Corzos en primavera

Siempre he defendido que el esfuerzo es una condición necesaria en la caza –como en general en la vida– y este corzo quería afirmarme en mis creencias

Corzo abatido

Corzo abatidoCedida por el autor

Para mí, los corzos son parte de la primavera y su anticipo. Cuando llega el mes de abril se levanta la veda de los capreolus al tiempo que estos cérvidos se abalanzan sobre las siembras de cereal como biafreños para recuperarse de las estrecheces a las que obliga el invierno.

Es uno de los momentos clave de la cacería del corzo y el más esperado por los corceros que llevan desde la temporada anterior aguardando poder medirse con esa presa tan fantasiosa.

Yo cumplí, como todos los años, el rito abrileño en tierras sorianas del Burgo de Osma rindiendo homenaje al obispo Juan de Palafox, gloria familiar, que fue beatificado en esa su diócesis por Benedicto XVI. Es un entorno que aprecio, me gusta la urbe con soportales a lo largo de la calle principal, los espléndidos edificios del XVIII y su gran catedral, distinción que ha acabado por compartir con la capital de provincia. Tiene un hotel cómodo que es centro social de la ciudad y buenos restoranes para recordar que el cordero es el plato castellano por excelencia. Y el coto está a pocos minutos resguardado por la explotación de manzanos más importante de Europa.

En esta ocasión la suerte salió mulana, la primera tarde dejé seco al macho que perseguía y cuando nos acercamos, pasado un cierto tiempo como es mi costumbre, no tuvo la gentileza de aguardarnos; se arrastró con la fuerza de las patas delanteras hasta caer en una zanja y ahí no quise rematarlo porque estaba hecho un gurruño y no veía donde disparar, continuó trompicándose a lo largo de la trinchera para finalmente trasponer.

Sin pausa lo buscamos con ahínco en el barranco próximo y en un riachuelo más lejano, todo sin éxito. Al día siguiente volvimos a la carga con la ayuda de un perro de rastro y, por supuesto, no lo he cobrado ¿Calentón de agujas o algo más serio? Me vengué dos días más tarde con otro de buena base y muy perlado pero persiguiéndome el recuerdo del primero.

Luego Diana me ha sonreído en Guadalajara. Disfruté en compañía de un buen amigo y pariente viendo declinar al sol mientras aguardábamos que apareciera un macho previamente localizado; no salió ese día y al siguiente rematé la cacería viendo muchísima caza. Una excursión perfecta.

Días después, con Peri, que es algo así como arcipreste-guarda mayor de La Alcarria, descubrimos un corzo muy apetecible ya en el declinar del día. Repetimos remontando ese valle que tiene un monte muy cerrado y mi pata chula respondió adecuadamente, pero tuvimos que volvernos al llegar la oscuridad.

Job debe ser ejemplo para los cazadores y regresamos hasta cinco veces para distinguirlo en alguna ocasión a demasiada distancia, en otra comprobar que las horas solunares no son un mito sino una realidad que hay que consultar previamente y por último fallarlo con el sol de cara a 270 metros, cuando lo oportuno era refrenar las ansias y regresar a casa sin disparar; actuación de novato y pardillo. Nuestra presa salía a una silleta a la que aireaban los vientos dominantes por lo que era forzoso disparar desde la vertiente opuesta, lejana y enfrentada con el ocaso. Una vez más, los corzos no colaboraban.

La hierba altísima sólo dejaba ver la cabeza y entre las dudas de donde apuntar, el capreolus se dio cuenta de nuestra presencia y se largó

Durante el último aguardo, medité que podía mejorar mi suerte si lo atacaba desde lo alto de la ladera opuesta: la pradera de su querencia resultaba más cercana, allí no se aireaba y tenía el sol en el cogote, había que estudiar cómo llegar a ella.

En la séptima intentona tampoco se hizo realidad lo que había urdido, resultó bastante accesible la cuerdecilla que dominaba el espacio en cuestión y me instalé, siempre con Peri, cruzando los dedos. Estábamos mucho más cerca pero ¡Ay dolor! El monte tapaba la mayor parte del prado. El corzo cumplió como los buenos y empezó a pastar pero se embutió en el borde más inmediato que no veíamos enmascarado por la vegetación. Hubo que descender con no poco trabajo y procurando no hacer bulla hasta abajo del todo. La hierba altísima sólo dejaba ver la cabeza y entre las dudas de donde apuntar, el capreolus se dio cuenta de nuestra presencia y se largó.

Siempre he defendido que el esfuerzo es una condición necesaria en la caza –como en general en la vida– y este corzo quería afirmarme en mis creencias. Repetí hasta contar nueve salidas en su busca, en las últimas sólo alcancé a ver su cabeza con el herbazal tapándolo por completo.

Así transcurrió el mes de mayo con viajes a Guadalajara y llegó junio en el que estos cérvidos desaparecen. Es un tiempo en que las siembras ya no son apetecibles porque el cereal ha encañado y la vegetación ha mudado flores por frutos tiernos que constituyen verdaderas golosinas para los corzos y como eso ocurre también en lo profundo del monte resulta que no se mueven de donde se encaman. Así que me he despedido de mi adversario para citarnos en el mes de julio cuando llegue el celo.

Si toda la caza es ilusión, el celo del corzo colma esas ensoñaciones, porque efectivamente puede ocurrir y a veces ocurre, que movido por amores tardíos algún patriarca, esquivo y cauteloso, olvide sus recelos y aparezca en la cancha para alegría de los locos corceros, también sucede que se presente aquel corzo que no vimos en abril sembrando la duda de si lo habían furtiveado o, como es mi caso, cobre lo que no pude conseguir en primavera.

Conclusión, a finales de julio salimos al campo soñando ilusiones, es decir cazando.

  • El marqués de Laserna, Íñigo Moreno de Arteaga, es premio Jaime de Foxá

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