El primer jabalí
En los márgenes de la escena, se mueven los perreros. Llevan las cadenas de la rehala y con ellas rodean al «novio» en un gesto que no encierra amenaza real, sino un simbolismo claro que ha sido capturado por la tradición y ya no hay marcha atrás
Primer jabalí cobrado por Fernando Henriquez el 6 de enero de 1952 en Navalacierva
En la liturgia del campo español la montería ocupa un lugar singular. No es sólo caza, también es escenografía, jerarquía y memoria compartida. Y en ese entramado de voces, ladridos y disparos, sobrevive un rito de iniciación que no figura en tratado alguno, pero que late con fuerza en la tradición oral, como es el noviazgo montero.
Se le llama así, con ironía campesina, a la ceremonia que convierte en «novio» al cazador que cobra por primera vez una res de caza mayor. El término no es casual. Como en los viejos rituales, hay en él algo de tránsito simbólico del aprendiz al hombre de monte, del espectador al actor o del anonimato a la pertenencia.
La escena comienza siempre lejos de la formalidad, en mitad de la mancha. El aire vibra con los perros, el monte cruje bajo el empuje de la rehala y el cazador, todavía inseguro, siente que cada sonido es promesa o amenaza. Entonces ocurre que un jabalí rompe entre las jaras y el disparo —ese disparo— lo tumba con la rotundidad de lo irreversible.
No hay música ni aplausos en ese instante. Pero los ojos veteranos ya han visto lo suficiente. En las miradas cruzadas, en las sonrisas apenas contenidas, empieza a gestarse el teatro. El muchacho —o el hombre que llega tarde a estos bautismos— aún no lo sabe, pero ha sido señalado. Ha entrado, sin pedirlo, en el territorio de la tradición.
La montería prosigue y con ella el movimiento de las armadas y el ir y venir de los perreros. Sólo al final, cuando las reses se ordenan en la junta de carnes como un mosaico solemne, se abre el telón invisible de la ceremonia. Entonces aparecen los oficiantes, que asumen con sorprendente convicción sus papeles. Uno se erige en juez, otro adopta la gravedad del fiscal y un tercero —casi siempre cómplice del acusado— toma la palabra como abogado defensor. La escena, mitad burla mitad representación, se construye con una teatralidad que no necesita ensayo.
—¡Se abre la sesión! —proclama el juez, golpeando el suelo con la culata del arma, como si convocara a un tribunal ancestral. El fiscal, inflando la voz, formula la acusación con solemnidad impostada:
—Este individuo ha cometido el grave delito de abatir su primera pieza sin haber demostrado aún su dignidad montera.
Las risas estallan, pero nadie rompe del todo el juego. El acusado, rodeado, ensaya una defensa torpe, mientras el abogado intenta salvarlo con argumentos que mezclan la lógica con el disparate. Pero la sentencia está escrita de antemano, como en las tragedias antiguas.
Mientras tanto, en los márgenes de la escena, se mueven los perreros. Llevan las cadenas de la rehala y con ellas rodean al «novio» en un gesto que no encierra amenaza real, sino un simbolismo claro que ha sido capturado por la tradición y ya no hay marcha atrás. El juez levanta la voz para dictar sentencia:
—Culpable. Y como tal, deberá recibir el bautismo montero.
El veredicto no admite recurso. La multitud celebra, el condenado sonríe con una mezcla de orgullo y resignación, y el rito avanza hacia su núcleo más antiguo. Porque entonces aparece la sangre del jabalí abatido. Un veterano, con gesto pausado, impregna los dedos o una rama y traza sobre la frente del novato una señal que puede ser cruz, mancha o simple roce. No hay palabras solemnes, pero sí una frase que se repite, como una letanía mínima:
—Para que no olvides.
Es el vínculo entre el cazador y la pieza, entre el hombre y el monte, entre la experiencia individual y la memoria colectiva
Y en ese gesto, breve y denso, se condensa una herencia que va más allá de la broma. Es el vínculo entre el cazador y la pieza, entre el hombre y el monte, entre la experiencia individual y la memoria colectiva. Hasta aquí, el rito podría confundirse con una ceremonia arcaica. Pero la tradición española rara vez se entrega por completo a la gravedad. Siempre hay un giro, un desvío hacia la risa, una forma de recordar que toda solemnidad necesita su contrapunto. Y ese contrapunto es el agua. El fiscal vuelve a intervenir, ya sin fingir tanta severidad:
—Este tribunal considera que el acusado aún no está limpio.
Las carcajadas anticipan el desenlace. Cerca, casi siempre hay un pilón de piedra destinado a los animales y convertido ahora en escenario final. El traslado del «novio» hasta allí es una procesión improvisada. Se le empuja, se le escolta, se le aconseja inútilmente que no se resista. Algunos intentan huir; otros aceptan con una dignidad que no evita el destino. Y entonces, varios monteros lo alzan. El chapuzón es inevitable.
Noviazgo montero
Desde fuera, podría parecer una simple burla, un juego rudo de campo. Pero quien ha participado en él reconoce otra cosa, como una forma de acogida. Porque el noviazgo montero no humilla, integra. No ridiculiza, consagra. Es una pedagogía rústica que enseña sin discurso que aquí nadie es más que nadie y que aquí todos han pasado por lo mismo.
Con el tiempo, como todo lo que vive, el rito ha cambiado. Hay fincas donde se ha perdido, otras donde se ha suavizado. La sangre se sustituye, el pilón se evita, el juicio se convierte en simple parodia. Pero la esencia —la celebración del primer lance— resiste. Y resiste porque responde a una necesidad profunda de convertir un instante individual en una historia compartida.
Años después, cuando aquel novato ya no lo es, recordará el frío del agua, el peso de las manos que lo alzaron, la risa colectiva. Y será él, casi sin darse cuenta, quien ocupe el lugar del fiscal o del juez, quien señale a otro con la misma complicidad. Así funcionan las tradiciones verdaderas, que no se escriben, se repiten. No se imponen, se contagian.
En el monte, donde el tiempo parece discurrir de otra manera, el noviazgo montero sigue cumpliendo su función silenciosa. Entre jaras, perros y disparos lejanos, recuerda que toda vocación necesita un gesto inaugural. Y que, al final, lo que permanece no es la sangre ni el agua, sino la risa compartida y la certeza de haber sido aceptado en la vieja hermandad del monte.
- Julián López Aguado es miembro de la Cofradía Culminum Magister