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Fernando Fernández Bueno

Contra el tabaquismo, más ciencia y menos prejuicios

Evitar que los jóvenes comiencen a consumir nicotina debe seguir siendo una prioridad absoluta y compartida por las administraciones, los profesionales sanitarios y el conjunto de la sociedad

Hay pocas cuestiones de salud pública sobre las que exista un consenso tan amplio como la necesidad de reducir el tabaquismo. Queremos que cada vez menos personas fumen y que disminuyan las enfermedades y muertes asociadas al consumo de tabaco. La cuestión es cómo conseguirlo.

En salud pública, las buenas intenciones son necesarias, pero no suficientes. Las políticas deben apoyarse en la mejor evidencia científica disponible y tener la capacidad de adaptarse cuando aparecen nuevos conocimientos. También en la lucha contra el tabaquismo.

Durante las últimas décadas hemos avanzado mucho en prevención, concienciación, espacios libres de humo y tratamientos para ayudar a dejar de fumar. Pero el escenario también ha cambiado. Hoy existen nuevos productos y tecnologías que no estaban disponibles cuando se diseñaron buena parte de las políticas actuales. Esta nueva realidad exige que también evolucionemos en nuestra manera de abordar el tabaquismo.

Una de las cuestiones que deberíamos plantearnos es si tiene sentido aplicar exactamente el mismo enfoque a productos que presentan características y perfiles de riesgo diferentes.

La evidencia científica disponible señala que el cigarrillo convencional, basado en la combustión del tabaco, concentra buena parte del daño asociado al tabaquismo. Frente a él, existen productos que no generan combustión y que presentan un perfil de riesgo significativamente inferior, aunque no estén exentos de riesgos.

Reconocer esta diferencia no significa considerar estos productos inocuos ni promover el consumo de nicotina.

Significa aceptar que, cuando hablamos de salud pública, las diferencias que establece la ciencia deben tener también un reflejo en la forma de diseñar las políticas públicas.

El objetivo debe seguir siendo que las personas no comiencen a fumar y que quienes fuman puedan abandonar el consumo. Pero también debemos asumir una realidad. Hay fumadores adultos que, pese a haberlo intentado, no consiguen dejar el cigarrillo. Una política eficaz debe ser capaz de ofrecer respuestas también a estas personas.

Aquí es donde las políticas innovadoras pueden desempeñar un papel relevante. Innovar en salud pública no significa abandonar los objetivos que han guiado la lucha contra el tabaquismo, sino estar abiertos a nuevas herramientas cuando la evidencia indica que pueden contribuir a alcanzarlos.

La experiencia internacional demuestra que existen países que han explorado aproximaciones diferentes y han incorporado nuevas herramientas a sus estrategias frente al tabaquismo. El Reino Unido, Suecia o Japón constituyen experiencias que merecen ser estudiadas y evaluadas con rigor.

No se trata de copiar automáticamente ningún modelo. Cada país tiene sus propias características, sistemas sanitarios y patrones de consumo. Se trata de aprender de la experiencia y analizar qué políticas están funcionando, qué resultados están obteniendo y qué evidencia las sustenta.

Todo ello debe hacerse, además, garantizando una protección especialmente estricta de los menores. Evitar que los jóvenes comiencen a consumir nicotina debe seguir siendo una prioridad absoluta y compartida por las administraciones, los profesionales sanitarios y el conjunto de la sociedad.

La protección de los menores exige controles adecuados, información y prevención. Pero no debería llevarnos a ignorar la realidad de los fumadores adultos ni a descartar de antemano aquellas herramientas que puedan contribuir a reducir el consumo de cigarrillos.

Ambos objetivos pueden convivir. Podemos reforzar la prevención entre los jóvenes y, al mismo tiempo, desarrollar políticas más eficaces para ayudar a los adultos que continúan fumando.

Para ello necesitamos algo tan sencillo como difícil de conseguir en ocasiones. Que la ciencia esté en el centro de las decisiones.

La ciencia no puede utilizarse únicamente cuando confirma aquello que ya pensamos. Su verdadero valor está precisamente en ayudarnos a cuestionar nuestras certezas, incorporar nuevos conocimientos y revisar las políticas cuando la evidencia demuestra que existen alternativas más eficaces.

Por eso, el debate sobre el futuro del tabaquismo debería alejarse de posiciones preconcebidas. No debería plantearse como una confrontación entre quienes están a favor o en contra de determinados productos. Debería centrarse en una pregunta mucho más importante. ¿Qué políticas pueden conseguir mejores resultados para la salud de los ciudadanos?

La lucha contra el tabaquismo necesita prevención, educación, ayuda para dejar de fumar y una protección firme de los menores. Pero también necesita políticas capaces de evolucionar al ritmo de la evidencia científica.

El objetivo sigue siendo el mismo. Que haya menos fumadores y que menos personas enfermen o mueran como consecuencia del tabaquismo.

Para conseguirlo necesitamos ambición, rigor y capacidad para revisar nuestras certezas.

Porque si realmente queremos avanzar en la lucha contra el tabaquismo, necesitamos más ciencia, más innovación y menos prejuicios.

  • Fernando Fernández Bueno es portavoz de la Plataforma para la Reducción del Daño por Tabaquismo y cirujano oncológico del Hospital Gómez Ulla