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Unos voluntarios ayudan y empujan a los fieles en silla de ruedas hacia la pradera del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes para asistir a la Santa Misa celebrada por el León XIVAFP

León XIV, en Lourdes: «Las sillas de ruedas y las lágrimas no son un obstáculo, sino el lugar donde Dios transforma al hombre»

El Papa ha pedido desde el santuario mariano una urgente conversión frente al olvido de la eternidad: «Es hoy, no mañana, cuando hay que cambiar el corazón»

Miles de fieles de los cinco continentes abarrotaron la explanada de Lourdes cuando León XIV tomó la palabra. En un contexto marcado por el desencanto secular y la primacía del bienestar material, el Pontífice convirtió la Gruta de Massabielle en una llamada a la esperanza y un recordatorio de la dignidad de toda vida humana.

«Al veros esta mañana reunidos en la casa de nuestra Madre, contemplo el rostro universal de la Iglesia», comenzó diciendo el Santo Padre, tras haber saludado desde el 'Papamóvil' descubierto a los peregrinos que llevaban ante el altar sus alegrías y sus cargas. En su intervención, León XIV urgió a recuperar el sentido de la penitencia y la conversión, alertando de que la verdadera tragedia de nuestro tiempo es la insensibilidad espiritual frente a la eternidad.

Un pulso a la mentalidad contemporánea

«Frente a las corrientes actuales que pretenden redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez, la Gruta de Massabielle se erige como un santuario de la esperanza cristiana», aseveró el Pontífice. En una sociedad donde la enfermedad, el sufrimiento o la vejez son percibidos con frecuencia como cargas descartables, León XIV rescató las palabras de la Virgen María a santa Bernardita: «No te prometo que serás feliz en este mundo, sino en el otro».

Esta promesa, subrayó el Pontífice, «sacude nuestras mentalidades contemporáneas». En este sentido, denunció el riesgo de una cultura encandilada por el desarrollo técnico pero tentada de amnesia trascendente. Frente a esta deriva, la Gruta de Lourdes se alza como el reverso exacto del utilitarismo dominante. «Aquí no se rechaza ninguna fragilidad», proclamó con vehemencia el Obispo de Roma.

León XIV llega para celebrar una misa en la pradera del Santuario de Nuestra Señora de LourdesAFP

Dirigiéndose directamente a los dolientes, afirmó: «Vuestras muletas, sillas de ruedas y lágrimas ocultas no son obstáculos: son, precisamente, el lugar donde Dios os acoge, os hace sentiros plenamente respetados y os transforma con su amor infinito». Tal y como ha dicho León XIV, Lourdes constituye una genuina «profesión de fe en la belleza y la sacralidad de la vida», donde la fragilidad no se disimula ni se esconde, sino que es abrazada como un don precioso llamado a florecer eternamente en el amor del Padre.

Urgencia de conversión y el diagnóstico del mal en el corazón humano

Entrelazando la exégesis bíblica con las apariciones de 1858, el Santo Padre profundizó en el sentido salvífico de la penitencia. Recordando la triple invocación de la Virgen a Bernardita —«¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!»—, el Papa interrogó a la asamblea: «¿Acaso somos lentos para comprender? ¿Nos consideramos sin pecado con demasiada facilidad?».

El Papa aclaró que el mal y los conflictos sangrientos que asolan el planeta no proceden de Dios, sino del libre albedrío desviado del hombre. «El mal que sufre nuestra época proviene del corazón del hombre; Dios no es responsable de ello», aseveró, citando al profeta Ezequiel para remarcar que es la conducta humana la que requiere una enmienda radical. Dios nos ha creado libres porque «la libertad es una condición del amor; no se puede amar por obligación», pero esa libertad exige un «sí» a Cristo renovado «hasta nuestro último aliento».

Por ello, la llamada a la conversión reviste una urgencia ineludible: «Es hoy —no mañana— cuando hay que convertirse; ahora es el tiempo favorable, el día de la salvación». Retomando la advertencia de Cristo en el Evangelio de San Lucas, «Si no os convertís, pereceréis», León XIV recordó que el único obstáculo insuperable para la gracia es el pecado y el repliegue egoísta sobre uno mismo.

Los fieles llegan a la pradera del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, con la Basílica de la Inmaculada Concepción al fondoAFP

Purificación eclesial y la misión irremplazable de los dolientes

El Papa no eximió a la propia Iglesia de este imperativo de conversión. Para el Pontífice, la Iglesia debe tener el valor de someterse en primer lugar a la mirada purificadora del Señor. «Para sanar las profundas heridas, las infidelidades y los dolorosos extravíos cometidos en su seno, debemos someternos humildemente a la mirada purificadora del Señor», afirmó taxativo, rescatando la máxima de san Agustín: «Que te desagrade siempre lo que eres si quieres llegar a lo que aún no eres».

Finalmente, el Papa reservó un lugar de honor a los miles de enfermos congregados en el santuario. Lejos de concebir el dolor como una fatalidad pasiva, les instó a vivir sus padecimientos en espíritu de ofrenda redentora. «Estáis verdaderamente en el corazón de la Iglesia y vuestro papel es insustituible», les aseguró.

Al concluir la homilía, León XIV lanzó un envío misionero a los peregrinos, urgiéndoles a no dejarse amedrentar por las dificultades globales: «No os iréis de Lourdes tal y como llegasteis: os marcharéis como misioneros de la esperanza». Bajo la protección de la Santísima Virgen, definida por el Papa como «Estrella radiante de la mañana» y manto de ternura, la multitud emprenderá el regreso con la promesa de que la fe es capaz de transfigurar la prueba en alegría perdurable.