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Ruth Pakaluk y su marido Michael con algunos de sus hijos

De atea y proaborto a madre de siete y miembro del Opus Dei: la historia de Ruth Pakaluk antes de ser Sierva de Dios

Amó tanto a su familia que preparó su felicidad… sin ella. Cuando el cáncer avanzó, Ruth tomó una decisión: pidió a su marido que se volviera a casar para que sus hijos siguieran teniendo una madre

Para los niños del vecindario al este de la Interestatal 290 en Worcester, Massachusetts, Ruth Pakaluk no era una destacada provida ni una brillante graduada de Harvard. Era simplemente la mujer que abría la puerta de su casa a todos los que necesitaban un lugar donde estar.

«Era como la ‘Madre del barrio’», recuerda su marido, Michael Pakaluk, al National Catholic Register. Hoy es profesor en la Escuela de Negocios Busch de la Universidad Católica de América.

Ahora la Iglesia pone sus ojos en esa misma mujer sencilla. El Vaticano ha concedido el nihil obstat — «nada se interpone»– que abre oficialmente una investigación formal sobre su vida. Desde ese momento, Ruth pasa a ser llamada Sierva de Dios: la primera señal de un largo camino que, algún día, podría llevar a declarar que está en el Cielo.

Una conversión que cambió destinos

Nacida en Nueva Jersey en 1957 y de familia mitad holandesa, mitad escocesa, Ruth creció en un hogar presbiteriano pero con el tiempo llegó a declararse atea. Tocaba varios instrumentos, jugaba al hockey, cantaba en coros y se movía con soltura sobre los escenarios de teatro. Inquieta y curiosa, por sugerencia de un exalumno del Radcliffe College solicitó el ingreso a la Universidad de Harvard, donde defendía el aborto legal

Fue allí donde conoció a Michael, quien había nacido en una familia católica pero había dejado de practicar: dos jóvenes brillantes y escépticos que se encontraban en pleno debate intelectual universitario. Sin embargo, todo cambió cuando ambos decidieron tomarse en serio la búsqueda de la verdad.

Carta de Ruth a una amiga

«Tan pronto como llegué (o mejor dicho, recuperé) la convicción de que Dios existe, me pareció obvio que lo único racional era averiguar más sobre Él y sus deseos, ya que, por definición, Dios es infinitamente más valioso e importante que cualquier otra cosa. Ahora me cuesta recordar o imaginar cómo alguien puede creer en Dios y, sin embargo, no considerar imperativo esforzarse por ponerlo en el centro de su conciencia.

Hacer esto puede parecerles agotador, pero piensen en lo siguiente: la Iglesia siempre ha enseñado que Dios creó al hombre de tal manera que no puede evitar desear la felicidad, pero solo podemos ser felices (verdaderamente felices, no solo momentáneamente entretenidos o distraídos) al estar unidos a Él. Por lo tanto, dirigir constantemente la atención hacia Dios sería lo más natural para cualquier persona».

Se casaron mientras aún eran estudiantes y con el tiempo, terminaron entrando en la Iglesia católica. En Nochebuena de 1980, Michael hizo una confesión general y Ruth fue recibida en la Iglesia y confirmada. Posteriormente, descubrieron el Opus Dei y eligieron ese camino dentro de la Iglesia como la «estructura externa» que necesitaban para la vida interior.

Años después, ya madre de varios hijos, Ruth se convirtió en una de las voces más influyentes en la denuncia del aborto en Massachusetts. Su defensa de la vida nacía ahora de su propia experiencia de maternidad, no solo de argumentos. El filósofo Peter Kreeft llegó a afirmar que sus intervenciones eran «las charlas más persuasivas, irresistibles y atractivas que jamás había escuchado».

Una casa modesta, pero llena de vida

En 1988 los Pakaluk se mudaron a Worcester. La casa a la que llegaron era muy sencilla: sin agua caliente, con alfombras de cuarenta años, pocos muebles y una estufa y un frigorífico que pedían un reemplazo urgente. Tampoco su coche de quince años invitaba al optimismo. Aun así, aquel hogar se convirtió rápidamente en un imán para los niños del barrio.

Ruth horneaba dulces, organizaba juegos, enseñaba a leer e incluso llevaba a una docena de pequeños al estanque en verano en su vieja furgoneta. Solo ponía una condición: leer un libro antes de volver a salir. Tenía la certeza de que cada niño merecía oportunidades.

Su generosidad se extendía mucho más allá de su vecindario. Cuando un año recibieron una devolución de impuestos más alta de lo previsto, decidieron donarla íntegramente a organizaciones católicas humanitarias convencidos de que otros la necesitaban más que ellos.

Esa entrega se complementaba con su creciente implicación pública: participaba en debates, encuentros y programas de televisión defendiendo la vida, aunque siempre dejaba claro cuál era su principal vocación —la que más le apasionaba—: ser madre y ama de casa.

Vivir la muerte de un hijo

El quinto hijo de los Pakaluk, Thomas, murió de forma inesperada a las siete semanas de nacer, en 1989, a causa del síndrome de muerte súbita del lactante. Aquel golpe desgarrador marcó a la familia, pero Ruth y Michael lo vivieron como una participación en la Cruz de Cristo: una «misericordia severa» que podía traer gracias, según expresó él más tarde.

Pero el dolor no se detuvo ahí. En 1991 le diagnosticaron a Ruth un cáncer de mama que terminaría extendiéndose. Aun así, continuó rezando, formando, entregándose. Su manera de sufrir impactaba a quienes la rodeaban: no se permitía centrarse en sí misma, pensaba siempre en sus hijos.

«El mayor sufrimiento es el miedo a morir cuando mis hijos aún son tan pequeños», confesaba. Su serenidad ante la enfermedad era desarmante. «Confío en que Dios hará que las cosas salgan bien, aunque no lo parezca. Tengo plena paz en que Él sacará algo bueno de esta experiencia, sea cual sea el resultado», aseguraba.

Su amor por su familia era tan grande que llegó a pedir algo tan radical como que Michael encontrara otra esposa que pudiera criar a sus hijos si ella faltaba. Poco antes de morir, incluso sugirió un nombre: Catherine Hardy, hija mayor de aquellos amigos suyos tan cercanos. Y la historia terminó como ella había deseado: Catherine y Michael se casaron en 1999.

Ruth falleció en 1998 con solo 41 años. Dejaba un legado que no ha dejado de crecer: siete hijos, ahora decenas de nietos y una comunidad que aún recuerda su luz. Poco antes de partir, escribió a una amiga una frase que definía su vida: «He amado la vida que Dios me dio. No hay otra vida que hubiera preferido vivir».