El rescoldo
Empieza una época muy bonita. Es momento de divagar, de hacerse ilusiones y de soñar con los futuros cachorros, además de enfrentarse a una larga lista de quehaceres
Rescoldo de una lumbre
Es inevitable que, con la luz del último día de temporada, la nostalgia se apodere de ti. La pena ante lo inevitable es un sentimiento muy humano. Son muchos meses en el monte y, de repente, ¡se acabó! Sin duda hay que parar y dar descanso a los perros, como también a las reses montunas, pero nos quedamos como Peter Pan: sin sombra.
Los perros están ahora que se salen. No fallan. Están afilados como un bisturí. Preciosos y precisos. El campo y el monte están muy afables, lo que ayuda en su desempeño. Qué pena cortarlos cuando están en todo lo suyo...
En mi caso, esto es lo que me conforma como persona. Ser perrero es algo que se elige por vocación y pasión. Como dice Tamás Sandor en su libro sobre el rebeco récord del mundo, «solo la pasión otorga el derecho a cazar». Lo que no sabe Tamás es que esto va aún más allá, es vocación.
Empieza una época muy bonita. Es momento de divagar, de hacerse ilusiones y de soñar con los futuros cachorros, además de enfrentarse a una larga lista de quehaceres. El día después de la última montería es el primero de la temporada siguiente.
No puedo evitar repasar la temporada. Lo bueno y lo malo. A mi mente se vienen lances emocionantes que hay que considerar en su totalidad. Tanto para mantenerlos vivos en el recuerdo como para tener claro el buen papel que sus protagonistas interpretaron. También me visitan los momentos en los que he observado malas querencias. Es imprescindible huir de la autoindulgencia. Hay que ser justo y frío primero, para después ser firme en tomar decisiones que atajen esos defectos, excesos o carencias. Jorge y yo nos damos unos días para asentarnos. Más tarde lo comentaremos involucrando a Eli, los niños y Carlos, mi hermano. Están tan implicados como nosotros y siempre tienen algo que decir. Si cuatro ojos ven más que dos, doce lo ven casi todo y nos acercan a puntos de vista distintos al del monte. Determinar cómo terminamos la temporada en comparación a cómo empezamos es crucial para poder equilibrar la rehala y tenerla engranada para octubre.
Es sorprendente cómo un paisaje, un lance o el olor del monte te evocan a alguien o te transportan a un pasado determinado
La melancolía conlleva una cierta tristeza, lo que trae a la memoria vacíos y ausencias. Esas personas que se han ido y los valientes que nos dejaron. Se echa mucho de menos... Pero queda su recuerdo. Etimológicamente, recordar viene del latín, recordāri, compuesto por el prefijo re-, de nuevo, y cordis, corazón, y significa traer algo de nuevo al corazón. Esta es la única manera de mantenerlos vivos, de rendirles homenaje y de reconocerlos. Es sorprendente cómo un paisaje, un lance o el olor del monte te evocan a alguien o te transportan a un pasado determinado. Solo podemos dar gracias a Dios por su tiempo con nosotros y tener claro su ejemplo. ¿Qué mejor guía? En mi caso, desde que murió mi padre, monteando es cuando encuentro su abrazo más real y tangible. El vacío siempre está, pero con los años, ese sentimiento ha evolucionado. Ahora es algo bonito y hace que montear tenga aún más contenido y valor, si cabía.
Mirando al horizonte.
También me acuerdo de todos aquellos con los que hemos pasado estos meses. Propietarios, monteros, guardas, perreros, guías, muleros... Es una relación muy intensa que en la veda se debilita, lo que es una pena. Somos unos privilegiados al poder crear estos lazos que son más fuertes de lo que creemos. Franca camaradería. Vínculos que se construyen en el campo a partir de experiencias comunes haciendo algo que nos arrebata y donde llegamos a conocernos muy bien. Amigos y, en muchos casos, muy amigos.
Es inevitable que los dementores vengan a visitarnos. Las malas experiencias, los resultados negativos o las personas dañinas también están y forman parte del todo. Hay que archivar esas vivencias, sacando lo positivo y aprendiendo de esa experiencia. A esos individuos, apartarlos cuanto antes. Todo lo mejor, pero lejos.
Y, por último, pienso en el futuro. En el más inmediato y en el más lejano. En lo más cercano, en los cachorros que cazarán en la próxima temporada, en los cruces que haremos en breve y en todo lo que hemos ido hablando durante la temporada y que hay que mejorar. Es una gran ilusión que, además, redunda en el bienestar de los perros.
Más adelante siempre hay más. Reflexiono sobre la trascendencia, esa cualidad que nos diferencia del resto de animales. El anhelo de dar continuidad a un proyecto. Lo que empezó mi padre, y que algunos creyeron que no duraría mucho tras irse él, sigue vivo hoy. Y evoluciona sobre la enorme afición y gran relación que van creando Carlitos, hijo mayor de mi hermano, y Coque, el pequeño de Eli y Jorge, lo que nos deja entrever un claro horizonte. Tenemos un buen presente y un prometedor futuro. ¿Qué más queremos?
Se apaga la lumbre con la luz del último día de temporada, pero queda el rescoldo. Esa pequeña brasa menuda que, resguardada en la ceniza, mantiene calor mucho tiempo. Es la base de la temporada siguiente.
Pasada la pena que sucede al fin, animo a todos a rebuscar en su rescoldo. Ahí encontrarán la trocha a seguir para mantener el rumbo que antaño trazaron. Con buena brasa, es más fácil avivar el fuego.
¡Feliz veda!
- Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero