La importancia de la agricultura familiar y la factura que nos pasará su maltrato

La agricultura no es solo pan. Dice Bieito Rubido que la agricultura son valores y principios, y lo clava. La agricultura, como la naturaleza, es un compendio de lecciones para quien sabe mirar

Una persona trabaja las cepas viejas del viñedo familiar en Bembibre, Castilla y León (España)

Una persona trabaja las cepas viejas del viñedo familiar en Bembibre, Castilla y León (España)Europa Press

No comemos papeles. Ni teclados de ordenador. En el I Foro Campo y Caza, celebrado por El Debate en Tomelloso, se pusieron de manifiesto varias cosas. La primera, la situación agónica de la agricultura tradicional. Y eso en Tomelloso, que es el «Silicon Valley» de la agricultura y donde la industria agroalimentaria da un valor añadido enorme a sus cultivos. Tierras de primera, explotaciones modernas (muchas de ellas con agua) y emprendedores del campo.

Pues imaginen la situación de la agricultura de secano de áreas remotas y sin gota de agua para los cultivos, como el Campo de Montiel o medio Aragón. Y añadan la subida de precios del gasoil, de los fertilizantes y una fiscalidad de Luis Candelas. Decía Ángel Ortega, gerente de la D.O. La Mancha, que si no fuera por los jubilados de 70 años que se suben al tractor, la agricultura familiar estaría muerta. O los de 80, añado yo.

El drama de los estertores de la agricultura familiar, de las pequeñas y medianas explotaciones, no es solo la dependencia exterior para 49 millones de españoles de algo tan básico como comer. La herida abierta vacía los pueblos, los convierte en desiertos. Los diseca. «Despertad, gente tierna, que esta tierra está enferma, y no esperes mañana lo que no te dio ayer, que no hay nada que hacer…», escribió Serrat en Pueblo Blanco cuando muchos de nuestros padres cogían la maleta para irse a una obra a Mallorca, a Barcelona o a una portería en Madrid.

La agricultura no es solo pan. Dice Bieito Rubido que la agricultura son valores y principios, y lo clava. La agricultura, como la naturaleza, es un compendio de lecciones para quien sabe mirar: quien siembra, recoge; la paciencia es el árbol que da el fruto más dulce; abonar para recolectar… Esfuerzo, sudor y saber esperar el fruto de todo ese trabajo.

El modelo de agricultura que nos espera es el de enormes explotaciones en manos de fondos de inversión mucho más eficientes económicamente

Todo ese legado corre hoy el riesgo de desaparecer. Al paso que llevamos, el modelo de agricultura que nos espera es el de enormes explotaciones en manos de fondos de inversión mucho más eficientes económicamente. A cambio, y sin rentabilidad en la agricultura familiar y tradicional, caminamos a toda máquina de la España vacía a la España desierta. A no ver un alma en los pueblos. A la «soriaficación» de la España rural y a la conversión de millones de hectáreas de cultivos en selvas de monte mediterráneo.

Proteger la agricultura familiar es impedir un nuevo drama social. Mientras vemos salir millones de euros en ayudas al desarrollo a países como Etiopía, Níger o Filipinas (que digo yo qué se nos ha perdido a los españolitos de a pie en Etiopía), no estamos evitando la marginalización de nuestros pueblos, especialmente de los más pequeños, ni el empobrecimiento generalizado de la población que no vive en las ciudades. La brecha entre la población rural y la urbana es enorme, dolorosa, sangrante. Dos datos: solo en 2025, la ayuda al desarrollo fue de 4.550 millones de euros; las ayudas directas de la PAC, también en 2025, fueron de 4.889 millones de euros.

El maltrato y el olvido sistemático a nuestros agricultores pasará, más pronto que tarde, su factura. La cesta de la compra es un ejemplo. No hay un solo alimento barato. El condumio ha subido un 51 % en los últimos años. Y no se equivoquen: la culpa no es de Ucrania, ni de Irán… ni del chachachá. La responsabilidad de que la ternera o el cordero sean hoy alimentos de lujo es única y exclusivamente nuestra. De todos. Piensen solo en la cantidad de ganaderos y agricultores que han colgado las botas en los últimos veinte años. En el pecado está la penitencia.

  • Santiago Ballesteros Rodríguez es abogado especializado en derecho medioambiental, cinegético y propiedad rural

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