El último corzo
La madrugada de un día de finales de mayo me encaminé a realizar mi última cacería de corzos en ese coto. A diferencia de otras ocasiones, en que había ido henchido de ilusión, entusiasmo y esperanza, esta vez iba con pocas ganas, con el corazón encogido y desilusionado, como si fuese obligado
Corzo abatido
Si a uno le hablan de corzos en España, inmediatamente le vendrán a la mente muchos lugares de nuestra piel de toro; pero seguro que entre ellos no se encontrarían las Villuercas, porque si bien en esta serranía del sureste de Cáceres menudean, sus existencias siempre han sido exiguas. Yo tuve la suerte, gracias a las generosas invitaciones de un buen amigo que tenía una finca allí, de irlos a cazar a ese lugar durante más de treinta años. En todos esos años no llegué a cobrar, ni mucho menos, uno por temporada. Ese ratio puede parecer nimio, pero para mí ha sido suficiente y cuando cazaba alguno, su captura me alegraba el día, pues en ese lugar estos animales vendían muy cara su vida y costaba muchas fatigas hacerse con uno de ellos. Es más, de todos los sitios donde los he cazado, que debido a los años que ya tengo no son pocos, es donde más he disfrutado. En otros lugares he conseguido muchos más y con trofeos mayores, pero pocos me han sabido tan bien como los que conseguí en ese lugar. Aunque la finca estaba a una distancia no pequeña de donde vivo, el poder ir una tarde o un fin de semana, sobre todo cuando por cualquier motivo estaba disgustado o preocupado, era como el bálsamo de Fierabrás, que de forma inmediata curaba todos mis males, y siempre regresaba con más ganas de volver allí.
Como todo lo bueno de este mundo, esas esperas y recechos a los corzos también tuvieron su final, pues mi anfitrión acabó vendiendo su finca a un vecino, toda vez que éste le hizo una oferta irresistible y él, que ya iba siendo mayor, vio que no podía dejar pasar ese tren sin cogerlo y con gran dolor de su corazón decidió enajenar su predio, lo cual supuso el fin de mis cacerías. No obstante, al entregar esa propiedad a su nuevo dueño, mi amigo tuvo el detalle de pedirle que me dejara ir a intentar cazar un último ejemplar la temporada siguiente. Su nuevo propietario aceptó esa petición, pero la supeditó a que únicamente fuera un día. Al comunicarme esa postrera oportunidad, dije a mi anfitrión que tratara de localizarme previamente un corzo, para ir sobre seguro. Cosa que hizo a la perfección, pues rápidamente me llamó para decirme que había visto varias veces una pareja que entraba en la siembra. Así, la madrugada de un día de finales de mayo me encaminé a realizar mi última cacería de corzos en ese coto. A diferencia de otras ocasiones, en que había ido henchido de ilusión, entusiasmo y esperanza, esta vez iba con pocas ganas, con el corazón encogido y desilusionado, como si fuese obligado, ya que suponía pasar la última hoja de uno de los capítulos de ese libro que son las andanzas de este cazador.
Con el paso del tiempo, el campo había ido enmudeciendo. Echaba de menos los arrullos de las tórtolas y los cadenciosos cantos de las codornices
De madrugada me puse cortando la posible retirada de la pareja de corzos, entre la mancha y la siembra. Cuando el sol ya alumbraba con sus rayos la avena, que gracias a una suave brisa tenía el aspecto de un mar dorado, vi moverse algo entre las mieses. Pero sólo era la hembra, que me pasó a pocos metros sin darse cuenta de mi presencia, no viendo nada más por allí. Por la tarde decidí cambiarme de sitio. Movido por la melancolía, me fui a un claro de la mancha donde había una fuente que lo hacía muy querencioso para esos animales. Ese era el lugar donde cobré la mayoría de aquellos corzos y, por consiguiente, donde más buenos ratos había pasado a lo largo de todos esos años. Desde mi puesto habitual, debajo de una añosa encina situada en un altozano que te permitía dominar la fuente, un bodonal lleno de hierba y la mayor parte del terreno despejado del calvero, contemplé por última vez el espectáculo de las numerosas aves que iban a beber a aquel manantial. Luego, al irse poniendo el sol, vi, igual que tantas veces en el pasado, como sus últimos rayos iban tiñendo de púrpura las nubes que a poniente asomaban sobre el cuchillar de la sierra del coto. Mientras realizaba la espera no pude sustraerme a los recuerdos y pensar en lo mucho que había cambiado la zona en todos esos años. Entre otras cosas, con el paso del tiempo, el campo había ido enmudeciendo. Entre otros agradables sonidos que ahora echaba de menos estaban los arrullos de las tórtolas y los cadenciosos cantos de las codornices, aves que prácticamente han desaparecido por estos pagos. Tampoco se escucha ya al anochecer a las rapaces nocturnas, en especial a mochuelos, autillos y cárabos. Por otro lado, en las pocas siembras que quedan, el trigo ha dado paso a la avena. ¡Y qué cierto es el dicho de «quien siembra la avena, siembra la pena»! pues tanto sembrados como rastrojos de ese cereal tienen mucha menos vida que los de trigo. No cabe duda que el cambio más espectacular ha sido la proliferación de las reses. Es tal su actual abundancia que asombraría a los viejos monteros de aquellas monterías de principios de los años ochenta, cuando empecé a cazar por allí, pues ni en el más feliz de sus sueños podrían haberla imaginado.
Estaba con esos pensamientos cuando ya entre dos luces, en ese momento en el cual parece que la tierra se echa a dormir, de la espesura salió un corzo. Pero como la desgana y falta de ilusión había presidido todo lo que rodeó esa —para mí— triste expedición, había contravenido la norma de que para cazar los corzos hay que llevar siempre la mejor óptica que poseas, dada la costumbre de esos animales de moverse en el orto y el ocaso, cuando la luminosidad de visores y prismáticos es capital. En esta ocasión tuve la fatal ocurrencia de llevarme para la ocasión un rifle que agrupaba de forma maravillosa pero que tenía montado un visor de muy pobres prestaciones. Así, en la penumbra que ya había en ese instante, a pesar de poder avistar al corzo con mis prismáticos, no pude tirarlo porque no conseguía verlo nítidamente con el visor y rápidamente se volvió a meter en la mancha. Más me pesó el fallo por mi suprema estupidez de haber incumplido un dogma que siempre había acatado, que el dejarme ir aquel animal y dilapidar así esa última oportunidad.
Al terminar el aguardo e ir al coche, vi que junto a él me estaba esperando mi amigo. Allí, en la soledad del monte, a lo que contribuía la oscuridad reinante, nos quedamos un buen rato charlando, más bien como dolientes, sin importarnos como el tiempo iba pasando. Recordamos cómo habían transcurrido casi cuarenta años casi sin enterarnos, y qué buenos ratos habíamos pasado juntos en ese pedazo de las Villuercas. Rememoramos numerosas anécdotas, entre ellas la del primer corzo que se vio por allí ¡hacía ya más de siete lustros! Ese animal aparecía y desaparecía una y otra vez, sin que yo fuera capaz de verlo y mucho menos de ponerle el punto de mira encima. Varias veces, tras tenerlo mi anfitrión o alguno de sus allegados localizado en un lugar donde acudía con puntualidad británica, fui a aguardarle y esa tarde no se presentó. Es más, a pesar de los numerosos intentos, nunca conseguiría tan siquiera verlo. Incluso mi mujer llegó a decirme, ante mis reiterados fracasos, que me estaban tomando el pelo y que ese animal no existía. Un tiempo después, ese corzo cayó de la forma más inocente e insospechada, en un aguardo a los jabalíes en una charca, en septiembre, al tirarlo con una escopeta el hijo de mi amigo, que entonces era un mozalbete que empezaba a cazar.
También hablamos sobre el primer corzo que maté allí. A diferencia del anterior, a ese animal lo vi en la primera salida que hice para tratar de hacerme con él. Fue un húmedo amanecer de mediados del mes de mayo de 1988, cuando un viento ábrego impulsaba sucesivas cortinas de agua que cada poco tiempo calaban todo, cuando lo vi caminando para recogerse en la mancha. Estaba tan mojado como yo, marchando despacio, con la cabeza baja, como si le pesara. Era el primer corzo que veía en mi vida. Como entonces no sabía nada de ellos no lo tiré, a pesar que lo tuve bien cerca, pues me habían dicho los «entendidos» que sólo debía disparar sobre aquellos machos cuya cuerna sobresaliera bien por encima de las orejas y este no era, a todas luces, el caso. Creí que su cuerna era menguada y medrosa debido a su juventud. Un novicio, como era yo en esos tiempos, no supo apreciar, a pesar de verlo claramente, que tenía un cuello grueso y que su cuerpo era masivo y pesado, todo lo contrario del estilizado y esbelto de los jóvenes. La cuerna —como luego comprobaría— tenía unas rosetas desproporcionadamente grandes, siendo el nacimiento de ese trofeo muy grueso, para luego adelgazar y quedarse corto, como si se le hubieran fallado las fuerzas, siendo además las cuernas lisas, con muy pocas perlas, prueba de su senectud y que el trofeo ya iba «para atrás». Aunque a lo largo de la temporada lo tuve varias veces a tiro, tampoco quise disparar sobre él en esas ocasiones. Al final, ante la ausencia de otro mejor, una tarde de finales de julio decidí ir a por él. Con ese animal se iniciaría la pasión de este cazador por el mundo de los corzos, con sus alegrías y sus penas.
Los dos contertulios reconocimos que aquellos días, cuando apenas había corzos, fueron unos tiempos duros, aunque hermosos, y había que tener una gran afición y perseverancia para salir tras ellos. Entonces conseguir uno era de lo más dificultoso, pero cuando lo lograbas, ese éxito te sabía a gloria.
Nos acordamos también de nuestro desaparecido amigo Esteban, compañero de aquellas cacerías de antaño, siempre erguido, con aspecto altivo y orgulloso, de hidalgo venido a menos, y con su perenne sombrero —el cual creíamos que no se quitaba ni para acostarse— tan gastado por el uso y los años que tenía un color indescifrable, siempre adornado con algunas plumas del ala de un arrendajo, que le daban una nota de colorido. Fue él quien nos dio algunos consejos de dónde y cómo cazar los corzos, porque en aquellos años era de los pocos que tenía algo de experiencia con ellos, aunque en realidad de lo que sabía —y sabía mucho— era de hacer aguardos a los jabalíes, matándolos diestramente con su oxidada escopeta y una vetusta linterna, pues aseguraba que las noches de luna eran «jornadas de recelo y sospecha» para esos animales, no cobrándose más que incautas hembras e inmaduros. Él fue quien me enseñó la importancia del conocimiento de los vientos. No solo se conocía todos, sino también sus características, siendo capaz de predecir con una precisión inaudita cómo iban a comportarse a lo largo de la noche o el día. Y siempre tenía en su boca una sentencia a este respecto: —«¡Ay del cazador de esperas que no sepa de vientos, qué poca suerte le auguramos!» Ante mis lamentos por la menguada cuerna de aquel primer corzo, que yo creía pobre por su juventud, fue Esteban quien me azuzó a dispararle con un dicho que seguro se remontaba a la época de los antiguos ballesteros:—«¿La caza? ¡Como la da el campo!»
El estar hablando de esa época pasada nos condujo a la nostalgia y la añoranza. Los dos, con tristeza, nos lamentamos de como todos esos personajes, situaciones y hechos de esos tiempos pretéritos han sido barridos por el paso del tiempo. Esperemos que a aquellos entrañables individuos Dios los haya acogido y ahora estén a su vera, hablando todos juntos ¡por supuesto que de caza!.
- Rafael Serrano Vicente es doctor en Veterinaria y escritor