La convención de Dallas
A mis veintipocos, mientras estudiaba arquitectura, trabajaba entusiasmado en Cazatur
Convención de caza en la actualidad en Dallas, Texas (EE.UU.)
Queridos Incautos: Ricardo me envió con un cazador que era su agente en Texas. Se llamaba Wyatt Dawson, al igual que un famoso vaquero de leyenda. Era un parsimonioso americano, de sonrisa hierática que frisaba los 70, hablaba muy despacio y con fuerte acento.
Su mujer Marilyn era tan adorable como fea. No se esforzaba en esconder su aspecto desaliñado de despistada profesora de parvulario. Vestía colores estridentes incombinables. Hablaba de recetas de tartas y reía por nimiedades, pero era un cielo. No tenían hijos y si muchos gatos.
Mr Dawson (no le gustaba que le llamara Wyatt por las reminiscencias del vaquero) traía todos los gadgets imaginables. Al alba, salíamos a cazar con unas enormes gafas amarillas que pasaban a otras rojas en las primeras horas de luz, y a unas ahumadas al medio día. Ni un segundo sin gafas.
Por supuesto todo de camuflaje. Una chaqueta en tonos marrones, reversible en tonos verdosos según fuera cambiando el paisaje. Acabó regalándomela y la conservo con cariño.
Colgaba de su gorra una especie de careta de tela de visillo de camuflaje que le ocultaba la cara y me decía que era para cazar pavos salvajes. Atado a la cintura llevaba un ridículo delantal posterior aislante a base de corchos que colgaba por detrás por si tenía que sentarse en alguna piedra.
Larguísimo viaje. Aterricé en la descomunal Texas. Me sentía Gulliver. Todo era inmenso, excesivo y apabullante. Comprendí que Mr Dawson era digno hijo de su tierra
El rifle era un poema. La rarísima culata tenía un agujero para meter el pulgar. El anteojo, con unas persianas que se levantaban con un botón que accionaba un muelle, y lo más divertido: un bípode. Salían unas patitas afianzadas a la anilla del portafusil para tirar tumbados. Y la correa del rifle con sus iniciales doradas. Los guardas tenían que contener la risa.
Tras cazar con él, le caí muy en gracia y convenció a mi jefe Ricardo Medem para que me enviara a la convención para ayudar a vender cacerías. Me fui como loco. Nunca había ido a América.
Larguísimo viaje. Aterricé en la descomunal Texas. Me sentía Gulliver. Todo era inmenso, excesivo y apabullante. Comprendí que Mr Dawson era digno hijo de su tierra. Conducía el más inmenso todoterreno que había visto, con tapicería que imitaba piel de serpiente hacia el hotel en Dallas, donde sería la convención de caza.
No daba crédito. Según llegábamos, había una obscena profusión de lo que ellos entendían como lujo: Rolls Royce rosa tuneados; deportivos americanos pintados a manchas como las vacas; ferraris; limusinas con cuernos de vaca en el morro; unos coches descapotables que se llamaban Excalibur, de color morado llenos de bocinas plateadas y con tapicería de tigre. Yo estaba fascinado.
El hotel era descomunal. En los bajos y el sótano, que eran como El Corte Inglés, sin ventanas pero tan divinamente iluminado que daba sensación de comodidad, allí era la convención.
Me encontré con otros españoles. Antiguos guías que se lo habían montado por su cuenta para traerse clientes. Eran encantadores, recuerdo a Manolo Nogales y a Félix Lalane. Competidores, pero siempre amigos.
Mr Dawson no aprobaba mi simpatía hacia ellos. Pero a mí me era igual. Reíamos juntos asombrados por el panorama. Cientos de puestos con fotografías enormes de cacerías. Bichos disecados enteros. Elefantes, hipopótamos, Leones saltando. Ellos con sombreros texanos y botas de piel de serpiente. Y esos extraños broches con cuerdas que se atan a la nuez en vez de corbatas.
No daba crédito. Según llegábamos, había una obscena profusión de lo que ellos entendían como lujo: Rolls Royce rosa tuneados; deportivos americanos pintados a manchas como las vacas; ferraris...
Ellas siempre neumáticas, muy apretadas, con sus trajes llenos flecos que jamás hubieran pasado la aprobación de la policía moral de mis tías y mi madre.
Lo más fascinante eran las tiendas de joyas. Los relojes de oro insultante, con cuatro grandes donde la correa se une a la esfera. Dos a dos. Con los ojos rubíes en león y brillantes zafiros y esmeraldas en los demás. Collares con elefantes que se amarraban entre sí… Increíble.
Yo tenía preparado mi discurso. Lo ilustraba con filiminas. No lo hice mal. Tenía un auditorio de unos 30 texanos interesados en cazar con nosotros. Gentes realmente amables. Eran niños grandes.
Se me acercó un tipo enorme. Más alto que yo. Encantador. Con sonrisa franca, invariablemente con sombrero, botas y un cinturón de hebilla gigantesca. Me estrujo la mano en gran saludo. Me felicitó por la presentación, y de repente me suelta: Hey Man ! Can I make you a personal question? (¡Hola, tío! ¿Te puedo hacer una pregunta personal?).
Algo desconcertado le dije que sí.
– «¿Todos los españoles se te parecen?»
–Bueno sí, más o menos. Suelen ser algo más bajitos
–«¡No! Es que he mirado donde está España en un mapa. Y he visto que están al lado de África. Pensaba que erais negros»
No sabía si reírme, o acostumbrado a las groserías de los franchutes, arrearle un guantazo. Pero es que era encantador. Te desarmaban. No había un ápice de maldad.
La cena de gala. Con subasta
Yo traía mi esmoquin de las puestas de largo. Y ellos su tuxedo. Que pretenden que es homologable. Es de tela brillante y colores imposibles, y con solapas con brillantitos.
Ellas iban vestidas de Dolly Parton. Cargadas obscenamente de joyas como si fueran socialistas españolas, y andaban contoneándose entre ruidosas carcajadas. Todos parecían gogós de un enloquecido musical.
Entregaban premios. De cada nominado enumeraban los países en los que había cazado y los bichos en una interminable e insufrible letanía que a ellos les satisfacía muchísimo.
Y por fin, la subasta. Los outfitters ofrecían cacerias básicas que habían regalado. El negocio estaba en contratar todos los demás bichos extra. Y a poder ser traer también algún amigo. La opulencia era casi obscena. Pujaban desordenadamente, doblando las pujas. Y los remates, alcanzaban cifras astronómicas.
Me quedé encantado porque conseguimos vender algunas cacerías, además de la que teníamos ofrecida. Por fin, en el avión de vuelta, me encontré con mis amigos españoles y me enseñaron el truco: las filas de atrás iban vacías.
Mientras todos los americanos viajaban ordenadamente sentados, nosotros, que nos habíamos hecho amigos de las azafatas, nos tumbábamos a lo largo en toda la fila y vinimos apaciblemente durmiendo todo el vuelo. Aterrice lleno de recuerdos que ordenar, imágenes que digerir, y de historias que contar. Y así lo he vuelto a hacer para vosotros, queridos incautos.
- El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero