La cortesía del zurrón

Recuerdo un rececho en Picos, de esos en los que la verticalidad te castiga los riñones y el ardor de estómago nubla el juicio más que la propia bruma

Parque Nacional de los Picos de Europa, en Asturias

Parque Nacional de los Picos de Europa, en AsturiasEuropa Press

En un mundo que parece haber decidido que la velocidad es la única medida del progreso, conviene aflojar el paso y observar la tierra con esa atención ausente, sexto sentido que conforma al cazador. Hay un silencio particular en el monte justo antes de que el sol rinda sus últimas luces sobre los puertos, que nos revela que la sierra no es un escenario para el ocio, sino un organismo complejo donde la flora y la salud siempre han caminado de la mano. No hay en ello novedad, aunque la soberbia de nuestro tiempo pretenda presentarla como un hallazgo de laboratorio.

Hace ya cincuenta mil años, en la penumbra de las cuevas de El Sidrón, aquellos antepasados que ya entonces perseguían la vida con una determinación que hoy apenas intuimos, mascaban aquilea y camomila para restañar heridas y calmar el fuego de las tripas. Aquellos hombres sabían que la naturaleza ofrece el bálsamo allí donde impone el castigo, y que la cortesía del zurrón consistía, precisamente, en saber leer la botica que brotaba bajo sus pasos.

Es esa herencia atávica la que todavía nos permite subir a los puertos del norte, allí donde el aire embriaga y el robezo dibuja su silueta contra un cielo limpio, para reconocer en las grietas de la caliza la Jasonia glutinosa: ese manojo de humildes flores amarillas que desprecia la tierra fértil de los valles y busca la dureza del mineral.

Recuerdo un rececho en Picos, de esos en los que la verticalidad te castiga los riñones y el ardor de estómago nubla el juicio más que la propia bruma. Me acompañaba Pelayo, el viejo guarda de Alevia, un hombre tallado en la misma caliza que pisábamos, que no necesitaba de libros ni de listillos para leer la tierra. Sin mediar palabra, se agachó en un extraplomo y arrancó unas briznas de esa mata insignificante que desafiaba la gravedad:

Era té de roca, ese regalo que asienta el estómago cuando la altitud empieza a pasar factura y la dispepsia acecha tras el esfuerzo

«Toma, guaje, masca esto».

Era té de roca, ese regalo que asienta el estómago cuando la altitud empieza a pasar factura y la dispepsia acecha tras el esfuerzo, la medicina de los abismos que el monte reserva solo a quien se atreve a subir a buscarla. Recolectarlo mientras el corazón todavía intenta recuperar su sitio tras el ascenso recechando al rebeco es un rito de gratitud.

Lo mismo ocurre con el Árnica montana de las brañas, que macerada en ese aguardiente que el paisano guarda con el celo de un inconfesable secreto, separa a menudo al hombre de la renuncia cuando un mal paso en el canchal amenaza con arruinar la jornada. Es una botánica ruda, ligada al sudor, que nos permite seguir el rastro cuando la pierna flaquea, recordando que en la montaña la voluntad se apoya siempre en una raíz o una flor.

Al descender hacia el abrigo de los Montes de Toledo o las quebradas de Sierra Morena, el paisaje se cierra y el aire se vuelve más denso, cargado de ese aroma a jara que identifica al montero en cualquier parte. El ládano no es solo un ungüento pegajoso en los zahones; es, ante todo, un antiséptico de urgencia que permite sellar un navajazo en el pecho de un perro en la soledad de la mancha, cuando el veterinario es solo un nombre lejano y su vida se te escapa entre los dedos.

Esa herencia que observa al guarro que busca el barro bajo un helecho macho para desparasitarse, o al venao que, tras el agónico desgaste de la berrea, desprecia el pasto tierno y busca el ramoneo amargo de la encina, purificando así su organismo para afrontar los rigores del invierno.

Ese saber arcaico es el que nos dicta que el lentisco masticado fortalece las encías y desinfecta el espíritu, del mismo modo que el sauce de las riberas donde aguarda el corzo morisco ofrece su corteza rica en salicina para calmar el dolor de huesos que impone la humedad del Estrecho. Es la alquimia que nos conecta con los hombres de la Edad del Bronce que ya habitaban el Cabezo Redondo, conocedores del alivio que crece junto al agua. El hombre de campo no domina la naturaleza; aprende a fundirse con ella, extrayendo de la corteza o de la savia la fuerza necesaria para no ser un extraño en su propia tierra.

Pues lo que el hombre de traje gris y mirada triste ignora en su afán por higienizar el paisaje es que la gestión del monte mantiene vivo este botiquín primigenio: que al proteger un lindazo para que críe la perdiz se está salvando el hipérico, la malva o la salvia. El cazador se convierte así en arquitecto de una biodiversidad que no busca el halago, sino su pervivencia.

Desbrozar un sendero o limpiar una fuente colmatada permite a la luz besar de nuevo el suelo, activando un banco latente de semillas que la agricultura intensiva ha condenado al olvido como simple «maleza». Los cazadores somos los últimos depositarios de una sabiduría que ya no enseñan las escuelas. Una forma de libertad que nace de saber para qué sirve lo que se pisa y de entender que el monte no es un supermercado de recursos, sino un equilibrio de fragilidades que exige un gestor con callos en las manos.

Porque en el zurrón, si se sabe mirar con la cortesía que el campo exige, siempre cabe algo más: cabe el hilo invisible que nos une a los hombres del Sidrón y la certeza de que, mientras quede un montero que sepa por qué la jara sella o por qué el sauce calma, el espíritu de la tierra seguirá respirando bajo nuestras botas.

Al final, cazar es recordar quiénes somos en un mundo que ha decidido olvidarlo todo. Pelayo lo sabía bien; nunca necesitó palabras rebuscadas cuando decía que el monte, antes que nada, es el único lugar donde el hombre no puede mentirse a sí mismo.

  • Laureano de Las Cuevas Álvarez es miembro de la Asociación del Corzo Español

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