La alianza

Cuando agarraron el otro cochino, corrió tras dejar el rifle descargado en el puesto. Solo con el cuchillo, entró en silencio y con el aire de cara. Terminó el lance rápido sin que los perros se diesen casi cuenta

Grandes monteros tras un típico día de montería abulense. Juancho Narváez, Nacho Sierra, Carlos Gómez-Aroyo y Paco Basarán

Grandes monteros tras un típico día de montería abulense. Juancho Narváez, Nacho Sierra, Carlos Gómez-Aroyo y Paco BasaránCedida por el autor

Monteros y rehala son algo consustancial. Los primeros deben saber que sirven a un fin mucho más elevado que la mera ocupación de una postura. Es algo muy serio para lo que no vale cualquiera.

Es un día de enero. Diez grados, sol y moscas. Las lluvias de las semanas pasadas tienen el campo como un jardín. Los cochinos están en literas. Los puestos justos, y todos amigos. Pocas rehalas, pero bien avenidas. De propietario y de alquiler. A estas alturas, están más finas que el coral…

Uno de los monteros ha ocupado un precioso puesto de testero. Desde la suelta ha podido ver el gran trabajo de los perros. Ha cobrado dos cochinos: uno bastante bueno tras una espectacular ladra que puso a prueba su corazón, y otro macho, enorme de cuerpo, pero con pocos colmillos, en agarre a cinco perros de una rehala que no conocía. Es ducho y gran conocedor del campo. Fanático de la montería en abierto. Lleva monteando desde que recuerda. Empezó con su abuelo. Ha batido los montes con distintas rehalas y arrastrado reses con diestros arrieros. Conoce todo. Conoce la verdad.

Terminada la montería, está feliz. Se siente un privilegiado. Guarda todos los archiperres y, sentado en el catre, admira la sierra. ¡Qué monterión! ¡Qué espectáculo de día! ¡Qué gusto de rehalas!

Al marrano grande lo dejó seco tras dejarlo cumplir. Con los nervios saliéndose por la boca, descargó el rifle y fue a quitar a los perros tras dejarlos morder. «Muerto, muerto…». Muy bajito y sin aspavientos. Golpeándose con una rama de jara en las polainas. Sabe que dejar morder en caliente es su mayor recompensa, y que el límite está en el momento en el que empiezan a comer. No tiene pereza en volver y repetir esto con los más insistentes. Y hace lo que debe, pues también sabe que el perrero los ha domado para ello. No tira piedras desde el puesto. Baja y, como un profesor paciente, se lo explica y los aleja.

Cuando agarraron el otro cochino, corrió tras dejar el rifle descargado en el puesto. Solo con el cuchillo, entró en silencio y con el aire de cara. Terminó el lance rápido sin que los perros se diesen casi cuenta. Al finalizar el lance, misma operación. Con la escena vacía, arrastró el marrano a cargadero, facilitando la labor de los arrieros y, de paso, evitando que algún perro rezagado, cobijado por el monte, se quedase a comer. Mala lección que genera nocivas querencias, retrasa la recogida y compromete la carne.

En Las Tejoneras. Mi padre quiso homenajear a Sebastián en su última temporada antes de retirarse. Dimos un gancho con las dos rehalas y cinco puestos. Cobramos diez cochinos. El mejor, éste, lo cogieron los perros. Detrás: Eli Redondo, Carlos Gómez-Arroyo, Manel Tomaz da Costa y mi madre, Catalina Oriol. En primera fila: Jorge Torrubias, Diego Gómez-Arroyo, Sebastián Pérez Arjona, mi hermano Carlos y Juan Martín, entonces, chofer de Sebastián

En Las Tejoneras. Mi padre quiso homenajear a Sebastián en su última temporada antes de retirarse. Detrás: Eli Redondo, Carlos Gómez-Arroyo, Manel Tomaz da Costa y mi madre, Catalina Oriol. En primera fila: Jorge Torrubias, Diego Gómez-Arroyo, Sebastián Pérez Arjona, mi hermano Carlos y Juan Martín, entonces, chofer de SebastiánCedida por el autor

Este montero, con sus actos, ha hecho que esos perros sean mejores por la tarde de lo que lo eran por la mañana cuando saltaron al monte

Tiro limpio. Amparo en un agarre. Recompensa, cuidado y preocupación hacia los perros. Este montero, con sus actos, ha hecho que esos perros sean mejores por la tarde de lo que lo eran por la mañana cuando saltaron al monte.

Sale al camino principal, pero no va a la casa. Va a la suelta. Al llegar, pregunta por el amo de unos podencos blancos con una divisa concreta. Se presenta al perrero, le da la enhorabuena y comenta lo vivido. Con pasión. Con vocación de montero. En el agarre, ha observado un gesto raro en un cachorro al que señala. Con humildad, le explica lo visto. Le pide que le enseñe los perros. El perrero no cabe en sí. «¡En la casa nos vemos!». Y así fue. Siguieron comentando. Al despedirse, quiso recompensarle con una propina, pero el perrero, educadamente, la rehusó. Le había dado mucho más. Había tratado a él y a sus perros con cariño y respeto. Había reconocido y alabado su labor. Y quiso conocerlos y enterarse de qué había ahí de especial.

Mi padre ocupando su postura en una montería.

Mi padre ocupando su postura en una montería.Cedida por el autor

¿Ciencia ficción? No. Aún es real. Como también es real que la calidad de los monteros está en declive, lo que está íntimamente unido con el ocaso de las rehalas y la desazón de los perreros. O viceversa…

El perro es un miembro de un equipo bajo las órdenes de un líder. Ese liderazgo no lo consigue el perrero en una siesta. Hay que modelar al animal y arrecovarlo dentro de una sociedad para, entonces, contando con su obediencia y querencia, dirigir al grupo. Asumiendo la base genética, la selección, los buenos cuidados y la adecuada alimentación, entran en juego el estado de forma física y la doma, conceptos que, por cierto, no son sinónimos. Con todo esto, como dice Juan de Dios Olías, obtendremos la diferencia existente entre una tropilla de yeguas marismeñas y la cuadra de un rejoneador.

Propietarios y organizadores tienen que procurar que al montero le cacen los mejores perros disponibles. Y ellos, a su vez, tienen la obligación de saber la diferencia. En el ejercicio de su derecho, el montero respetará los del perrero y los perros, y cumplirá con sus cometidos principales con las rehalas.

Es una alianza estratégica. Ambos deben colaborar para alcanzar unos objetivos comunes.

El montero debe entender la importancia del papel que desempeña. Entonces, vivirá la montería en su plenitud y podrá exigir calidad a las rehalas. Mientras, el perrero tiene que reconocer al montero como su aliado y saber que sus actos tienen consecuencias sobre sus perros. Así, empezará a elegir las monterías por la calidad del respetable y, en consecuencia, sus perros mejorarán.

El montero es tan responsable de la doma del perro de rehala como lo es el propio perrero. El lance es dominio del perro. El montero lo culmina. Solo de él depende que la experiencia sea positiva o no para su protagonista.

Así nació la montería. Y así evolucionaron los perros hasta llamarse rehalas.

  • Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero

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