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Francisco Javier Soriano se ordena sacerdote este sábado, 3 de octubre

Francisco Javier Soriano se ordena sacerdote este sábado, 3 de octubre

Entrevista a Francisco Javier Soriano, el primer sacerdote español de los Misioneros de la Caridad

«Dios ya lo tenía planeado»: de la rebeldía juvenil y escaparse de casa a los 17, a convertirse en el primer sacerdote español de la Madre Teresa

Tras una adolescencia turbulenta, la oración perseverante de sus padres y una providencial búsqueda en internet transformaron la vida de Francisco Javier Soriano, que se ordena sacerdote este sábado en Roma

Hay vidas en las que la vocación parece asomar desde la propia pila bautismal. San Francisco Javier, antes de convertirse en el gran patrón de las misiones y cruzar océanos por Cristo, fue un joven noble, orgulloso, apasionado y con ganas de devorarse el mundo.

Siglos después, otro español bautizado con su mismo nombre, Francisco Javier Soriano, ha recorrido un trazado que guarda un sorprendente paralelismo. En cierta forma, su nombre auguraba a un personaje inquieto, rebelde y sin miedo a la aventura; lo que pocos preveían es que, tras un convulso historial de huidas, noches sin rumbo y descarriamiento, este valenciano acabaría convirtiéndose en el primer sacerdote español de los Padres Misioneros de la Caridad, la rama sacerdotal masculina fundada por la Santa Teresa de Calcuta.

Javier descubrió de manera providencial a su congregación a través de internet tras una inesperada visita de su padre

Javier descubrió de manera providencial a su congregación a través de internet tras una inesperada visita de su padre

La rebeldía y el orgullo de irse a los 17 años

Criado en Valencia, en el seno de una familia numerosa de seis hermanos cuyos padres son miembros del Opus Dei, la adolescencia de Francisco Javier tomó un rumbo inesperado. «Tuve una adolescencia bastante rebelde y loca en Valencia», reconoce en conversación con El Debate con absoluta franqueza. Las malas compañías, las drogas y una relación sentimental desafortunada comenzaron a alejarlo de sus raíces.

La tensión en el hogar llegó a un punto de quiebre cuando su padre decidió marcar un límite definitivo. «Mi padre me había amenazado con que a los 18 se acababa su responsabilidad de cuidarme, y lo escribió ahí en la nevera para que lo viéramos». Movido por el orgullo tras una discusión en casa, Javier decidió no esperar a cumplir la mayoría de edad: «Así, por orgullo, dije: 'Pues me voy'. A los 17 años me fui de casa». Jamás volvería a residir en el domicilio familiar. Comenzó entonces un periplo de supervivencia alojándose donde podía: en casa de la abuela de su novia, con amigos y en etapas cortas al borde de la intemperie.

El primer exilio en México

Desesperados por rescatarle de la espiral en la que se había metido, sus padres agotaron vías de ayuda en España e intentaron enviarlo fuera para alejarlo de malas influencias. Javier, que desde niño sentía un «ansia de irse lejos y de buscar», aceptó poner tierra de por medio.

Su destino fue México, donde ingresó como voluntario durante un año en Hogares Providencia, una obra de acogida para niños de la calle fundada por un sacerdote español. Aquella dura realidad le transformó: «Estar con los niños de la calle me hizo un hermano más de ellos; ahí ya estaba Dios verdaderamente trabajando en mí». Como además tocaba el violín, sus padrinos de confirmación le consiguieron una audición en una orquesta escuela de la Ciudad de México. Lo que iba a ser un voluntariado de doce meses se convirtió en una estancia de tres años en el país.

La intuición de una madre y el abrazo de un padre

Sin embargo, la ilusión de los primeros tiempos con la música pronto se truncó en tierras mexicanas. Lejos de su familia, Javier se desvió nuevamente y entró en ambientes peligrosos. Pero a miles de kilómetros de distancia, la fe de sus padres no dejó de velar por él. Una noche, en su pueblo de Teruel, su madre se despertó de sobresalto en mitad de la madrugada con una corazonada. Se giró hacia su marido y le dijo: «Tienes que ir a México que Javier no está bien».

Francisco Javier, con un grupo de Hermanas de la Caridad

Francisco Javier, con un grupo de Hermanas de la Caridad

El padre confió en la intuición de su esposa, compró los billetes esa misma madrugada e hizo un viaje relámpago de cinco días a México. Javier intentó montar una comedia para disimular su situación: fingió haber perdido las llaves de su vivienda para no mostrársela y alquiló una habitación en un hotel de la «zona roja» de la capital.

El engaño duró pocas horas. Estando a solas en la habitación, su padre le miró y le soltó a bocajarro: «Tú no estás bien». «Esa no te la esperas. Me derrumbé porque no me lo esperaba», confiesa Javier. Aquella noche, padre e hijo lloraron, se reconciliaron y reconstruyeron su relación. Como reflexiona hoy el presbítero: «Una madre que reza siempre da fruto, y cuando el padre también se suma, aún más».

Un clic providencial en internet

Tras la partida de su padre, Javier se trasladó a un lugar más seguro, pero sumido en una angustiosa desorientación. Una noche, incapaz de conciliar el sueño, sintió un impulso interior: «El Espíritu Santo me puso algo en el corazón. Me puse a mirar en internet porque no sabía qué hacer con mi vida; escribí 'órdenes misioneras' y la primera en la que hice clic fue Misioneros de la Caridad». En aquel momento, incluso admite con gracia: «Si te digo la verdad, yo a la Madre Teresa la confundía con Teresa de Ávila».

Aquel clic le mantuvo despierto toda la noche fascinado ante la pantalla, contemplando el carisma de pobreza y entrega de la congregación. Al día siguiente contactó con los religiosos en México y aceptó realizar un discernimiento en una misión en el desierto de San Luis Potosí. Allí rezó de verdad por primera vez en su vida. «Me encontré con el Señor a través de la espiritualidad de Madre Teresa, que no la conocía, pero fue como hecha para mí de alguna manera», relata.

Aunque ingresó advirtiéndoles que no deseaba ser sacerdote, los Misioneros de la Caridad vieron algo en él. Tuvo que cursar un año intensivo para completar el bachillerato que no había terminado en España y, tras once años de entrega e integración en la orden, su discernimiento ha llegado a término.

Francisco Javier Soriano recibe este sábado, 3 de octubre, la ordenación presbiteral en Roma como el primer padre Misionero de la Caridad de nacionalidad española. Tras unos días de descanso en su hogar familiar, su primer destino pastoral no estará en España ni en Calcuta, sino en la frontera mexicana de Tijuana, regresando justo al lugar donde comenzó su rescate.

Al contemplar el mapa de su vida, desde la rebeldía hasta el ministerio sacerdotal, el nuevo sacerdote concluye maravillado de la pedagogía divina: «Dios sobrepasa de una manera increíble tus propios planes. Nunca me hubiera imaginado su misericordia y su paciencia para esperar... Es como si Él ya lo tuviera todo planeado».

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