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Rafael Domingo Oslé

Rafael Domingo Oslé, durante su visita a 'El Debate'Thorun Piñeiro

Entrevista al catedrático de Derecho y jurista

Rafael Domingo Oslé: «El odio da votos: una persona que odia no piensa y seguirá a quien alimente ese odio»

Acaba de publicar El perdón, su libro número 35. «Una sociedad que no perdona es una sociedad que se autodestruye», advierte

Regresó de Estados Unidos en 2023 donde, desde hacía más de una década, había trabajado en la universidad Emory de Atlanta. Rafael Domingo Oslé (Logroño, 1963)es catedrático de Derecho Romano, jurista y académico español, además de discípulo de Álvaro d'Ors. Es autor de 35 libros, y el próximo miércoles sale a la venta el último de ellos, El perdón. Una sabiduría silenciosa (La esfera de los libros).

– Un jurista hablando de perdón en vez de justicia. ¿Por qué?

– Porque a mí me parece que esa famosísima definición de justicia de Ulpiano con la que hemos vivido y sigue viviendo Occidente, de dar a cada uno lo suyo, sigue siendo vigente. Ese suyo no es solo su derecho exigible ante un tribunal, sino también es su perdón.

– Y eso deriva de la dignidad humana...

– Dar a cada uno lo suyo es también dar a cada uno su perdón. Esa es, quizá, la tesis más profunda que hay en este libro y la que a mí me gustaría debatir con filósofos, con juristas, con sociólogos y, sobre todo, con políticos.

Una sociedad que no perdona es una sociedad que se autodestruye.

La portada del último libro de Rafael Domingo Solé

La portada del último libro de Rafael Domingo SoléLa esfera de los libros

–Sin embargo, parece que la máxima habitual es la de «ni olvido ni perdono», ¿no le parece?

Sí, a mí me dolió mucho, como católico incluso, recordar a una persona a la que la ETA había asesinado a un familiar y decir precisamente eso: ni olvido ni perdono. Me dolió porque lo estaba diciendo un católico. Yo creo que no hay que olvidar, pero hay que purificar la memoria, que es distinto que olvidar. Es posible, pero es un don, hay que perdonar

Hay muchas veces en que no es fácil perdonar, y yo no puedo exigir a una persona que perdone. El perdón es un don, pero la persona que dice: «No perdono», creo que todavía no ha llegado a comprender en su máxima profundidad lo que significa la dignidad humana.

– Y en cierto modo, ese rencor es un veneno para uno mismo, ¿verdad?

– Ese es el gran veneno. Es lo que le llevó a Hannah Arendt, que era judía y una gran politóloga, a decir: «Yo he aprendido de Jesucristo el perdón, pero no lo voy a aplicar en sentido religioso, sino que lo voy a aplicar en sentido político, y lo voy a secularizar, porque una sociedad que no perdona cae en la espiral del rencor, y una espiral de rencor te lleva directamente al odio, y el odio te lleva a la destrucción».

La única manera de cortar ese proceso destructivo es perdonando.

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«La única manera de cortar ese proceso destructivo es perdonando», sostieneThorun Piñeiro

¿Cuántas veces hay que perdonar?

– ¿Todo es perdonable?

– Esa fue la gran pregunta del siglo XX: Después del Holocausto, ¿qué? Y Hannah Arendt dijo: «No, no es todo perdonable». Incluso muchas personas que estuvieron en el Holocausto, dijeron: «Perdonar es obsceno».

Este es el gran debate.

– Pero, además de este episodio concreto, el rencor puede dar un rédito político y electoral, ¿no le parece? Es el alimento de los eternos ofendidos...

– Por supuesto. De la misma manera que el amor se transmite en familia, el odio también se transmite en familia.

De la misma manera que el amor y el perdón se pueden transmitir a una sociedad, el rencor y el odio se pueden transmitir igualmente a una sociedad.

Y el odio da votos, por supuesto que da votos, porque una persona que odia no piensa, y entonces sigue directamente a quien, emocionalmente, le puede alimentar ese odio.

Pero en el libro no hablo de votos, sino de una sociedad que mira hacia el bien común. Una sociedad que solo busca el voto es una sociedad individualista que se acaba autodestruyendo, que es un poco lo que está pasando en España.

– Pero, claro, alguien que nos esté leyendo le puede objetar: «¿Cómo voy a perdonar al que fue mi marido, que me daba unas palizas tremendas? ¿O a esa persona que abusó de mí? ¿O a mi hijo, que me ha abandonado?»

Bueno, el perdón nunca se puede exigir. Es un don. Y este libro está escrito en diálogo con Adrián, un nombre ficticio de una persona que existió, que murió hace un año y con lo que yo hablé muchísimo.

Era una persona que no se había perdonado a sí misma, que no había perdonado a Dios, porque siendo niño, con cuatro años, murieron sus padres en un accidente de tráfico.

No había perdonado a la mujer a la que realmente quiso, porque ella no quiso casarse con él. Y entonces él se casó con otra para demostrar a la que realmente quería que la que había fallado era ella. Y, al final, falló con las dos.

Estoy pensando también en Hans Chaim Maier, al que llamaban Améry, que estuvo en cuatro campos de concentración. Fue torturado y y salió de ahí porque fue rescatado por las tropas americanas.

Se dedicó a dar conferencias y decía: «Señores, la vida no tiene sentido y el perdón es obsceno». En un momento determinado, un chico de unos veinte años le preguntó: «Bueno, y si la vida no tiene sentido y el perdón es obsceno, ¿usted qué hace aquí?».

Améry respondió: «Paciencia».

Al cabo de dos años fue a su pueblo, al hotel que más quería, y poniéndose la música de un músico que apreciaba, se quitó la vida.

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«No se puede caer en el fundamentalismo de exigir perdones a quienes no pueden darlo», afirmaThorun Piñeiro

Es decir, yo, lo que digo es que, ante estos casos y ante el perdón, que es el acto más divino que puede realizar el ser humano, hay que ir de rodillas. No, no se puede dogmatizar, no se puede caer en el fundamentalismo de exigir perdones a quienes no pueden darlo porque todavía la herida está muy abierta. Hay que tratarlo con muchísimo respeto.

– De hecho, Améry dijo también aquello de que «el perdón es el lujo del que no fue triturado»...

– Claro, claro. ¿Quién es capaz? Porque tú no le puedes decir a una persona que ha estado en ocho campos de concentración: «Oye, perdona, que aquí no pasa nada y, si no perdonas, es porque no amas suficientemente».

Hay una distinción de Santo Tomás, en la que habla de un perdón que es casi exigible: si yo estoy en el Metro y una persona mayor, pues no sé, me pega un golpe porque se le cae el bastón, pues bueno. Es un perdón que prácticamente es exigible, sobre todo si me pide disculpas, ¿verdad?

Pero hay un perdón que es muy complejo y que es una gracia especial, un don especial de Dios, que dijo: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Es ese perdón que hay que dar a personas que te han dañado en lo más profundo, que además no te quieren pedir perdón y que te siguen odiando... Eso es un don, eso es un don. Y eso es el cristianismo, en el fondo: el amor al enemigo.

Setenta veces siete hay que perdonarle. Pero eso sí, con la gracia de Dios. O sea, si piensas que un ser humano tiene tanta fuerza que va a ser capaz de perdonar, eso es un sinsentido.

¿Sólo para los creyentes?

– Por tanto, una persona que no sea cristiana le podría objetar: «Bueno, entonces eso no va conmigo»...

– Empiezo el libro con casos de personas no cristianas que han admitido la fuerza del perdón. Thich Nhat Hanh, por ejemplo, que era un monje budista y hablaba muchísimo del perdón. No es exactamente el perdón cristiano, que es amar al que realmente te odia, es decir, al enemigo.

Él veía el perdón como una purificación interior que necesitas; es la gestión del daño. Es decir, si tú no perdonas, te estás dañando a ti mismo. La mejor manera de perdonar es fomentar un sentido de compasión y no mirarse desde la herida. Eso es profundamente budista; eso es profundamente cristiano. Es decir, el perdón no es solo cristiano. Lo que pasa que el cristianismo lo ha radicalizado. Hay personas no cristianas que han perdonado mucho más que los cristianos y mucho más que los católicos.

Por eso me escandalicé con ese católico que decía: «No olvido y no perdono». Puedes decir «no olvido». Puedes decir: «Soy católico y trato de perdonar, pero no puedo». Eso es distinto, ¿no?

Pero esa persona que se niega a abrir la puerta, mínimamente, de la posibilidad del perdón es que tiene el odio y el rencor dentro de su alma. Y eso es terrible.

– El primer paso para cualquier persona, por tanto, sería abrir la puerta, es decir, pensar que «me repugna incluso la posibilidad de perdonar a esta persona que me ha hecho tanto daño, pero abro la puerta», ¿no?

– Claro, es muy importante en estos casos separar. Se perdona a la persona y se gestiona el daño. Yo suelo decir: si ves que, a lo mejor, fue la peor versión de esa persona la que te hizo daño, pero que esa persona también es hija de Dios, tiene que tener una posibilidad de redención.

Entonces, vas trabajando con esa persona y luego trabajas el daño. El daño hay que repararlo. Yo puedo perdonar a una persona y, a la vez, tener la obligación moral, y no solo jurídica, de reclamarle algo. No es tan fácil definir cómo gestionar el perdón, porque cada caso es cada caso.

Pero sí me atrevería a decir esto: se perdona a las personas –Jesucristo perdonó a las personas– y se gestionan los daños. La primera palabra que dijo en la cruz fue: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Pero ya estaba clavado.

Es decir, le ponen un clavo que ya no lo va a separar la cruz y le estaban haciendo el daño en ese momento. Es mucho más difícil perdonar cuando te están dando la patada en el partido de fútbol y además te la están dando aposta y has perdido el gol y te han roto la pierna por esa patada que perdonar cuando han pasado veinte años, ¿no?

Pero Cristo perdonó en ese momento, cuando le estaban causando el daño.

¿Se puede cambiar?

– Algunas personas sostienen que la gente no cambia. Que el que la hace la paga, y que el que es malo, es malo...

– Bueno, yo creo que todos cambiamos. Basta conocernos a nosotros mismos. Yo no soy el mismo que hace diez años. Yo he estado doce años viviendo en Estados Unidos y he cambiado radicalmente mi modo de ver. Hasta el modo de ver mi propia religión, porque era el único católico que estaba en mi centro de investigación. Por tanto he tenido que hablar con muchos protestantes, muchos judíos, muchas personas que pertenecían al islam, a los que valoro profundísimamente.

He tenido que hablar con muchos ateos, he tenido que hablar con muchos agnósticos, he hablado con personas de otros partidos, he tenido que entender el Partido Republicano, el Partido Demócrata Americano. Me he abierto.

Decir que una persona no cambia es sencillamente pensar que el mundo se ha parado para hacerle a él una foto. De la misma manera que cambiamos físicamente, dentro de diez años creo que por dentro seremos también totalmente distintos. Al menos eso espero yo: Haber mejorado un poquito...

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