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ENTRE TÚ Y YOHNA. CARMEN PÉREZ

Inversión de las proporciones

Todo es pequeño comparado con la inmensidad de Dios. Jesús se conmueve ante la fe del centurión, la hemorroísa, la cananea, la petición del que llamamos por eso el buen ladrón, crucificado a su lado. La mirada de Jesús se fija en lo más pequeño, en lo pequeño e impotente por sí mismo, porque ve en ello el poder infinito del Padre

Hay muchos santos, teólogos, Papas que han reflexionado sobre cómo el Creador elige lo humilde para mostrar su grandeza. Se ve clarísimo en el comienzo del cristianismo, en el hecho de la Encarnación, en la lógica del Evangelio, en la acción de la historia que está tejida por la intervención divina en pequeños acontecimientos cotidianos o a través de personas humildes y sencillas, mostrando que Dios se sirve de lo humanamente insignificante para transformar el mundo.

La realidad es muy clara: Inversión de las proporciones. Ver la potencialidad infinita de Dios que se manifiesta a través de lo más pequeño es una expresión concreta del Papa León Magno y Benedicto XVI. Esta profunda reflexión pertenece a los comentarios sobre la parábola del grano de mostaza y la levadura del Evangelio de S. Mateo. El misterio, el hecho por el cual lo que el mundo considera insignificante o débil a los ojos de Dios es inmensamente poderoso.

El Papa León XIV, en su primera intervención en la Plaza de San Pedro, habló de la parábola del sembrador y del grano de mostaza, y nos decía que el Reino de Dios tiene inicios humanamente insignificantes, pero posee una fuerza transformadora imparable y auténticamente revolucionaria. Esta es, desde luego, nuestra conversión: una inversión de las proporciones, de verdad sentir en lo profundo de nuestro corazón que nuestras medidas no son las de Dios.

Hay que dejar la lógica basada en el control, en el cálculo, el éxito, los méritos y abrazar la gracia, la generosidad, la acción de gracias a Dios, la mirada divina. Jesús nos lo enseña constantemente en el Evangelio: los primeros serán últimos, y los últimos primeros. Cambia nuestra idea de recompensa y jerarquía. Y recordamos la ofrenda de la viuda pobre, sus dos monedas valoradas por Dios por encima de las grandes donaciones de los ricos, porque ella dio todo lo que tenía. Es nuestra conversión.

Jesús, en el Evangelio, nos presenta constantemente así el reino de los cielos. A Jesús nunca le llama la atención lo inmenso, es que para Dios ¿qué es realmente lo inmenso? Todo es pequeño comparado con la inmensidad de Dios. Jesús se conmueve ante la fe del centurión, la hemorroísa, la cananea, la petición del que llamamos por eso el buen ladrón, crucificado a su lado. La mirada de Jesús se fija en lo más pequeño, en lo pequeño e impotente por sí mismo, porque ve en ello el poder infinito del Padre, su misericordia, su bondad, la acción de la gracia del Espíritu Santo. Sólo en nuestra pequeñez somos capaces de recibir toda la fuerza de su Espíritu. Así comprendemos las bienaventuranzas, el constante decirnos Jesús: oísteis que se dijo… pero yo os digo...

Esta es nuestra conversión: una inversión de las proporciones. En el diálogo de Jesús con Nicodemo, que algunos han dicho que resume el plan de salvación de Dios y el corazón de la fe cristiana, nos explica que es necesario volver a nacer, nacer del agua y del Espíritu. Pone de manifiesto lo que significa el nuevo comienzo, que no depende del esfuerzo humano, sino de la gracia divina. En este diálogo hay un versículo que sintetiza toda la teología cristiana: tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.

La inversión de proporciones radica en el choque entre la lógica humana y la lógica divina. Tengo que invertir, cambiar el orden, el sentido de las cosas, como en una razón matemática se intercambia el numerador y el denominador. Inversión de las proporciones, inversión de las partes de unas cosas con el todo, o entre cosas relacionadas entre sí.

El verdadero científico no cae en esto. El que descubre, el que inventa una fórmula, sabe reconocer. Es curioso que los científicos estén de lleno investigando y comprendiendo la importancia de lo pequeño, de lo infinitamente pequeño, y en la vida no seamos conscientes de ello. Así, con ese adverbio «infinitamente» delante de «pequeño». Lo infinito: ese valor mayor que cualquier cantidad que podemos asignar.

¿Quién no se impresiona con el maravilloso funcionamiento celular diseñado durante miles de millones de años de evolución de los organismos vivos? ¿Dónde y cómo lo infinitamente grande es lo infinitamente pequeño? ¿Cómo lo infinitamente pequeño es el origen de lo grandioso, de lo que no tiene medida? Luego, estamos muy preparados para entender la inversión de las proporciones que es uno de los misterios de Dios. Lo grande, lo poderoso, es lo pequeño. La semilla pequeña es lo verdaderamente grande. Lo que el hombre con su razón, en su dimensión de científico toca y ve, la fe de este mismo ser hombre lo descubre, lo amplía, le lleva al reconocimiento pleno de la realidad. La grandeza de lo que en el hombre es la razón y la fe es la gran realidad de la historia humana.

Cada vez más me produce disgusto cuando se habla de la ciencia como algo fuera del hombre, como si pudiera existir la ciencia sin el hombre. Ya sé que es evidente lo que voy a decir, pero muchas veces no lo parece: no admiro la ciencia, admiro al científico que es capaz de leer y comprender así la naturaleza. Como admiro al artista que es capaz de sentir y expresar así la belleza. Jamás puedo arrancar de mí que la ciencia es una manera de ser del hombre, como es una manera de ser del hombre ser artista, economista, profesor, pensador de la historia, de la cultura, de la religión. Algunos estarán pensando: por eso cuando admiramos la naturaleza, admiramos a su Creador, a su Pensador, a su Inteligencia, a su Corazón, dicho con la única perspectiva que podemos tener, la humana.

Nos abre completamente el horizonte lo que dice Benedicto XVI de la inversión de las proporciones, de la potencialidad infinita de Dios que se manifiesta a través de lo más pequeño. Siempre nos admira, nos sorprende, nos asombra desde el punto de vista de la historia la Encarnación del Hijo de Dios, su vida oculta durante 30 años, la resurrección ¿es poco llamativa? ¿No es inimaginable para un hombre la semilla más pequeña de la historia?

Es imposible que creamos que lo hemos abarcado. A la luz de lo que el hombre ve en lo infinitamente pequeño nos abrimos a la inversión de las proporciones que es el misterio de Dios. Lo grande, lo poderoso en lo pequeño. La semilla pequeña es lo verdaderamente grande.

Así es como Dios se hizo hombre, se encarnó en el seno de una mujer, nació de la manera más pobre y sencilla. Y el impresionante hecho de la resurrección ha entrado en el mundo, solo a través de algunas apariciones misteriosas a unos elegidos y eso fue el comienzo de lo verdaderamente grande. ¿Cómo no abrirnos de lleno a la conexión entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, al modo sencillo, humilde, de lo divino?

Realmente, la «lógica» de la semilla en el Evangelio invierte los criterios humanos de poder y eficacia. Frente a la necesidad mundana de ostentación, poder, resultados inmediatos, el misterio divino opera desde lo aparentemente insignificante, revelando una dinámica transformadora. Por eso la inversión de las proporciones humanas que nos propone Benedicto XVI, leamos, oremos así el Evangelio: Cristo siempre es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Nuestra medida es Dios, por Él fuimos creados a su y semejanza suya. Redimidos por el mayor triunfo del amor divino su muerte en la Cruz. El inmenso sufrimiento de Cristo supera todo el mal, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.