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Por qué los jóvenes no se casan por la Iglesia. A diez años de 'Amoris laetitia'

El compromiso del matrimonio, necesario incluso para un matrimonio secular, es simplemente demasiado porque encierra a uno en una forma de vida en la que otras opciones ya no están sobre la mesa, haciendo imposible aquello que dijera Ortega y Gasset: «Vivir una vida significa desvivir todas las demás imaginadas»

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«Un compromiso, una forma de vida, una consagración que transforma lo mundano en el lugar de salvación»Getty Images/iStockphoto

El Papa pide a los obispos que se pregunten por qué cada vez menos jóvenes se casan por la Iglesia. Es una interpelación realizada en el Aula Pablo VI del Vaticano, que acoge una reunión internacional bajo el lema A diez años de Amoris laetitia: anunciar el Evangelo con las familias hoy. El objetivo de este encuentro, convocado por el Papa León XIV, es reflexionar sobre el camino recorrido tras la publicación de la exhortación apostólica Amoris laetitia por el Papa Francisco en 2016, evaluar su recepción en los diversos contextos culturales y renovar el acompañamiento pastoral frente a las transformaciones sociales contemporáneas.

En Amoris laetitia, el Papa Francisco es consciente de esta difícil situación de la imaginación sacramental respecto al matrimonio. Entre los jóvenes en particular, señala que la institución del matrimonio está cuestionada. Francisco aconseja en su exhortación: «Necesitamos encontrar el lenguaje adecuado, los argumentos y las formas de testimonio que nos ayuden a llegar al corazón de los jóvenes, apelando a su capacidad de generosidad, compromiso, amor e incluso heroísmo, e invitándoles así a afrontar el reto del matrimonio con entusiasmo y valentía».

La perspectiva de Francisco va más allá de la crisis sociológica (menos personas se casan), más allá de la crisis moral fácil (la gente prefiere la autosatisfacción inmediata a la alegría que da la virtud), más allá de la crisis de la idolatría romántica (ella no era mi alma gemela, así que tengo que encontrar a alguien más), más allá de la crisis económica (la gente no puede permitirse casarse), hasta llegar a la verdadera crisis, la crisis de credibilidad, es decir, la crisis de fidelidad.

Su propia Esposa

El Papa Francisco llegaba así a la causa trascendente (falta de fidelidad entre cónyuges) y al efecto trascendental (falta de credibilidad, es decir, la destrucción del poder del niño para creer). Los cónyuges, por fidelidad en el amor mutuo, dan testimonio de la fidelidad de Dios para amarnos, a quienes él llama su propia Esposa. Los niños son el público principal de este drama de amor fiel. El fracaso de los padres para amarse fielmente socava seriamente la credibilidad del Dios que supuestamente ama a su propia Esposa (la Iglesia), el Dios que garantiza el vínculo de amor entre los padres.

Tanto en Audiencias como en Amoris laetitia, Francisco reservaba alguna de sus retóricas más contundentes precisamente para este punto: «¿Cuánto peso tienen nuestras elecciones erróneas en el alma de nuestros hijos?». Cuando los adultos pierden la cabeza, cuando cada uno piensa solo en sí mismo, cuando un padre y una madre se hacen daño, las almas de sus hijos sufren terriblemente, experimentan una sensación de desesperación. Y estas heridas dejan una marca indeleble.

Por tanto, una razón fundamental de este declive matrimonial es la incapacidad de comprometerse de forma permanente con otra persona. Este problema con el compromiso es especialmente evidente entre los jóvenes de 18 a 29 años, que luchan con las exigencias que les imponen la carrera, las expectativas financieras y una comprensión mal formada de lo que constituye la relación «perfecta». Si la Iglesia busca renovar el matrimonio, deberá abordar la renovación de la práctica del matrimonio en sí, demostrando cómo el sacramento del matrimonio proporciona una vía de florecimiento humano distinta de los enfoques seculares del matrimonio.

No estar nunca satisfecho

Un examen minucioso de la textura del deseo en la cultura consumista revela que no se trata simplemente de fijar el corazón en bienes materiales, sino de no estar nunca satisfecho con ellos. La cultura consumista forma al ser humano como un ser infinitamente deseoso, un objetivo que comparte en particular con la fe cristiana: la persona humana no está completa hasta que encuentra la plenitud en Dios, conforme al dictum agustiniano. La cultura consumista adopta esta perspectiva antropológica, afirmándola y luego utilizándola para sus propios fines: fomentar un ciclo interminable de consumo. En particular, la publicidad es la liturgia sacramental de esta forma de desear.

En el corazón de la existencia cristiana está la capacidad de deseo infinito, de una felicidad plena más allá de cualquier cosa que un ser humano pueda construir. El problema es que los jóvenes se han formado para percibir la felicidad humana como mediada a través de un proceso interminable de adquisición. Si el deseo se ha formado en los procesos gemelos de seducción y distracción, muchas parejas pueden llegar finalmente a la conclusión de que el hastío que se instala en la mayoría de los matrimonios es una señal de que hay que buscar un nuevo producto. Ya no se está «satisfecho» con esta persona, por lo que es hora de buscar en otro lado.

La solidez de la fe cristiana no se reduce simplemente al interminable deseo, sino más bien a una forma de compromiso que la cultura de consumo hace casi imposible. El compromiso del matrimonio, necesario incluso para un matrimonio secular, es simplemente demasiado porque encierra a uno en una forma de vida en la que otras opciones ya no están sobre la mesa, haciendo imposible aquello que dijera Ortega y Gasset: «Vivir una vida significa desvivir todas las demás imaginadas».

La clave está en descubrir la belleza del amor matrimonial y familiar, en la necesidad de presentar una antropología teológica distinta del deseo consumista. En el deseo consumista, el yo desnudo está en el centro, buscando objetos materiales para saciar (al menos brevemente) el deseo de uno. El matrimonio no es un sacramento que trate fundamentalmente sobre los deseos individuales de la pareja, sino sobre la transformación del amor natural naciente en un regalo para el mundo. En el corazón de este sacramento del matrimonio se descubre una comprensión del deseo humano relacionada no con el consumo sino con la lógica de conversión del don.

El deseo consumista se sacrifica en el altar del amor divino. Uno promete de manera pública (y la naturaleza pública importa) que el amor y el honor se ofrecerán de forma permanente. La pareja reconoce en este momento más sagrado los peligros de la enfermedad y, por tanto, de la muerte. Se reconoce la pobreza de la existencia humana, pero se transfigura. Y la consagración de este acto por parte de la Iglesia, la bendición nupcial en sí, se convierte en la elevación de esta ofrenda a una participación en la vida de Dios.

Una consagración

Así, el momento del consentimiento es más que el momento del suceso sacramental. Es la consagración de un amor, de una vida, la elevación de una unión particular en el propio don de Dios. Estos no son votos que sean expresiones personales de deseo. Más bien, son un compromiso, una forma de vida, una consagración que transforma lo mundano en el lugar de salvación.

La respuesta negativa a la interpelación del Papa León es que existe el miedo a un compromiso de por vida, un miedo provocado en parte por el efecto del deseo del consumidor entre los adultos emergentes. La Iglesia no puede solucionar este problema fácilmente. Pero sí puede ofrecer una propuesta positiva, presentar y celebrar el matrimonio en el mundo actual como una señal sanadora de lo que implica el compromiso de por vida. Puede proclamar el kerygma del matrimonio de que toda unión nupcial no trata sobre la pareja individual, sino sobre la salvación del mundo a través del amor nupcial. Puede presentar el don del consentimiento como un compromiso de por vida hacia otra persona, en el que se practica la lógica del don día a día, haciendo que el amor de Dios esté disponible en el proceso.

Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid.

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