestras historias heridas y sacar de ellas una historia nueva. Allí donde el hombre ve una piedra despreciada, Dios puede descubrir la piedra angular.
Esta es una de las grandes esperanzas de la fe cristiana. Nuestra historia no queda definida para siempre por nuestros errores, por las injusticias sufridas ni siquiera por nuestras pérdidas. Dios puede tomar aquello que parecía roto y convertirlo, sin negar el dolor, en lugar de una vida nueva.
La viña sigue siendo suya. Nosotros somos sus administradores. Y quizá la pregunta decisiva no sea cuánto hemos producido, sino si hemos aprendido a reconocer al propietario y a entregarle, con confianza, los frutos de una vida que un día recibimos de sus manos.
Jesús Higueras es el párroco de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón (Madrid)