Retrato de la Divina Misericordia de Jesús según la visión de santa Faustina Kowalska
«El alma más querida para Mí es la que Me tiene confianza plenamente»: las extraordinarias promesas de Jesús reveladas a santa Faustina Kowalska
El testimonio místico de la apóstol polaca –cuya festividad se celebra hoy– recopila los compromisos divinos de Cristo para con aquellos que recurren con confianza ilimitada a su Divina Misericordia en la vida y en la hora de la muerte
Pocas obras de la espiritualidad católica del siglo XX contienen un mensaje de tanto impacto como el Diario. La Divina Misericordia en mi alma. Detrás de estas páginas se encuentra Santa María Faustina Kowalska (1905-1938), la sencilla religiosa de la Congregación de la Madre de Dios de la Misericordia erigida en gran apóstol y secretaria de la Divina Misericordia.
Cumpliendo la orden explícita del Señor y de su director espiritual, la mística polaca dejó plasmado un sobrecogedor legado en el que Jesús revela promesas extraordinarias para toda la humanidad, supeditadas a una única y exigente premisa: la confianza absoluta en la bondad divina y la práctica activa de la caridad hacia el prójimo.
Sor María Faustina manifestó su misión en el Diario que escribió por mandato del Señor Jesús y de los confesores. Registró en él con fidelidad todo lo que Jesús le pidió y describió todos los encuentros de su alma con Él. Secretaria de mi más profundo misterio —dijo el Señor Jesús a sor María Faustina— tu misión es la de escribir todo lo que te hago conocer sobre mi misericordia para el provecho de aquellos que leyendo estos escritos, encontrarán en sus almas consuelo y adquirirán valor para acercarse a mí (Diario 1693).
A los 7 años de edad, Kowalska sintió por primera vez en su alma la voz que la llamaba a una vida más perfecta. Sin embargo, el punto de inflexión decisivo ocurrió en 1924: durante un baile, contempló a su lado a Cristo sufriente y cubierto de llagas, quien le dirigió una sobrecogedora reprimenda: «¿Hasta cuándo Me harás sufrir, hasta cuándo Me engañarás?». Aquella visión la impulsó a abandonar las distracciones del mundo, viajar a Varsovia e ingresar en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia el 1 de agosto de 1925.
El culto a la Divina Misericordia tomó forma visible a partir del 22 de febrero de 1931, cuando la santa polaca contempló en su celda de Plock a Cristo resucitado, de cuyo Corazón emanaban dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. Sobre la veneración de este retrato, que lleva la firma «Jesús, en Ti confío», el Salvador vinculó promesas de salvación y protección definitiva: «Prometo que el alma que venera esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo Mismo la defenderé como Mi gloria» (Diario, 48).
Al explicar el simbolismo místico de los dos rayos que atraviesan la pintura, Jesús detalló la gracia sacramental que fluye de su costado traspasado: «El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (...) Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios» (Diario, 299).
La Fiesta de la Misericordia: «El perdón total de las culpas y de las penas»
Entre las distintas formas de devoción instruidas en las páginas del Diario, la Fiesta de la Misericordia —fijada por voluntad divina para el primer domingo tras la Pascua de Resurrección— ostenta el lugar central. Para este día, Cristo prometió una gracia de alcance similar a la de un segundo bautismo para quienes se acerquen a los sacramentos en estado de gracia y reciban la Santa Comunión: «Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida recibirá el perdón total de las culpas y de las penas» (Diario, 300).
Frente al desfallecimiento del hombre contemporáneo, el Señor presentó esta festividad como el último refugio espiritual de la era presente: «Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (...) Les ofrezco la última tabla de salvación» (Diario, 699, 965).
La Coronilla y el amparo ante la agonía
Dictada entre el 13 y el 14 de septiembre de 1935 como una oración para aplacar la ira de Dios y ofrecer el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Coronilla a la Divina Misericordia encierra compromisos de especial consuelo para la hora del tránsito supremo. El Diario recoge que la recitación de esta plegaria impetra la conversión serena del agonizante: «Cuando la coronilla es rezada junto al agonizante, se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma» (Diario, 811).
Asimismo, el Salvador extendió una garantía universal para quienes perseveren en esta oración: «A las almas que recen esta coronilla, Mi misericordia las envolverá en la vida y especialmente a la hora de la muerte» (Diario, 754), agregando que «quienes recen esta coronilla, Me complazco en darles todo lo que me pidan» si se ajusta a su santa voluntad (Diario, 1541, 1731).
Para aquellos fieles y sacerdotes que asumen la tarea de difundir el mensaje del amor de Dios en medio de la indiferencia del mundo, Jesús reservó una de sus consolaciones más conmovedoras: «A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas el Juez, sino el Salvador Misericordioso» (Diario, 1075).
El núcleo teológico que atraviesa los seis cuadernos del Diario remarca que la misericordia de Dios no es la anulación de su justicia, sino un tiempo previo de gracia para evitar la condena. «El alma más querida para Mí es la que cree fuertemente en Mi bondad y la que Me tiene confianza plenamente» (Diario, 453), confiesa el Señor a la mística polaca, dejando una advertencia para los tiempos futuros: «Antes de venir como el Juez Justo, vengo como el Rey de Misericordia» (Diario, 83). «La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia» (Diario, 300).