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Un joven estadounidense se reunía con universitarios para confrontar ideas y argumentos sobre distintas posiciones sociales. No estaba en campaña electoral. Acabó siendo víctima de un francotirador. Otro joven colombiano, éste sí en campaña electoral, fue asesinado en público por sus ideas. En España, la Universidad de Salamanca acaba de suspender un acto en el que iba a intervenir una oradora judía, ante la amenaza de un grupo violento de supuestos estudiantes, que no consideraban correcta su presencia. Este deterioro, o desprecio, de la libertad en las universidades españolas es demasiado habitual por parte de grupos ultraizquierdistas que imponen su censura por la fuerza.

Son actitudes de desprecio a la libertad de expresión, de acción y de existencia, con insultos, descalificaciones, acusaciones, marginación. Además, sin argumentos ni razonamientos ni reflexión ni serenidad, que sería lo propio de entornos académicos.

En todos estos casos se acusa a las víctimas de no ser políticamente correctos, de exponer ideas que no son aceptadas por grupos minoritarios que imponen la censura en nombre de la libertad. Vamos, como el franquismo.

Pero, ¿quién define lo correcto socialmente, académicamente? ¿Quiénes son las autoridades que determinan esa corrección? ¿Dónde está la sede de los doctores de esa moral social? Son los sectores de la sociedad que se autodenominan intelectuales de izquierdas, supuestos líderes de ambientes culturales progresistas, dispuestos a anatematizar a todos aquellos que no piensen como ellos. Suelen actuar como un tribunal popular que decide lo que se debe aceptar y lo que debe ser rechazado. Son, en realidad, nostálgicos de la Inquisición, aunque aquel tribunal actuaba con más rigor y competencia. Estos sectores sociales pueden decir lo que quieran, pero los demás deben seguir sus pautas o atenerse a las consecuencias.

Y es necesario convencerse de que no pueden ser ellos los que diseñen el marco de decisión y determinen lo que es correcto hacer, decir o pensar. No pueden ser ellos los que te acusen de ser provocador, de incitar a la violencia o crear odio porque defiendes la verdad con rigor, con respeto y moderación, o porque llamas a las realidades por su nombre.

Y esto no se va a conseguir con una actitud intelectual a la defensiva. Es necesario avanzar más, pasar al otro lado, no sólo proteger y defender la libertad, sino promover un auténtico entorno de respeto, donde una persona pueda llamar a las cosas por su nombre, donde se pueda discutir, argumentar a favor o en contra, sin que eso suponga violencia.

Por ejemplo, hay que poder cuestionar el cambio climático sin que le llamen a uno negacionista, porque lo argumenta o presentar datos que permiten dudar. O hay que poder defender la vida y estar en contra del aborto o la eutanasia sin que por eso te consideren, paradójicamente, digno de prisión, sobre todo si eres candidato político. Es necesario conseguir un clima de respeto a la libertad de religión y poder ser católico coherente, sin que te acusen de ultra los ultras.

En definitiva, la promoción de la libertad frente al corsé de lo correcto acrítico está en nuestras manos.