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Imagen de archivo de León XIV en una audienciaAFP

León XIV advierte que «sin familias fuertes y abiertas a la vida, el mundo no tiene futuro»

El Papa subraya que la preparación para el matrimonio comienza «desde el nacimiento» y pide recuperar la costumbre de rezar en familia

Con motivo del décimo aniversario de la exhortación apostólica Amoris laetitia, la Plaza de San Pedro acogió en la mañana de este miércoles, 14 de octubre, una solemne Eucaristía para clausurar los trabajos que los últimos días han llevado a cabo en Roma los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo. La celebración, presidida por el decano del Colegio Cardenalicio, el cardenal Luis Antonio Tagle, sirvió para recordar el punto de partida del documento pontificio: «La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia».

En la homilía, redactada por el Santo Padre y pronunciada por el cardenal Tagle debido al ingreso del Papa en el hospital Gemelli, se ofreció una profunda reflexión sobre las virtudes del matrimonio cristiano, definido como una unión «afectiva, espiritual y oblativa» e icono vivo del amor de Dios. Inspirándose en el himno a la caridad de San Pablo, el texto subrayó que la verdadera plenitud conyugal es «una lenta fusión de ambos esposos, en la que la singularidad de uno florece, en el don, a través de la presencia del otro», advirtiendo que, sin caridad, la persona queda reducida a «un metal que resuena o platillos que retumban».

Uno de los ejes principales de la homilía fue la educación afectiva de las nuevas generaciones. La homilía urgió a formar a los jóvenes en las virtudes e hizo especial hincapié en la castidad como «condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal».

La preparación para el matrimonio empieza en casa

Si bien la homilía elogió los programas de preparación matrimonial que se imparten en parroquias y vicarías, recordó que los cursos breves resultan insuficientes si no existe un acompañamiento previo: «Aprender a amar a alguien no es algo que se improvisa ni puede ser el objetivo de un breve curso previo a la celebración del matrimonio». En su lugar, se señaló que «cada persona se prepara para el matrimonio desde su nacimiento», siendo el hogar la «primera escuela del afecto» donde se aprende una fidelidad que, en el caso de muchos padres y abuelos, llega a ser «heroica».

En la homilía se animó a consolidar una Iglesia concebida como «familia de familias», en la que los jóvenes esposos encuentren aliento, los padres obtengan ayuda para la crianza y los ancianos sean valorados como testigos de sabiduría.

Asimismo, se dedicaron unas palabras de especial cercanía a los hogares golpeados por las dificultades o las crisis: «Por muy herida que pueda estar una familia, esta puede crecer gracias al amor», pidiendo que quienes sufren se sientan rodeados de afecto y totalmente «protegidos del juicio y los prejuicios».

Familias fuertes para construir el futuro

Tagle también leyó las palabras del Pontífice donde se reafirma el valor sagrado de la persona «desde la concepción hasta la muerte natural», definiendo a la familia como custodia por excelencia de estos principios y «faro del bien de la humanidad». En este sentido, se lanzó un serio aviso sobre el devenir social: «Ninguna unión precaria o cerrada a la comunicación de la vida nos asegura el futuro de la sociedad», concluyendo que «sin familias fuertes, abiertas al don de los hijos, atentas a su educación y crecimiento, el mundo no tiene futuro».

Por otro lado, se constató con preocupación el debilitamiento de la oración en el seno del hogar en muchas partes del mundo. Ante esta realidad, el Papa ha hecho un ferviente llamamiento a recuperar la costumbre de rezar juntos antes de las comidas o al inicio y cierre del día. Recordando «la importancia de la espiritualidad familiar, de la oración y de la participación en la Eucaristía dominical», el Santo Padre calificó a los sacramentos y a la oración común como «alimento sólido y medicina sanadora» capaces de llevar a las familias a metas que nunca alcanzarían en solitario.

La homilía concluyó encomendando a todos los hogares del mundo a la Sagrada Familia de Nazaret, citando la plegaria final con la que concluye la propia Exhortación Apostólica: «Haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas [...] Haz tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios».