Cuando la tontería se abre camino

Fue oír la palabra CEO, desconectar y agarrarme a la farola que tenía al lado porque las piernas me flaquearon. ¡Toma ya! ¡Una empresa cinegética de Extremadura convertida en startup!

Imagen creada por IA-

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Hoy me he levantado con alma guerrera, una sonrisa en la comisura de los labios y ganas de ridiculizar lo que ya es ridículo de por sí.

Hace unos días, los quintos de nuestra patria realizaron los temidos exámenes de la PAU. Los padres detuvieron sus relojes en esas fechas de máxima tensión; los abuelos acudieron a poner velas a los pies de altares de santos y vírgenes —San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, tuvo más visitas que el día de su fiesta—; y los estudiantes se convirtieron en seres de culto a los que no se les podía llevar la contraria. ¡Pobrecitos!, estaban sudando sangre y agua ante semejante prueba.

Se jugaban mucho, muchísimo. Querían estudiar carreras impronunciables porque un simple Derecho, Económicas o Arquitectura les sabía a poco. Ahora lo que se lleva, lo que está de moda —si no quieres ser un pringado de a pie—, es: ADE y Business Analytics, Economics + Leadership and Governance, Bachelor's Degree in International Relations o Bachelor's Degree in Engineering for Industrial Technologies, entre otras.

Me resulta gracioso cuando te dicen el grado que quieren cursar. Lo hacen con una pronunciación tan perfecta y con una cara de intelectuales tal, que quienes estudiamos allá, en la Edad Media, una licenciatura sin nombre compuesto parecemos primos carnales de Paco Martínez Soria y Gracita Morales al mismo tiempo.

Y se preguntarán ustedes: ¿a qué viene este escrito en una sección titulada Campo y Caza? Paciencia. Pronto lo sabrán. Por ahora, simplemente estoy dando alas a un pensamiento: el prefacio de la conclusión final.

La lengua de Shakespeare arrasa; es la triunfadora, sin duda alguna. Cervantes y su castellano han quedado relegados a un segundo puesto. Al Quijote se le ha muerto el caballo y a Sancho lo han jubilado anticipadamente. Es la realidad, lo que hay, mal que me pese. Los anglicismos se cuelan sin pedir permiso en todos los ambientes y tiene toda la pinta de que la caza no va a quedarse al margen. Más aún si a los snobs —que brotan como coles en una huerta bien regada— les da por adentrarse en este mundo nuestro, donde la tradición es el ingrediente principal.

Todo sucedió a principios de junio, cuando topé con uno de estos snobs en una calle peatonal de la ciudad del Tormes. Es de los que han cursado no un doble grado, sino uno triple, en inglés, chino y mandarín; eso sí, no le preguntes por la batalla de las Navas de Tolosa ni por la Primera República española, porque no sabe situarlas en el calendario de la historia de nuestro país. Cariñosamente me saluda —todo hay que decirlo, el chaval es educado— y me empieza a informar sobre su próxima temporada de monterías, una afición —o más bien moda— que ha surgido en él con una fuerza que ya quisiera para sí el mismísimo Sansón.

—Cristina, el lunes pasado estuve con el CEO de la orgánica con la que cazo y me informó…

Ya no pude escuchar más. Fue oír la palabra CEO, desconectar y agarrarme a la farola que tenía al lado porque las piernas me flaquearon. ¡Toma ya! ¡Una empresa cinegética de Extremadura convertida en startup!

Y digo yo: si el capitán de la montería es el CEO, el tesorero será el CFO, los postores y rehaleros los COO, y los cazadores los clients… Ahora nos queda dilucidar qué cargo ocuparán los de cuatro patas. Imagino que los perros son los asociados júnior o los trabajadores de primera línea, esos que hacen el trabajo de campo duro cobrando en pienso o, con un poco de suerte, hincándole el diente al jamón de un animal muerto; y los jabalíes y los venados los targets comerciales, supongo; los que hay que abatir para cumplir los objetivos del trimestre. ¡Átense los machos los CEOs: como no se alcancen las metas, van a tener que bajar el precio de la acción!

Mucho CEO y mucha bobada, pero lo que yo pido es que estas nuevas generaciones, cuando salgan de caza, se dejen de pamplinas y den el do de pecho. Que se manchen de sangre si la ocasión lo requiere; que se metan por un jaral, rajándose su atuendo de 1000 €, a pistear una res; que no pongan cara de asco si llega a su postura un perro con las tripas fuera; que, si tienen que atravesar un majadal lleno de estiércol, lo hagan sin remilgos. Y, yéndome a aspectos más triviales, que distingan una encina de un alcornoque o una cierva de una corza.

Quiero una juventud formada, culta, bilingüe —¡cómo no!—, pero que mime y vele por las tradiciones de la caza. Por su pureza. Que defienda la autenticidad de esta afición tan extraordinaria. Que aprenda el vocabulario tan precioso que la envuelve —como bien nos deleita Mercedes Barona en su Diccionario sentimental de campo— y que sepa que cazar es mucho más que colgar trofeos en una pared.

¡Suerte con las notas de la PAU! ¡Que todos podáis estudiar esos grados tan codiciados en el mundo laboral!

  • Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, máster de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá

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