Los parques están desnudos
Hoy hay menos de todo. Menos aves, menos insectos, menos anfibios… luego es evidente que algo están haciendo mal. (O más bien todo)
Una cabra montés en La Pedriza, en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama (Madrid)
Queridos incautos: En el cuento de Andersen, sobre aquel rey obsesionado con los trajes, unos estafadores aparecieron diciendo que traían una tela maravillosa, invisible para los incapaces de desempeñar su cargo.
El monarca, temeroso, aparentó ver la tela. Al igual que sus ministros y cortesanos. Cuando salió «vestido» con el supuesto traje invisible. Todo el pueblo fingía admirarlo… hasta que un niño gritó: «¡Pero si va desnudo!»
La moraleja nos hace reflexionar sobre: la vanidad, el miedo a decir la verdad, la presión social, y cómo muchas personas prefieren fingir antes que admitir la realidad.
«El rey está desnudo» se usa hoy para señalar una mentira evidente que nadie se atreve a denunciar. Vengo a denunciar la catastrófica «gestión» sobre la naturaleza sobre lo que acertadamente llaman «el medio ambiente»… que llaman así porque el otro medio «nos lo han robado».
Previo al planteamiento de cualquier empresa es recomendable del axioma de la hoja de papel, con una línea en medio y apuntando: Costos / inconvenientes a un lado Logros / beneficios al otro. En la suma de todo lo invertido en esta entelequia contra los logros la relación es la más deficitaria del panorama nacional.
Hay una prueba irrefutable: Hoy hay menos de todo. Menos aves, menos insectos, menos anfibios… luego es evidente que algo están haciendo mal. (O más bien todo)
Tras la declaración de parque, se cargan de personal. Colonizan con directores, funcionarios guardas y gastos pasivos: dotaciones de vehículos, casas de interpretación ¿? del parque, cartelitos, y estudios de perogrulladas. Fatuidades y gasto, gasto y gasto.
En estas fechas en que nos esquilman con impuestos criminales, indigna todavía más esta orgía de despilfarro, cuando no corrupción, de la que no quieren saber nada aquellos que nada aportan a las arcas públicas, y mucho menos quienes viven de ellas. El engaño es plausible porque hoy la mayoría de los votantes de buena fe viven en entorno urbanos muy alejados del mundo rural.
Todos los años en las reservas nacionales, se abatían los récord de las especies de caza. Se repoblaban los ríos con alevines. Se limpiaba el monte...
Hablo con conocimiento de causa, pues mi padre fue Ingeniero del Icona. Aquel maravilloso, Instituto de la Conservación de la Naturaleza, repobló nuestros montes de coníferas en aquellos momentos necesarios para producir papel, y como base para transformarse en caducifolios. Todos los años en las reservas nacionales, se abatían los récord de las especies de caza. Se repoblaban los ríos con alevines. Se limpiaba el monte. Lo que antaño fueron páramos, se convirtieron en paraísos de vida animal y vegetal.
El diablo está en las palabras: Hoy se pervierte el término «conservar» por el de «proteger». Mi primera denuncia es contra los «salvadores». Antes de su llegada, nada funcionaba. Por eso proteger en vez de conservar. Pero… ¿protegerla de quién? La idea de «protección» trasciende al ciudadano, en la percepción de que los rurales somos delincuentes, y la necesidad de mantenernos «a raya». Esto además de ser una insultante patraña, es que no hay nada más injusto. La gente de los pueblos y sus padres y abuelos son quienes han mantenido y conservado estas joyas de la naturaleza que son nuestro orgullo.
El Estado «okupa» las tierras que supuestamente «protege», y los dueños de los terrenos se ven inmersos en un mundo de prohibiciones, burocracias e impedimentos que disminuyen el valor de su tierra hasta un 40 por ciento. Si deciden vender se les paga mucho menos que la tierra libre. Y de indemnizar, nada de nada.
Lógicamente nadie quiere el parque.
Es sangrante porque en Europa se indemniza anualmente el gravamen de parque, y los propietarios están felices de que se les incluya dentro. A fin de cuentas, de existir tal necesidad, la consecuente conservación de esos terrenos habría de recaer entre todos, y no en los propietarios.
En el colmo de la desfachatez, se habla de auspiciar el uso público. Se llena de carteles que animan a venir a estos parques. Es indiscutible que la llegada masiva de visitantes deteriora cualquier terreno sea o no frágil. El uso público y la protección son pues como dicen en el campo: «soplar y sorber». Son incompatibles.
Hoy clamamos contra los parques desesperados y desanimados. Nos rebelamos y solo pedimos que nos dejen seguir como venimos haciendo durante siglos, sin ocurrencias quijotescas orientadas al lucimiento personal, cuando no al enriquecimiento ilícito, que viene siendo cada vez más habitual en todo lo que nos rodea.
Como colofón de lo que vengo argumentando, basten ejemplos como la perogrullada de la Junta de Castilla y León, que se ha gastado 5 millones de euros en soltar 30 urogallos de los cuales han muerto 29 por los predadores. Cosa absolutamente evidente para cualquier cazador, que sabe del exponencial incremento de las antaño alimañas, hoy llamadas especies protegidas desde la prohibición de su caza.
O la chifladura de prohibir la caza en lo que es el parque de Cabañeros, o en la Pedriza en Madrid, donde la proliferación excesiva de especies ha arrasado la flora…. Y hasta llegar a producir epidemias de sarna. Otra sandez fue prohibir la caza de jabalíes en Doñana, que ahora que proliferan tanto, destruyen los nidos de las aves que nidifican en las orillas.
La mayor hipocresía, y prueba de su mala fe, es que una vez que no queda otra que cazar y desdecirse de lo que previamente habían prohibido, le cambian el nombre y hablan de «extraer»… Que viene a ser matar los mismos animales, pero en lugar de generar ingresos con los cazadores, lo hacen unos guardas pagados con nuestro dinero. Cómo arquitecto, si yo cometía algún error aún involuntario, era demandado y debería indemnizar por el desaguisado. Para ello necesitamos un seguro. No veo por qué hemos de ser peor tratados que un directivo de medio ambiente por estos catastróficos experimentos que nos han costado un montón de dinero.
Lo mínimo sería exigir a los responsables indemnizar por todo lo que han despilfarrado. Y que se fueran a su casa a rellenar sudokus o a ver series de Netflix, en lugar de complicarnos la vida a la gente del campo.
- El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero