Cómo perder un látigo y encontrar un amigo
De verme solo en la sierra, en los días de montería, me ha salido un compañero que palía todas mis penas. Acompaña mis pensamientos y soporta mis pesares
(I-D) Lolo de Juan y Juan Carlos Fernández
Tiene unos ojos vivos como un azor. Son negros y los engalana sobre una sonrisa sempiterna que aborda a todo aquel al que osa cruzarse en su metro setenta de altura. Es fino, con porte de torero, de trapecista, de jinete de carreras o de espadachín. Nos conocimos en las arenas del Rocío –dónde sino–. Yo iba con un caballo perla de mi amigo Canario. Era un potro palomino que llamaba la atención de los aficionados. En una barra nos presentó un amigo en común. «Buen caballo llevas», me dijo. Tuyo es para que lo pruebes. Poco le faltó y se subió a gozarlo y sacarle la gallardía. Miré su sonrisa y las ganas de exprimir la vida. Era un gran jinete. Estaba seguro de que nos haríamos amigos.
La vida nos lleva por derroteros distintos, pero juega a reunir a los que en lo mismo piensan. Me echó el teléfono con la generosidad de los que no se guardan las cosas; quiero entrar contigo a caballo en una montería. Recibí su órdago y lo vi al momento. Me lo pedía el cuerpo. Tal día, a tal hora, allí has de estar. No me des el coñazo que esto es muy duro. Si lo quieres, lo tienes. Mi amigo me respondió con un no te arrepentirás.
De verme solo en la sierra en los días de montería, me ha salido un compañero que palía todas mis penas. Acompaña mis pensamientos y soporta mis pesares. Nos presentó la Virgen del Rocío, pero fue la Sierra quien nos hizo amigos. Ya he dicho que tiene tipo de torero y es uno de esos a los que llamas con un problema y te da la respuesta al momento. Tiene los pelos rizados y un par de pantalones cuando se sube a un caballo. No es cazador –no le mueve ese instinto ni el ansia– es un hombre cabal.
(I-D) Juan Carlos Fernández y Lolo de Juan
Nos presentó la Virgen del Rocío pero fue la Sierra quien nos hizo amigos
Hace poco íbamos monteando juntos por una de esas sierras de Dios. Por la mañana le di mi látigo para que lo guardase, pues yo andaba en otros menesteres. No sé en qué jardín anduvimos liados que cuando quiso darse cuenta, mi compadre me vino a decir que había extraviado el látigo. El hombre andaba pesaroso. Le quité toda importancia. Es solo un látigo, las cosas están para usarse. Si se pierden, perdidas quedan. Nada podemos hacer. Pidió permiso para ir de nuevo a buscarlo. Llegó al largo rato. Nada, lo he perdido. Mi respuesta fue contundente: He perdido un látigo, pero he encontrado un amigo.
Tiene los ojos negros y la mirada avispada. Se ha convertido en mi sombra o yo, en la suya. Talibán ya no campea solo, lleva un amigo al lado que hace que el camino sea menos pesaroso y más llevadero.
Juan Carlos Fernández a lomo de su caballo
Tiene sangre extremeña, en otra vida estoy seguro de que cruzamos el Atlántico en busca de fortuna o anduvimos por Breda echando dos raciones de arrestos a una partida de cartas con la muerte.
Se llama Juan Carlos Fernández y es un magnífico jinete. Tiene las crines revueltas y un par de pantalones cuando se pone los zahones. Y puedo decir muy orgulloso que es uno de los grandes amigos que me ha presentado la sierra. Que mi Virgen de Guadalupe nos proteja en las muchas de las correrías que nos aguardan.
- Lolo de Juan es gestor agropecuario