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Beato José María Poyatos Ruíz

90 años de los primeros mártires de 1936

«Desde el Cielo, pediremos y lograremos el triunfo de la fe en España»: la última promesa de un obrero de 21 años antes de ser fusilado

El 3 de octubre de 1936, tal y como él mismo había vaticinado, José María Poyatos fue arrestado en su domicilio y conducido al cementerio de Úbeda, donde perdonó a sus captores y exhaló su último aliento al grito de «¡Viva Cristo Rey!»

La mañana del 3 de octubre de 1936, la calma amarga del otoño andaluz se quebró junto a la tapia del cementerio de Úbeda. Allí, colocado frente a los fusiles, un joven de apenas veintiún años aguardaba su final con una serenidad que desarmaba a sus propios captores. Cuando la primera descarga alcanzó su cuerpo sin arrebatarle de inmediato el aliento, de sus labios no brotó un reproche ni una maldición, sino una aclamación: «¡Viva Cristo Rey!».

Aquel muchacho se llamaba José María Poyatos Ruiz, un sencillo obrero de la industria aceitera que había vaticinado semanas antes, con precisión sobrecogedora, el día exacto de su arresto y el lugar donde le quitarían la vida.

De la penuria familiar a la caridad sin cálculo

Nacido en Vilches (Jaén) el 20 de octubre de 1914, José María fue el decimotercero de quince hermanos en un hogar humilde marcado por la austeridad y el constante deambular al que obligaba el trabajo de su padre, empleado de Obras Públicas. Como tantas familias de la época, la muerte temprana tocó a su puerta: cinco de sus hermanos fallecieron prematuramente debido a enfermedades. El deambular familiar les llevó por parajes como la serranía de Cazorla y el Santuario de la Virgen de Tíscar, donde la devoción mariana sembró en el muchacho una pronta actitud de disponibilidad y confianza en la Providencia.

Posteriormente, la familia se asentó en Rus (Jaén). En un intento por sostener la economía familiar, abrieron un pequeño establecimiento de comestibles en el que José María comenzó a trabajar. Fue allí donde los vecinos descubrieron la talla moral del joven. Sensible ante las privaciones de quienes malvivían a su alrededor, José María no se limitaba a fiar las compras a las familias necesitadas: les entregaba los alimentos sabiendo que jamás podrían pagárselos.

Aquella caridad sin cálculo económico ni pretensión mercantil amenazaba con llevar el negocio a la quiebra. Sus padres, conscientes de su desprendimiento, decidieron enviarlo a Úbeda para emplearse en una fábrica de orujo.

Una fe vivida hacia los demás

Antes de incorporarse a la fábrica, el olivar jiennense —santo y seña de la comarca— se convirtió en el medio de subsistencia para él y para una de sus hermanas. De sol a sol, en medio de las inclemencias del tiempo, la hermana recolectaba la aceituna mientras José María acarreaba las caballerías para aportar un sueldo a la economía de su hogar, encarnando una vía de presencia cristiana en el mundo laboral.

A finales de 1935, tras incorporarse a la planta orujera, alquiló un piso en Úbeda junto a su hermana y comenzó a frecuentar la parroquia de San Nicolás de Bari. Su vivencia religiosa no se limitó al ámbito personal, sino que estuvo estrechamente vinculada a su compromiso con los demás. Se afilió a la Acción Católica e impulsó esta organización en Rus con el propósito de transmitir la fe a niños y jóvenes; asimismo, se integró en la Adoración Nocturna de la iglesia de Santa María de Úbeda.

A esta intensa vida apostólica añadió una labor de carácter educativo: organizó una escuela informal para los hijos de sus compañeros de trabajo que no podían acudir a la escuela pública, donde combinaba la enseñanza del catecismo con las primeras nociones de alfabetización.

«Prefiero la muerte a ver la Cruz por el suelo»

A medida que el clima anticlerical se enrarecía en los meses previos al estallido de la Guerra Civil, José María se convirtió en blanco de hostilidades. En la fábrica de orujo, la tensión era cotidiana. Algunos de sus compañeros, contagiados del ambiente de violencia, comenzaron a arrinconarle. Se mofaban de su fe y llegaron a colocar cruces sobre el orujo para forzarle a pisotearlas como prueba de sumisión ideológica.

El joven obrero se mantuvo firme ante la provocación: «Prefiero la muerte a ver la Cruz por el suelo», afirmaba. Por negarse a secundar posturas radicales e incompatibles con sus convicciones, terminó perdiendo su puesto de trabajo.

Sabiéndose objetivo del odio ideológico, no buscó la provocación ni se dejó llevar por el rencor. En una conversación íntima con su hermana, dejó constancia de su lucidez sobre el destino que le esperaba: «Vendrán a buscarme, pero yo ciertamente no tengo intención de buscar la muerte, y me llevarán al lugar al que debo ir para testimoniar; allí, a pesar de lo que me pidan, no diré una palabra contra nadie ni contra nada; puedes estar tranquila. Después me atarán y me llevarán al lugar destinado».

La víspera del sacrificio

Durante semanas, su domicilio permaneció vigilado por quienes aguardaban el momento de apresarle. Aunque tuvo la oportunidad de huir de Úbeda, rehusó hacerlo por considerar que alejarse por puro instinto de conservación significaba dar la espalda a la voluntad de Dios.

En aquellos días de encierro forzado, la madurez espiritual de este joven de 21 años quedó reflejada en sus palabras a su hermana: «Desde luego que la vida así es triste, han matado a tantos que conocía y quería. Pero a mí cómo no me va a gustar vivir. Es lástima que me maten a los veintiún años […]. Por otro lado, ¡qué dicha perder la vida por salvar el alma! Todos hemos de morir, pero de esta forma es seguro que se salva el alma… En el cielo me uniré a los que me esperan y, desde allí, pediremos y lograremos el triunfo de la fe en España».

El 3 de octubre de 1936, la predicción se cumplió punto por punto. Fue detenido junto a su padre y la mayoría de sus hermanos. Conducido directamente a las tapias del cementerio de Úbeda, recibió los disparos con el perdón en la mirada y proclamando su fe hasta el último suspiro. El 13 de octubre de 2013, la Iglesia reconoció oficialmente su martirio con su beatificación.