Los perros del Palacio Real
Mientras gozó del favor Real, Yalú disfrutó de privilegios poco comunes. Llegó a vivir en el guardarropa del Monarca y tuvo incluso un criado encargado de atenderlo
La Reina Doña Victoria Eugenia observando la jauría en la Venta de la Rubia
En los primeros años del siglo XX, cuando Alfonso XIII iniciaba su reinado, los perros no figuraban entre las grandes aficiones del Monarca. A diferencia de otros soberanos que llenaron palacios y fincas de jaurías, el joven Rey mostró siempre una inclinación moderada hacia los animales de compañía. Por ello, los perros de Palacio no fueron numerosos, aunque sí lo bastante singulares para formar parte de la pequeña historia cotidiana de la Corte.
Los más impresionantes eran Vigo y Deva, dos enormes San Bernardo pertenecientes a la Reina María Cristina. Padre e hija, lucían una estampa majestuosa que atraía todas las miradas en las Caballerizas Reales. Ortega, veterano cuidador de los perros palatinos, sostenía que ambos estaban tan unidos que no sobrevivirían separados.
La noble apariencia de estos gigantes contrastaba con la extravagante figura de Yalú, un perro japonés que durante algún tiempo fue el favorito del Rey. Difícilmente podía hallarse criatura más fea y, a la vez, más simpática. Su cuerpo menudo aparecía cubierto por largas lanas blancas y negras; los ojos, grandes y saltones, parecían querer escapar de sus órbitas; y su nariz, prácticamente inexistente, constituía el rasgo más comentado de aquella curiosa raza.
Mientras gozó del favor Real, Yalú disfrutó de privilegios poco comunes. Llegó a vivir en el guardarropa del Monarca y tuvo incluso un criado encargado de atenderlo. Alfonso XIII se divertía con aquella caricaturesca criatura y la llevaba con frecuencia a su lado. Con el tiempo, sin embargo, la novedad se desvaneció y el perro fue trasladado a la perrera de las Caballerizas. Había llegado a Palacio como regalo del general Luque y quienes lo conocieron afirmaban que recordaba más a un mochuelo que a un perro.
En aquellas mismas dependencias vivían cuatro hermosos sabuesos de pelaje leonado y lomo oscuro adquiridos por el Rey en San Sebastián. Eran excelentes ejemplares, aunque apenas tuvieron ocasión de demostrar sus aptitudes cinegéticas. Alfonso XIII practicó la caza con entusiasmo, pero rara vez recorrió el monte acompañado de perros de muestra. Tras abatir su primera perdiz en El Pardo, pocas veces volvió a cazar de aquella manera tradicional que tanto prestigio otorgaba a los buenos canes.
La moda de los fox-terrier también llegó a Palacio. Entre los ejemplares que allí vivieron destacó Careta, una perrita blanca y despierta que durante años acompañó a la Reina María Cristina. Acurrucada a sus pies en el carruaje, parecía formar parte inseparable de su séquito.
Temblorosas, juguetonas y dueñas de un ladrido agudísimo, eran las únicas habitantes de la perrera que no deseaban la libertad
Junto a la gran jaula de las Caballerizas, existía otra mucho más pequeña ocupada por Nena y Niña, dos diminutas perritas inglesas de carácter nervioso. Temblorosas, juguetonas y dueñas de un ladrido agudísimo, eran las únicas habitantes de la perrera que no deseaban la libertad. Cuando resonaba la voz dominante de Deva, ambas se escondían entre la paja, convertidas en dos pequeños ovillos de miedo. Parecían perros nacidos para vivir entre cojines, manguitos de piel y salones elegantes.
Otra de las favoritas era Negrita, una galguita regalada por la Infanta Isabel. Durante una carrera desenfrenada por los jardines del Campo del Moro se fracturó una pata. Desde entonces quedó coja y triste, despertando la compasión de cuantos se acercaban a acariciarla.
Más conmovedora aún resultó la historia de Clavel. Aquel pachón pertenecía originalmente a un vecino de San Sebastián, pero había desarrollado una extraordinaria afición por seguir los carruajes reales durante las estancias veraniegas de la Corte. Una y otra vez acompañaba al séquito hasta el Palacio de Miramar, obligando a su dueño a recuperarlo.
Decidido a poner fin a aquellas escapadas, el propietario lo encerró en casa. Pero una tarde, al escuchar el paso de los coches Reales, Clavel se arrojó por una ventana y corrió tras ellos. Cuando la Familia Real conoció la historia quiso comprar el perro. Su dueño, orgulloso de aquella fidelidad, prefirió regalárselo. Desde entonces Clavel pasó a formar parte de los perros de Palacio, donde fue apreciado por todos.
No todos los habitantes de las Caballerizas destacaban por su hermosura. Chato, un bulldog perteneciente al Infante Don Fernando de Baviera, era tan grotesco que los mozos lo habían apodado «Diez Céntimos». Ortega lo trataba con toda consideración, aunque procuraba mantenerlo sujeto mediante una sólida cadena.
Fuera del recinto palaciego, en la Casa de Campo, vivían algunos de los mejores perros de caza del Rey. Entre ellos sobresalían un magnífico pointer y un elegante setter negro recibido como obsequio durante el primer viaje de Alfonso XIII a Inglaterra. Ambos participaron en las grandes tiradas de perdices y conejos organizadas en aquella extensa posesión Real. Lejos quedaban ya los tiempos de Francisco de Asís, último Monarca que había mantenido una verdadera jauría en Palacio.
Al caer la noche, aparecía además una curiosa legión de perros vagabundos. Nadie sabía exactamente dónde vivían ni de qué se alimentaban. Algunos se habían convertido en auténticos perros de batallón gracias a la amistad que mantenían con los soldados; otros simplemente acudían a Palacio para dormir. Cuando se cerraban las puertas y el silencio se adueñaba de los patios, aquellos huéspedes improvisados se acomodaban sobre las piedras.
Así transcurrió la vida canina del Palacio Real en los albores del siglo XX. Entre perros de caza, animales de compañía, vagabundos protegidos y favoritos de reyes y reinas, todos encontraron acomodo bajo la protección de la Corona.
Entre ellos ocupó un lugar especial Rex, apreciado por la Reina Victoria Eugenia por su excelente raza y por su origen. Había sido un regalo de Eduardo VII de Inglaterra a su sobrina durante una visita a Londres. Confiado al cuidado de un servidor de Palacio, Rex paseaba por los jardines Reales con la misma dignidad que correspondía a su linaje. No en vano, su padre, favorito del Soberano británico, le había costado la crecida suma de 400 libras y llevaba grabada en el collar una inscripción tan breve como reveladora: «Soy del Rey».
- Julián López Aguado es empresario