La soledad del campo

En el campo la vida fluye con las horas de sol, dependiendo de la estación. La chimenea es la eterna televisión que vive encendida desde las primeras aguas de otoño hasta las últimas de primavera. La pana y el abrigo no pueden faltar. Y dentro de este siempre llevo un mechero y una navaja

El campo visto desde encima del caballo

El campo visto desde encima del caballoLolo De Juan

Recibí una llamada de un amigo, eran ya entradas las once de la mañana. Le respondí y me contesta ¿estás despierto? Sí, desde hace ya cuatro horas. Me ha dado tiempo a dar una vuelta a las vacas con el caballo y justo estaba llegando a desayunar. ¿Por qué me preguntas eso a estas horas? Te noto la voz. Es que aquí no hay mucho con quien hablar y parecerá que acabo de abrir el ojo, pero no…

El campo requiere de una dosis de soledad que muchas veces buscamos y otras tantas eludimos. Cuántas veces he oído eso de «me encantaría vivir en el campo» pero una cosa es estar en un bar y otra estar de camarero. En el campo la vida fluye con las horas de sol, dependiendo de la estación. La chimenea es la eterna televisión que vive encendida desde las primeras aguas de otoño hasta las últimas de primavera. La pana y el abrigo no pueden faltar. Y dentro de éste siempre llevo un mechero y una navaja. En invierno gasto botas de goma, por el barro, los atasques y las quito antes de entrar en casa para no poder todo perdido. Llegado el tiempo seco, bota de serraje más ligera y fresca, con unas minipolainas de cuero que protegen los cordones y evitan que se llenen de rompesacos y cardos. Y la gorra que no falte, de lana en invierno y una visera en verano.

El café despierta antes del alba. Es inevitable asomarse al pluviómetro para ver cuánto llovió por la noche. Ahora, en tiempo seco, con ver el color del cielo uno puede intuir cómo vendrá el día de abrasador o no. Por ello en verano el caballo resopla antes del alba con la montura puesta y antes del ángelus uno ya debe tener las faenas hechas o esperar a la caída de la tarde para dar una vuelta a las vacas, revisar comederos y, lo más importante, comprobar que los chotos tienen agua y que las charcas no han perdido fuelle.

De otoño repasamos los pasos de agua, que no se hayan atascado, para que con las aguas del invierno no se cieguen las cunetas

De invierno en mi casa se sirven sopas de espinacas y tortilla de patatas. De verano gazpacho y huevos fritos con papas. Y cuando digo siempre, es desde que tengo uso de razón. Quizá el colesterol lo tendremos mal, pero mi padre tiene ya ochenta y una castañas y sigue como un miura. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

De otoño repasamos los pasos de agua, que no se hayan atascado, para que con las aguas del invierno no se cieguen las cunetas. Para febrero, antes de que rompa la primavera, ya estamos levantando los barbechos que serán cuna de los siguientes cultivos. Podas y quemas siempre antes de mediados de abril. Antes de que rompa mayo se hacen los cortafuegos y a finales del verano, cuando las charcas están muertas, se limpian con la máquina de cadenas, más o menos cada diez años, para sacar los lodos y ahondar cubicajes.

Lolo De Juan junto a la lumbre en el campo

Lolo De Juan junto a la lumbre en el campoCedida por el autor

En febrero y agosto se desparasitan los venados y me gusta tirar algo de polvos de langosto en los revolcaderos y arenillas donde las reses buscan huir del calor.

Es una vida solitaria, que requiere de alguna escapada a la capital para no convertirte en un jabalí. Pero es la vida que he elegido, donde el aire es más fresco y la vida corre a un ritmo distinto al de la ciudad.

Tras un largo paseo por el campo una tarde de verano, alguien me preguntó: «¿No te sientes sólo aquí?» Mi respuesta fue rápida y sincera: «No lo suficiente…»

  • Lolo De Juan es gestor agropecuario
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