Mercedes Barona
Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Perro

Vive en una frontera entre lo salvaje y lo doméstico, y de ahí le viene esa mezcla de servicio y misterio

Perros

PerrosCedida por el autor

Perro es una de las palabras más antiguas y más justas del campo, porque nombra a la vez la compañía y el trabajo. Ha sabido estar cerca del hombre conservando algo de su naturaleza y ha acompañado con fidelidad las faenas, las esperas, los caminos y las soledades.

En el campo el perro tiene oficio. Está en la puerta, en la era, en el coche, en la nave, en la linde. Va delante o detrás, según convenga, y aprende pronto que la vida rural se compone de rutinas y de pequeñas señales que para otros pasarían inadvertidas. Reconoce el motor del coche de casa antes de que enfile el camino. Sabe cuándo sale el ganado, cuándo vuelve, cuándo alguien llega, cuándo el silencio se vuelve alarma. Su inteligencia es fruto de la atención.

Vive en una frontera entre lo salvaje y lo doméstico, y de ahí le viene esa mezcla de servicio y misterio.

En la caza sus instintos encuentran su oficio más antiguo. El perro rastrea, levanta la pieza, la cobra y la trae a la mano; la rehala bate el monte, levanta las reses y las empuja hacia los puestos. Y aquí el campo descoloca al de fuera: la raza importa menos de lo que parece. El campeón de papeles puede quedarse corto, y un mestizo de pueblo, un chucho sin pedigrí ni nombre, tener más nariz, más fondo y más cabeza que él. La habilidad y la cercanía no vienen escritas en un registro: se crían en el monte, en el trato y en las horas.

La palabra perro trae también la idea de cuidado, y de una reciprocidad extraña y muy antigua: uno alimenta, da cobijo y nombre; el otro devuelve presencia, alerta y lealtad. En el campo, el cuidado es más ancho que la ternura. Incluye aprender sus horarios, respetar su cansancio, conocer su carácter, curar una pata, esperar una camada, aceptar que cada animal tiene su temperamento y su modo de leer el mundo. Quien ha crecido entre perros rurales sabe que su compañía educa la mirada y ordena el día.

Y miran. El perro nos mira de un modo que parece un intento de descifrarnos: busca la cara, lee la mano que se acerca a la escopeta o a las llaves, mide el tono de la voz, adivina la marcha antes de que la decidamos. Hay en esa mirada una pregunta que nunca termina de responderse, y una confianza que no pide pruebas.

La palabra perro trae también la idea de cuidado, y de una reciprocidad extraña y muy antigua: uno alimenta, da cobijo y nombre; el otro devuelve presencia, alerta y lealtad

Pero el campo es también duro con él. El perro trabaja, y a veces lo paga caro: el que pasa la vida atado a una argolla, el galgo que sobra cuando termina la temporada, el cachorro que nadie quiso. Conviene decirlo, porque la fidelidad del perro no siempre encuentra la suya enfrente, y aun así sigue acudiendo. Esa es la parte que cuesta mirar de frente: que el perro es fiel más allá de lo debido, que vuelve a la mano que lo trató mal, que espera en el camino mucho después de que esperar tenga sentido. Su lealtad no lleva cuentas.

Por eso perro contiene la intimidad del campo. Donde hay perro suele haber alguien que vuelve, alguien que espera, alguien que trabaja, alguien que cuida.

Y cuando un perro se muere, deja una huella que tarda en borrarse. La casa se queda con un silencio raro a la hora en que ladraba. El plato vacío. El sitio junto a la lumbre que ya no calienta a nadie. Durante unos días, alguien lo llama todavía por costumbre. Se le entierra al pie de un árbol, en la linde, donde solía echarse, y esa tierra queda señalada para siempre en la memoria de la casa.

En el Diccionario sentimental de campo, perro es la forma más humilde y fiel de decir compañía.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá
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