No es lo mismo...

No escondo mi preocupación por el trato y consideración que, cada vez más, se dan a las rehalas. Creo que aún hay afición a la caza, pero menos a la montería

Monteando a una mano. Jorge Torrubias esperando en el tope a que llegue la furgoneta

Monteando a una mano. Jorge Torrubias esperando en el tope a que llegue la furgonetaCedida por el autor

Tengo la gran suerte de montear siempre invitado: puesto para mi hermano Carlos y propina para Jorge. Acudo a muy pocas monterías comerciales, a las que defino así solo porque media una transacción económica, no por las artes empleadas, pues son fieles a la tradición. Huyo de la excesiva mercantilización de la montería, que está saqueando el arte del monteo.

Es un gran honor cuando muchos propietarios me piden que ponga fecha a sus monterías y donde, además, monteamos con pocas rehalas que son siempre amigas. ¡Soy un privilegiado! Vivo los coletazos de los usos empleados en los años dorados.

Sin embargo, no escondo mi preocupación por el trato y consideración que, cada vez más, se dan a las rehalas. Creo que aún hay afición a la caza, pero menos a la montería. Y si hablamos de rehala, se reduce exponencialmente, lo que conduce al desconocimiento de la realidad que es y supone.

Hoy, tener unos perros de quitar el hipo no supone prácticamente nada. Ni te llamarán más ni te cuidarán mejor. El retorno a la inversión en tiempo, dinero, esfuerzo e ilusión no tiene réditos tan positivos como antaño. Es mantener algo que a unos pocos nos arde dentro y que queremos vivir intensa y apasionadamente. Con un inconformismo natural, buscando siempre la permanente mejoría.

Rehala de propietario

Su dueño solo pretende conseguir unos perros excelentes para montear, y mantenerlos, lo que es todavía más difícil. Alcanzar esta meta es algo que cada año se vuelve más arduo. Trabas sociopolíticas aparte, la lista de condicionantes no para de crecer.

Hasta hace no mucho, el dueño de rehala era personalidad destacada en la montería. Ostentaba cierta autoridad, se confiaba en su criterio y sus opiniones eran tenidas muy en cuenta. Hoy es un proscrito.

Si bien aún hay excepciones, la realidad es que la falta de aprecio es costumbre extendida. No acceden a los mismos cupos, tampoco se cuenta con ellos en monterías comerciales de precio elevado, sortean los últimos… Están condenados a la extinción y, en parte, es por la falta de consideración de monteros, propietarios y organizadores, que son quienes deberían simpatizar con su dilema y entender que ampararlos redunda en beneficio de la montería.

Coque Torrubias llevando la mano

Coque Torrubias llevando la manoCedida por el autor

Hay una categoría similar a la anterior. Me refiero a las personas que suplantan la identidad de los verdaderos dueños de rehala. De manera generalizada, dicen tener rehala, pero no ostentan su titularidad. Ni la legal ni la real. No conocen a sus perros ni casi tampoco al perrero, quien no siempre es el mismo. Tampoco se ocupan de los gastos de cuidados y manutención. Acceden a lo mismo que el suplantado, pero no cuentan con el dominio ni soportan los infinitos desvelos. Tampoco asumen el valor y el compromiso que requiere, de lo que hay mucho en la rehala. Estas personas proyectan una realidad simulada que genera mucho equívoco al tratar de equiparar categorías que no son comparables. Si hay que alquilar una rehala, será mejor que lo haga directamente la persona que organiza, así cumple con sus compromisos, se ahorra un intermediario y puede invitar a esa persona sin condiciones… Y sin perros.

Hay una excepción a lo anterior y está en esas personas que no se encubren y admiten su realidad. Apadrinan una rehala. Se ocupan y preocupan de los perros y del perrero. Y asumen que su capacidad de decisión es limitada. Con el tiempo, normalmente, acaban llegando a un arreglo como corresponde, arrogándose en la titularidad y sus cualidades. Son los que menos.

Rehalas de alquiler

Están con el agua al cuello. No les ha quedado más remedio que expandirse y convertirse en dobles para, por pura subsistencia, tratar de que ingresos y costes empaten. Muy pocas cumplen realmente como dos, quitando el sitio a otras. Siempre será mejor pagar el precio que una rehala merece que contar con dos rehalas que no son tales. Se presenta un perrero con treinta y pocos perros y con el primer amigo que ha conseguido que le acompañe y al que, por supuesto, es la primera vez que ven los perros. Es otra impostura que va en perjuicio de otras rehalas que pierden esa oportunidad, y de la propia montería al no darse la mancha con las rehalas que requiere, lo que afecta al resultado.

Hay rehalas comerciales magníficas. Tan buenas como algunas de propietario. Se deben cuidar como oro en paño. ¿Cómo? Considerándolas como merecen, acordando un precio justo por su servicio, acorde a su nivel y a las exigencias actuales, así como con un trato digno y cercano; no son meros proveedores de servicios. Detrás hay mucho más que un simple empleo.

Desmoralizar y confundir al mundo del perro supone un automático empeoramiento de la calidad de las rehalas. Cuando esto ocurre, la montería se tiene que adaptar, sufriendo alteraciones que, en parte por estos motivos, nos lleva a lo que vemos ahora: microcercados justos de monte, pero abarrotados de caza, en los que la rehala es más una figura decorativa que otra cosa. Desaparecerán las ladras y los agarres, clímax en la montería. Ya no harán falta perreros de vocación ni buenos perros; para esta empresa, basta un jornalero paseando con un conjunto de canes. Esto, sencillamente, no es montear. Habrá que buscarle otro nombre.

Por el contrario, mantener motivado e ilusionado al colectivo supondrá más calidad, lo que impacta de lleno y de manera positiva en la montería.

De los monteros y de quienes organicen monterías depende el asunto. Y, si ellos quieren, debemos devolverles la sonrisa con generosidad, sacrificio y profesionalidad.

  • Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero

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