El camino que ninguna pantalla puede recorrer por nosotros
Vivimos rodeados de tecnología, nunca habíamos dispuesto de tanta información, de tantas posibilidades de comunicarnos ni de un acceso tan inmediato al conocimiento. Sin embargo, vivimos bajo la amenaza de estar a su servicio
El último informe PISA dibuja una realidad perturbadora que va más allá de los propios datos. Podemos medir cuánto comprende un joven cuando lee un texto, cómo resuelve un problema matemático o qué conocimientos científicos posee, pero hay otras preguntas igualmente importantes que ningún examen puede responder por completo: ¿Es capaz de mantener la atención?, ¿sabe estar en silencio?, ¿puede escuchar al otro sin mirar continuamente su teléfono?... ¿Sabe hacia dónde quiere ir?
Vivimos rodeados de tecnología, nunca habíamos dispuesto de tanta información, de tantas posibilidades de comunicarnos ni de un acceso tan inmediato al conocimiento. Sin embargo, vivimos bajo la amenaza de estar a su servicio.
Los estudios educativos alertan sobre la relación entre determinados usos intensivos de los dispositivos digitales, la distracción y el rendimiento académico. Lo puede observar cualquiera: mientras las pantallas ocupan una parte creciente del tiempo de nuestros jóvenes, la lectura por placer pierde terreno.
Leer exige permanecer, imaginar un paisaje que no aparece inmediatamente ante nuestros ojos, recordar lo que hemos leído unas páginas atrás y relacionarlo con lo que estamos leyendo ahora. Leer significa también aprender que no todo tiene que suceder inmediatamente.
El entorno digital funciona de otra manera, nos invita a pasar de un estímulo al siguiente, de una imagen a otra, de una notificación a otra. Todo compite por unos segundos más de nuestra mirada. Y cuando todo reclama nuestra atención, quizá terminamos perdiendo la capacidad de decidir a qué merece la pena prestársela.
Esa preocupación está también detrás de mi participación en Adictos a la pantalla, una serie documental que se acerca a algunas de las formas más extremas que puede adoptar la dependencia digital entre los jóvenes.
A través de historias reales, el documental nos enfrenta a una realidad incómoda: las pantallas pueden abrir ventanas extraordinarias al conocimiento, al entretenimiento y a la comunicación, pero determinados usos también pueden terminar condicionando nuestra conducta y nuestras relaciones.
Sin embargo, sería un error tranquilizarnos pensando que el problema pertenece únicamente a quienes han desarrollado una adicción.
La pregunta nos concierne a todos: ¿quién decide dónde ponemos nuestra atención?
Hace años, cuando escribí El regreso del joven príncipe, y posteriormente El joven príncipe señala el camino, quise acercarme a una figura que para mí representa algo profundamente humano: un joven que viaja, pregunta, escucha, se equivoca, conoce a otras personas y, a través de esos encuentros, intenta comprender el mundo y comprenderse a sí mismo.
Un adolescente puede pasar hoy de una clase a un vídeo, de un vídeo a un mensaje, de un mensaje a una red social y de allí a otro contenido seleccionado por un algoritmo que conoce cada vez mejor sus preferencias. Puede recibir centenares de estímulos en una jornada y, sin embargo, terminar el día sin haber tenido apenas unos minutos de verdadero silencio. Y para encontrar el propio camino hace falta, en algún momento, silencio.
Educar nunca ha consistido únicamente en transmitir conocimientos. Educar significa también enseñar a elegir a qué prestamos atención, qué información creemos y qué información rechazamos...
La cuestión no es elegir entre tecnología y humanidad, la cuestión es decidir qué lugar queremos que ocupe la tecnología en nuestra humanidad.
Y hay algo más que me preocupa, algo que ningún informe PISA puede medir completamente: la necesidad que tenemos de los demás.
Vivimos una paradoja fascinante. Nunca habíamos estado tan conectados y a la vez tan lejos.
Podemos saber dónde están nuestros amigos, qué hacen, qué escuchan o qué comen, pero no saber realmente cómo están. Podemos enviar una palabra, una fotografía, una sonrisa o un corazón desde cualquier lugar del mundo.
Pero un corazón en una pantalla no siempre puede sustituir a un corazón que late a nuestro lado. Necesitamos mirarnos, compartir silencios, escucharnos sin prisas...Necesitamos abrazarnos.
Un abrazo no necesita batería, ni contraseña ni cobertura. Durante unos segundos, un abrazo nos devuelve enteramente al presente y a la persona que tenemos delante.
Y quizá ahí exista también una lección educativa, preparar a nuestros jóvenes para el futuro significa enseñarles también a relacionarse, a reconocer la fragilidad del otro, a desarrollar empatía, a cuidar y a permitir que los cuiden.
Tal vez por eso, frente a la revolución tecnológica que estamos viviendo, no deberíamos preguntarnos únicamente qué nuevas herramientas queremos proporcionar a nuestros hijos. También deberíamos preguntarnos qué cosas profundamente humanas queremos proteger.
Que nuestros hijos sepan navegar por un mundo digital sin olvidar algunos de los gestos más antiguos de nuestra especie: mirar, escuchar, acompañar, tocar, abrazar.
- El Premio San Francisco de Asís y Embajador itinerante de la Organización Mundial para la Paz, Alejandro G. Roemmers, poeta, novelista, dramaturgo y productor audiovisual argentino, impulsa esta iniciativa. Su obra ha estado estrechamente vinculada a la reflexión sobre los valores humanos, la espiritualidad, el encuentro y la búsqueda de sentido. Es autor, entre otras obras, de El regreso del joven príncipe y El joven príncipe señala el camino, en las que aborda cuestiones universales relacionadas con el crecimiento personal, los vínculos humanos y la construcción de un camino vital basado en valores.