Vivan los cazadores generosos
Narraré, con todo el detalle posible, lo que nuestros cuerpos y espíritus respiraron esa jornada: el ambiente de hilaridad, la camaradería entre todos, las protestas desterradas y las palabras malsonantes enterradas, el ir a cazar sin el ansia del trofeo...
Palabras de Emilio de Navasqües antes de montar las armadas
Está lloviendo. La temperatura no es muy baja, pero la humedad que hay en el ambiente hace que el cuerpo suplique calor bajo las ropas que lo abrigan. Las caras de la gente que me acompaña reflejan dicha y no frío. Estamos allí convocados por una buena causa, la caza es nuestro hilo de unión, empero hoy el plantel que nuestros ojos contemplen cuando las caracolas estén silenciadas pasará a ser circunstancial.
Distingo personas con títulos nobiliarios y otras sin el título de aquel graduado escolar ya lejano; hombres con pantalones con la pana roída y otros con calzonas de piel; mujeres con sombreros de fieltro y plumas degustando unas migas y otras, con gorros entre los fogones, preparando con mimo nuevas sartenes para servir en la mesa. No hay envidia ni rencores. Cada uno va a aportar lo que pueda. Lo que su conciencia le dicte y no la acalle con falsas excusas. No hay nada insignificante. Todo suma. Todo vale. Todo es necesario y nada secundario.
Las armadas salen. Llevo el número uno de una traviesa. Un paraguas grande, de esos que parecen una sombrilla, nos protege de las gotas que caen. No son lágrimas de pena sino de júbilo por lo que allí está sucediendo. El Cielo está contento de ver la solidaridad de esas almas que se han dado cita entre jarales y encinares.
Ladras, agarres y estallidos recorren la sierra. Lances y más lances se suceden. La mancha está cargadita de cochinos y venados, ellos también se han querido sumar a este día grande, aunque su sacrificio sea la vida y su cuerpo inerte vaya a reposar sobre un suelo que burbujea agua.
La montería no puede estar mejor organizada, Emilio de Navasqües, capitán de la montería, nos ha brindado la posibilidad de ser generosos a la par que se ha preocupado de que los de las cerdas grises y los de los candelabros estén encamados en esas hectáreas que se van a batir al son de voces de perreros y ladridos de canes con la adrenalina desbordada.
La caza es una escuela de virtudes donde la entrega, la paciencia, la amistad y la generosidad se palpan
Los minutos corren. Las ladras bajan por los testeros y retumban por los valles. Nuestros corazones se agitan. Las jaras se rompen. Un par de veces el gatillo de mi rifle es apretado. Uno con éxito, otro con fracaso. Un marrano yace en el cortadero…
¡Grandiosa jornada de caza la que hemos vivido! Con el petate hecho volvemos a nuestro hogar. Narraré cómo ese primer jabalí que mató mi marido vino anunciado por el canto de tres podencos. Que sabía por dónde le iba a romper y lo espero con el .30.06 encarado. Que solo tuvo que seguirlo unos metros para que la bala volara hasta su codillo
Narraré, con detalle, como cuando los perreros ya volvían de recogida y el monte parecía que se había vaciado, en el momento que la lluvia caía con más fuerza y mis oídos estaban sordos con el golpeteo de las gotas sobre el plástico, un cochino saltó al cortadero con la mayor de las cautelas para nada más pisarlo correr a todo lo que daban sus patas, cogiéndome despistada sin tiempo de apuntarlo en condiciones y solo pudiendo lanzarle un plomazo cuando ya se ocultaba su figura…
Sorteo en la montería solidaria para ONG Harambee
Y narraré, con todo el detalle posible, lo que nuestros cuerpos y espíritus respiraron esa jornada: el ambiente de hilaridad, la camaradería entre todos, las protestas desterradas y las palabras malsonantes enterradas, el ir a cazar sin el ansia del trofeo, el elevar una plegaria al cielo para que hubiera muchas presas a la espera de saltar a los tiraderos, aunque uno no fuera el afortunado porque el bien común era la bandera que hondeaba en el mástil esa mañana de enero.
Lo he dicho muchas veces ya sea con palabras escritas u orales porque lo pienso y lo creo. Lo afirmo. Y ese día descrito en los párrafos anteriores lo experimenté nuevamente en primera persona. La caza es una escuela de virtudes donde la entrega, la paciencia, la amistad y la generosidad se palpan. Aquella jornada en tierras cacereñas fue una prueba de ello. Extremeños, madrileños, castellanos y de más rincones del Reino de España y el vecino Portugal hicieron posible que esa Montería Solidaria viera la luz. El desvelo de los allí convocados lanzó la boina al aire, se despojó de ese provincianismo corto de miras, y puso su vista en África. A ese continente, delicia de muchos cazadores, fue el dinero recaudado.
No fue un hecho aislado. Este año, otra vez, la Montería Solidaria se va a llevar a cabo, el 7 de febrero, en Deleitosa, Cáceres. Monteros, rehaleros, perreros, muleros, etc. nos reuniremos para aportar nuestro granito de arena a este mundo que se tambalea, que ha sido absorbido por el individualismo y donde solo el yo y lo mío es lo que importa. Donde los valores que aporta la caza se han enviado al mayor de los ostracismos. Tienes un puesto si así lo deseas. La «Traviesa cero» te espera. Llenémosla de posturas hasta que desde la finca San Gregorio acariciemos el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe. Harambee te lo agradece. Lo tienes fácil, un bizum al 33359 es la llave a ese lance de alegría que ya está llamando a tu puerta.
- Cristina Clemares es licenciada en Historia, master de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá