San Josemaría, rodeado de jóvenes
Encontrar a Dios en las encrucijadas del mundo: noventa y ocho años de un mensaje siempre joven
En el aniversario de la fundación del Opus Dei, recorremos la historia de esta institución a través de la luz de las homilías de su fundador: el descubrimiento de la santidad en las encrucijadas de la vida ordinaria
Aquel 2 de octubre de 1928, mientras en Madrid repicaban con volteo festivo las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, el joven sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer comprendió con nitidez el encargo divino que recibiría. No se trataba de erigir una simple estructura institucional ni de sumar un capítulo organizativo más a la crónica de la Iglesia, sino de reavivar un mensaje viejo como el Evangelio y fresco como el alba: recordar que la vida corriente —la oficina, el hogar, el taller o el arado— es lugar de encuentro directo con Jesucristo.
Contar la historia del Opus Dei es contemplar el despliegue de una idea espiritual que transformó la vivencia de la fe en el siglo XX. Para recorrer este itinerario no hace falta recurrir a simples cronogramas, sino asomarse a las páginas de Es Cristo que pasa, la célebre recopilación de 18 homilías pronunciadas por san Josemaría entre 1951 y 1971.
Nazaret y la llamada universal a la santidad
Durante siglos, la búsqueda de la perfección cristiana pareció reservada casi en exclusiva a quienes se apartaban del ruido del mundo tras los muros de un claustro. Sin embargo, la intuición fundacional del 2 de octubre rompió ese paradigma al situar la mirada en los treinta años de vida oculta de Jesús en Nazaret.
Como recordaría el propio san Josemaría en su homilía El triunfo de Cristo en la humildad: «Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino».
De este modo, la llamada a la santidad dejaba de ser un privilegio de pocos para revelarse como una vocación universal dirigida a todos los bautizados. No hacía falta cambiar de estado ni abandonar los afanes terrenos; la aventura divina consistía en encarnar la fe en el punto donde Dios ha colocado a cada uno.
El taller de la vida: la santificación del trabajo ordinario
El trabajo, que para muchos no pasa de ser un yugo pesado o un mero trámite de subsistencia, se convierte en el quicio sobre el que pivota la santificación personal. En la homilía En el taller de José, san Josemaría sintetiza la dignidad teológica de la labor profesional:
Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo se convirtió en el lema de miles de hombres y mujeres. Se trataba de alcanzar la competencia técnica y la perfección humana para ofrecer a Dios una tarea pulida, realizando lo que el fundador llamaba «el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación habitual». Pero la santidad no es una carrera de rendimiento humano ni una medalla al perfeccionismo técnico, sino la obra de la gracia y la misericordia de Dios en la flaqueza del hombre.
San Josemaría explicaba que Dios busca deliberadamente «instrumentos flacos» para que se ponga de manifiesto que la obra es suya y no nuestra, recordando que estamos hechos de barro. La competencia profesional se busca por amor y por deseo de servir, pero sin caer en la angustia de creer que si el resultado falla, no vale nada. Dios no exige resultados impecables, sino rectitud de intención, humildad y un constante «comenzar y recomenzar» confiados en su auxilio. Incluso enseñaba que nuestras miserias y limitaciones sirven de claroscuro para que destaque el esplendor de la gracia divina.
La filiación divina: cimiento de la alegría cristiana
Si el trabajo es el material de construcción, la filiación divina constituye el cimiento firme de toda esta arquitectura espiritual. Saberse y sentirse verdaderamente hijos de Dios en Cristo transforma la relación con el Creador, alejándola de la servidumbre y del temor. En la homilía La conversión de los hijos de Dios, san Josemaría lo expresaba con vibrante convicción:
Esta conciencia gozosa de la paternidad divina de Dios impulsa a acudir a Él con la espontaneidad del niño pequeño que balbucea «Abba, Pater!» [expresión bíblica que significa «¡Papá, Padre!»], sabiendo que la vida cristiana es un constante volver a la casa del Padre a través del perdón y la gracia.
Contemplativos en medio de la calle
De la filiación divina brota la capacidad de ser contemplativos en medio del mundo. La oración no se recluye en el templo; se derrama en el tráfico, en la conversación familiar, en el laboratorio y en la fábrica.
Esta presencia constante de Dios evita la fractura interior, garantizando la unidad de vida. El cristiano no puede permitirse una doble existencia —una para Dios y otra para las realidades terrenas—, sino que logra armonizar fe, trabajo y convivencia en un solo haz de luz. En palabras del santo aragonés: «Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte».
Qué significa hoy «encontrar a Cristo» en la cotidianeidad
Transcurridos los años, la intuición que brotó en la mañana de aquel 2 de octubre de 1928 no ha perdido su frescura teológica. ¿Qué significa, en efecto, para el hombre de nuestros días —tan fatigado de ruidos y disperso en mil urgencias— esa audaz consigna de «encontrar a Cristo» en la trama ordinaria de la existencia? ¿Es posible vivir en medio del mundo sin terminar absorbido por él?
San Josemaría respondió que sí, siempre que el cristiano no separe la fe de su existencia concreta. El trabajo deja entonces de ser únicamente una obligación; la familia, de ser una simple estructura social; el descanso, de ser mera evasión; y las relaciones humanas, de ser encuentros casuales. Todo puede quedar atravesado por la presencia de Dios.
Por eso aquella intuición conserva una fuerza que no depende de la novedad de las modas; la de hacer visible que la santidad no constituye una excepción reservada a unos pocos, sino una llamada dirigida a todos; que Cristo no pasa de largo ante nuestras ocupaciones ordinarias y que, cuando el corazón aprende a descubrirle en ellas, hasta lo más pequeño puede adquirir una dimensión eterna.