Desde el fondo del zurrón

Ortega no escribe como cazador práctico, sino como pensador fascinado por el acto cinegético como «actividad elemental», que enfrenta al hombre consigo mismo, con su animalidad y su conciencia

Un cazador durante una jornada de caza

Un cazador durante una jornada de cazaEuropa Press

«La combinación de movimientos generó la destreza y tal vez la astucia. La astucia lo hizo cazador. Ahí nació el artista. Cada animal que el hombre cazaba era una puesta en escena distinta. Cazar era relacionar distancias, olores, vientos, audacias, prudencias, velocidades y quietudes. Cazar era una obra de arte que jamás se repetía. Por siglos y siglos el hombre fue artista y no pensador.»

— Dalmiro Sáez —

La caza, más que una actividad utilitaria, ha sido desde los albores de la humanidad la parte fundamental del acto humano. Su huella atraviesa la historia del arte, la música, la pintura, la escultura, la literatura. Allá donde el ser humano ha cuestionado su lugar en la naturaleza, la caza ha estado presente como símbolo, pulsión o escenario.

En las pinturas rupestres de Altamira o Lascaux, la figura del cazador aparece asociada no solo a la supervivencia, sino a una cosmogonía: cazar era entrar en contacto con lo sagrado, con la vida y la muerte. Los primeros relatos del mundo se ilustraron con tintes de sangre y polvo de carbón.

Homero, en La Ilíada, no describe la caza por sí misma, sino como clave identitaria: un arte que distingue al héroe, y lo une al linaje de los hombres astutos y silenciosos. En La Odisea, Ulises es reconocido por una vieja cicatriz que se hizo cazando jabalíes. En el mundo clásico, Ovidio y Virgilio llenan sus versos de escenas cinegéticas; el mito de Acteón —convertido en ciervo, castigado por atreverse a ver desnuda a Artemisa mientras cazaba— nos habla de la caza como frontera entre lo humano y lo divino.

La caza es tanto escenario de gesta como territorio de introspección, un universo configurado de valores caballerescos

Obras como el Libro de la caza de Alfonso XI o el Livre de chasse de Gaston Phébus la convierten en ciencia, en pedagogía; son tratados de un mundo ordenado, jerárquico, donde el bosque es escenario de virtud o pecado. Don Juan Manuel, en El Conde Lucanor, utiliza la figura del cazador para hablar del alma, del poder y del destino. Y en el Amadís de Gaula, los caballeros cazan como quienes rezan o guerrean: por deber y por amor. La caza es tanto escenario de gesta como territorio de introspección, un universo configurado de valores caballerescos

Cervantes, en El Quijote, nos presenta al hidalgo como «gran madrugador y amigo de la caza». La caza aparece una y otra vez a lo largo de la novela: como metáfora, y costumbre; actividad propia de caballeros, villanos o duques. Don Quijote y Sancho encuentran monteros, hablan de perros, de venados, de halcones y cazadores furtivos... Como bien nos recuerda Santi Ballesteros, no es un rasgo decorativo: es parte del código de vida de los personajes. Cervantes nos muestra un escenario donde cazar es una forma de estar en sociedad, de relacionarse con el poder. Como en tantos otros autores coetáneos—Lope, Tirso, Quevedo o Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita—, la caza reside en el verso, en la acción y en la ironía. Un lenguaje cinegético, lleno de expresiones propias, permea sus obras como rasgo de cotidianeidad del Siglo de Oro.

Pero será en los siglos XIX y XX cuando la caza irrumpe con voz propia en la gran literatura moderna. Turguénev (Relatos de un cazador, 1852), convierte al cazador en narrador de las almas campesinas, testigo de las injusticias del zarismo y poeta del paisaje. En los cuentos y novelas de Maupassant, el cazador no es solo un hombre armado, sino un testigo de lo que el mundo es cuando se aleja del ruido urbano. En Hemingway, la caza africana en Las verdes colinas de África (1935) muestra como la caza puede tratarse con la misma seriedad literaria que cualquier otro gran tema, en una meditación sobre el arte, la competencia y el sentido de la vida.

En España, la obra de Ortega y Gasset, La caza y los toros (1943), texto, que deriva del prólogo escrito para Veinte años de caza mayor del conde de Yebes, se eleva por encima del detalle técnico para ofrecer una filosofía de la caza. Ortega no escribe como cazador práctico, sino como pensador fascinado por el acto cinegético como «actividad elemental», que enfrenta al hombre consigo mismo, con su animalidad y su conciencia. Tiempo atrás Azorín, en La ruta de Don Quijote (1905), con su prosa depurada y nostálgica, convertía una espera de conejos en un ejercicio de filosofía.

Delibes convierte el campo en lenguaje y al cazador en pensador. En Diario de un cazador, El libro de la caza menor o Las perdices del domingo, no hay heroicidad ni épica: solo hombres sencillos, y un profundo respeto por la vida. Como escribió en su célebre discurso de ingreso en la Real Academia, Un mundo que agoniza, la caza le enseñó a ver, y viendo, escribió. Delibes caza para escribir, y escribe porque ha cazado.

La caza ha marcado una tradición pictórica en constante transformación dentro del arte europeo. Rubens la elevó a epopeya mitológica, con escenas como La caza del león, donde el drama corporal roza lo heroico. Velázquez, al retratar a Felipe IV de caza, afirma la caza como emblema de poder y legitimidad regia. Goya, en sus cartones para tapices, la convierte en costumbre popular, luminosa y festiva; preludio de tensión en sus grabados más oscuros.

En Francia, Oudry retrata con elegancia cortesana animales y trofeos, fundiendo arte, lujo y naturaleza. Ya en el siglo XIX, Deiker optó por el realismo: corzos, venados y perros, entre robles y hayas centroeuropeas, son capturados con fidelidad casi documental, sin perder la emoción del instante venatorio.

La arquitectura palaciega se reafirma como expresión de poder. Desde los pabellones de Versalles, los refugios imperiales de Austria o Bohemia, o el Real Sitio de Riofrío, se vertebra un relato iconográfico del poder. Los jardines históricos de Schwetzingen, Sanssouci o del Palacio Real de la Granja, con esculturas de animales y escenas mitológicas, paseos arbolados y parterres geométricos, integran la naturaleza en un paisaje ordenado.

Trompas de caza, cornetas y toques ceremoniales dieron origen a una estética sonora que expresa la dimensión musical de la caza. Desde las fanfarrias de Lully en la corte de Luis XIV hasta las oberturas de Mozart, los movimientos de caza de Haydn o los ecos boscosos de Beethoven, pasando por El cazador furtivo de Weber, la tradición cinegética suena en los auditorios con la misma solemnidad con que las caracolas cantan a las rehalas.

Ignorar que la caza es una forma de cultura, es borrar de un plumazo la historia de Europa.

Laureano de Las Cuevas es vicepresidente del Real Club de Monteros

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