Es que gatos sí tengo. Oda al lince 'Veneno'

Antes se decía de alguien inteligente que «era un lince». Ahora ser un lince es sinónimo de soso, inútil, falto de intuición, …

Un lince ibérico en España

Un lince ibérico en EspañaEuropa Press

Hay un chiste, ya viejo que, dada mi falta de gracia, resumiré aun a costa de destrozar la poca sonrisa que yo pudiera arrancar al contarlo. Un cubano muy adulador de la revolución dice que él daría la mitad de sus casas, de sus coches, de sus industrias, a la revolución. Pero cuando le preguntan si daría la mitad de sus gallinas, dice que no. Ante lo extraño de la respuesta, explica: «Es que gallinas sí tengo».

Pues algo parecido está ocurriendo en el pueblo toledano de Cabañas de Yepes, donde el lince Veneno está descastando los gatos callejeros de la localidad ante los escandalizados animalistas provinciales, que exigen una inmediata intervención de las autoridades para acabar con semejante «matanza». No dicen lo mismo cuando los lobos acaban con el ganado, o destrozan a los perros pastores y a los de caza. No dicen lo mismo cuando esos mismos gatos asolan los acotados vecinos o, cuando semejante proliferación de mininos cimarrones hacen lo propio en zonas protegidas, siendo, además, potencial peligro de contagios para los gatos monteses y linces. Si el afectado se llama ganadero o cazador, debe fastidiarse y dejar que «la naturaleza proceda», porque ya es bastante que se le permita aprovechar el excedente que quede tras la actuación de esos predadores, por mucho que su población se haya disparado más allá de toda lógica y equilibrio.

Sin duda, que un lince se aposente en un pueblo y prefiera comer gallinas (que también las mata, aunque esto no le importa a los animalistas) y gatos, es una anormalidad; un hecho a tener en cuenta para quienes dirigen el plan de sueltas y de reintroducción de esa especie. Ver ejemplares que no huyen del ser humano y que hasta se acercan a él, es evidencia de que algo están haciendo mal en esa gestión, que está siendo fructífera, sobre todo, por la enorme cantidad de ejemplares que están soltando, lo que compensa la buena cantidad de ellos que fracasan y que mueren, muchos de ellos, en los cruces de carreteras. Antes se decía de alguien inteligente que «era un lince». Ahora ser un lince es sinónimo de soso, inútil, falto de intuición…

Es evidente que un animal criado en granja no va a tener de inicio los mismos instintos y capacidades que sus hermanos silvestres, pero en el mundo de la caza estamos hartos de hacer reintroducciones y (quitando excepciones chapuceras) hace ya mucho que se sabe cómo hacer para que los reintroducidos lleguen al campo con una premisa fundamental: huir del hombre. Ello les obligará a buscarse las habichuelas, al menos, en las mismas condiciones que sus hermanos silvestres y avanzar en la plena adaptación y adopción de hábitos salvajes.

Lo que es una anormalidad es que los lobos ya no huyan del ladrido de un mastín y que prefieran la pelea

Y respecto de los ya silvestres (por ejemplo, los lobos), deben tener muy claro que deben huir del hombre y evitarle, a él y a lo suyo. Lo que es una anormalidad es que los lobos ya no huyan del ladrido de un mastín y que prefieran la pelea (lo que es lógico, porque suelen ser más y siempre más fuertes). Ese ladrido siempre era preludio de la llegada del hombre, al que ahora tampoco temen.

Pero todo este sin dios, evidente para el mundo rural, es algo que nada importa para el mundo urbanita, que asiste encantado a las liberaciones de linces ante la presencia de una muchedumbre que se maravilla con la aberración de haber podido fotografiar a escasos metros a un lince que se han encontrado mientras recorrían alegres, vestidos con sus licras ajustadas y multicolores, las sendas «ecológicas» que, perfectamente pavimentadas y señalizadas, les hace creer que, de verdad, han estado en contacto con la naturaleza como sus ancestros.

Para los animalistas, el derroche en la suelta de linces, la muerte de ganado por el lobo, de corderos por zorros y meloncillos, la alteración del equilibrio poblacional de la fauna silvestre por la acción de los gatos cimarrones, no es nada comparado con la caza de gatos callejeros por parte de Veneno. Al fin y al cabo, gatos sí tienen, aunque más que suyos, esos gatos lo que son es un fructífero potencial sustento económico en forma de convenios con los ayuntamientos, que se ven casi obligados a contratarles por aplicación de lo establecido en el artículo 39 de la Ley 7/2003 de protección animal. ¿O es que nadie se ha dado cuenta de que la regulación histérica e histriónica de las colonias felinas no tiene otro objeto que ponerles un pesebre a esas asociaciones? Y, si a los animalistas el lince Veneno les mata los gatos, es como si a los ganaderos el lobo les mata las ovejas; sólo que para los primeros «gatos sí que tengo».

  • Antonio Conde Bajén es miembro del Real Club de Monteros

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