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El incendio de la Catedral de Notre Dame de París el 15 de abril de 2019 fue uno de los mayores desastres culturales del siglo XXI junto con la destrucción de Palmira, Nimrud y otros sitios arqueológicos en Irak y Siria a manos del Estado Islámico. Pero la destrucción de Notre Dame tuvo un significado particularmente profundo, por ser la catedral parisina uno de los signos más reconocibles de la civilización occidental cristiana. Por fortuna, la destrucción fue limitada y se ha podido reconstruir de una manera fiel. Sin embargo, la imagen del colapso de las techumbres (con las vigas originales de los siglos XII y XIII), bóvedas, crucero y la aguja fue un enorme golpe cultural e identitario para Francia y Europa.

El incendio de la Catedral de Notre Dame de París el 15 de abril de 2019 fue uno de los mayores desastres culturales del siglo XXIGTRES

El fuego que reescribió el alma de Francia: de las cenizas de Notre-Dame al viaje de León XIV

La reacción del pueblo galo puso de manifiesto que Notre-Dame pertenecía a esa clase de símbolos 'inmortales' ante los que el hombre intuye que hay algo que lo trasciende: algo más grande que uno mismo y capaz de resistir al paso del tiempo

La tarde del Lunes Santo de 2019 permanece grabada en la retina de tantos que presenciaron en vivo o a través de la televisión cómo las llamas devoraban la catedral de Notre-Dame de París. Ante el horror de ver desplomarse la aguja y contemplar cómo el fuego consumía el histórico entramado gótico, la reacción espontánea de miles de parisinos fue salir masivamente a las calles para presenciar con sus propios ojos la tragedia.

No hubo víctimas mortales y apenas se registraron heridos. Sin embargo, en medio del colapso de las vigas y de la angustia desbordada, emergió una escena profundamente elocuente: muchos de los presentes, con el corazón encogido, comprendieron que estaban asistiendo a un acontecimiento histórico llamado a dejar una huella profunda en el alma de Francia y de Europa.

Otros muchos cayeron de rodillas sobre el asfalto, rezando entre lágrimas y entonando a coro el Ave María mientras contemplaban, atónitos, cómo el fuego consumía uno de los lugares más emblemáticos de la cristiandad europea. Para numerosos fieles, la visión de las llamas incluso llegó a percibirse como la imagen viva de una identidad occidental y europea que parecía desvanecerse entre el humo, despertando una especia de temor visceral ante el posible final de toda una época.

Personas observan la catedral de Notre Dame mientras bomberos intentan apagar el incendio este lunes, en París (Francia). La catedral de Notre Dame, icono de París y exponente máximo del arte gótico, sufrió este lunes un devastador incendio que acabó con parte de su estructura y sumió a Francia en un estado cercano a la conmoción. EFE/ Julien De Rosa

Personas entonando cantos frente a la catedral de Notre Dame mientras acaecía el incendioEFE

Testigo mudo de ocho siglos de historia y fe

El templo gótico nunca ha sido una mera estructura de piedra; ha actuado siempre como el guardián de la memoria colectiva gala. Como dejó escrito el célebre escritor Víctor Hugo en su obra Nuestra Señora de París, «las catedrales son testigos mudos de la historia, guardan en sus muros los secretos de un pasado glorioso». En sus páginas, Hugo recordaba que «en el corazón de una catedral late la fe de un pueblo, su esperanza y su amor por lo divino».

A lo largo de sus más de 800 años de existencia, este imponente edificio ha superado momentos sumamente convulsos, como el incendio provocado durante la Comuna de París en 1871 o las devastaciones de la Segunda Guerra Mundial, albergando el histórico Te Deum del 26 de agosto de 1944 tras la liberación de la capital.

«La catedral es el cofre de nuestra fe, pero no es nuestra fe»

La conmoción por el desastre golpeó de lleno el corazón de la Iglesia católica. En declaraciones a los medios vaticanos, el secretario general adjunto y portavoz adjunto de la Conferencia de Obispos de Francia, Vincent Neymon, transmitió en aquel año el impacto de la tragedia sobre el episcopado y los fieles. «Es una prueba más. Esta es la de un símbolo que parece irse en humo», expresó Neymon al describir el choque compartido ante la pérdida de lo que definió como «el cofre de la fe de muchos católicos de París, de Francia y del mundo entero».

Sin embargo, en medio del dolor, el portavoz episcopal ofreció una reflexión teológica destinada a reorientar la mirada de los creyentes. «Si la catedral de Notre-Dame de París es un símbolo de nuestra fe, no es nuestra fe. Si es el cofre de nuestra religión, no es nuestra religión», afirmó con rotundidad.

Para el representante de los obispos franceses, la manera más auténtica de atravesar el desastre consistía en «sumergirse aún más profundamente en lo que constituye nuestra fe», permitiendo que la pérdida material abriera paso a la vivencia del kerigma: el tránsito doloroso por la destrucción para caminar decididamente hacia la Resurrección. Detrás de la gran Cruz que permaneció en pie incluso en medio de las llamas, el horizonte pascual permanecía visible, recordando que, aunque las piedras terrestres están destinadas a desaparecer, Cristo perdura.

El viaje de León XIV y el despertar de un alma renovada

La respuesta colectiva ante la catástrofe desbordó las previsiones. El incendio provocó de forma inmediata una movilización global de apoyo económico en favor de la reconstrucción. El propio Vincent Neymon calificó de «casi paradójico» constatar cómo, tras años de dificultades para recabar fondos destinados a la restauración del templo, el drama desató una «generosidad casi espontánea del mundo entero». «Es interesante escuchar decir que nuestro destino es reconstruir: más allá de catástrofes de este tipo, siempre estamos construyendo», destacó el portavoz episcopal al valorar el compromiso institucional y ciudadano.

Siete años después de aquella amarga jornada, el curso de los acontecimientos ha terminado por dar la razón a la máxima popular de que «no hay mal que por bien no venga». Aquel fuego no supuso el ocaso de la fe en la sociedad francesa, sino que actuó como un verdadero punto de inflexión en la vida de la Iglesia y de la nación. El impacto del incendio fue especialmente revelador al comprobar cómo conmocionó también a numerosos franceses que no se consideraban creyentes. Aquella reacción puso de manifiesto que Notre-Dame pertenecía a esa clase de símbolos 'inmortales' ante los que el hombre intuye que hay algo que lo trasciende: algo más grande que uno mismo y capaz de resistir al paso del tiempo.

Con el paso del tiempo, algo cambió silenciosamente en la identidad colectiva gala, moldeando un alma nacional renovada y sensiblemente menos hostil hacia lo sagrado. Es precisamente este nuevo mapa espiritual el que se ha encontrado León XIV este viernes en París cuando ha dado comienzo su viaje apostólico. El Pontífice no se encuentra con una nación sumida en el desconsuelo de la ruina, sino con un pueblo que, tras ver arder su mayor símbolo, redescubrió en sus cenizas la solidez de sus raíces y la fuerza de la fe que moldeó el alma de Europa.

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