El campo sin poesía: la realidad sin adornos.
Hoy les voy a informar de que en el campo no todo es color de rosa. Hoy les voy a advertir de que en el mundo rural la dureza es su gran aliada. Hoy… ¿qué voy a hacer hoy? Les voy a narrar mi tarde de ayer sin cursilerías. La realidad sin adornos
De itinerario a caballo con mis dos perros
La espalda se queja y la mano gime. ¡Duele, claro que duele! Las odio. Un vocablo fuerte, lo sé, pero es el que mejor define mi aversión a semejantes criaturas.
¿Qué nos pasa a los escritores –perdón por la arrogancia, aún soy una aprendiz– que, cuando golpeamos el teclado para describir la naturaleza, abrazamos la cursilería como si fuera nuestra mejor amiga? Nos precipitamos hacia las redes de la sensiblería, donde quedamos atrapados sin posibilidad de fugarnos: la cincha nos aprieta y las riendas tiran de nosotros hacia el abismo de la locura. ¡Es eso: la locura! El manicomio de los enamorados del campo y la caza.
En mi caso, siento como si una capa mágica de color rosa me cubriera por entero, cayendo presa de su hechizo. Hilo y enlazo palabras de una forma tan bucólica que hasta me ruborizo: «…el canto de los grillos y las ranas acompaña las carreras de enamorado del duende del bosque…», «…las gotas de la lluvia se escurren entre las hojas de las encinas, refrescando mi rostro reseco del bochorno…», etc. ¡Bécquer y Espronceda, junto a todo el Romanticismo, me hubieran contratado –sin duda alguna– para formar filas con ellos ante semejante libertad creativa en aquel siglo XIX!
Me concedo un descanso en mi tarea de escribir estas líneas. Leo el párrafo anterior. Lo releo. La preocupación asoma. Aparece del todo. Y me interpelo a mí misma: «Cristina, ¿cómo has escrito tú esto? ¿Qué te está pasando?». Solo una respuesta apacigua mi corazón y mi mente: «Son las hadas y princesas de tu infancia a las que arrinconaste con indiferencia. Su venganza ha llegado y ahora, en tu madurez, te poseen sin tregua ni descanso». Porque ¡bien sabe Dios (y aquellos que me conocen) que puedo pecar de muchas cosas, pero de cursi…en absoluto!
Así que hoy, en este preciso momento, voy a aparcar las bondades que nos regala el campo y a confesarles la pura realidad. Nada de relatos que inviten a contemplar una puesta de sol ni de contarles lo maravilloso que es pasear a la luz de la luna. Hoy no. Hoy les voy a informar de que en el campo no todo es color de rosa. Hoy les voy a advertir de que en el mundo rural la dureza es su gran aliada. Hoy… ¿qué voy a hacer hoy? Les voy a narrar mi tarde de ayer sin cursilerías. La realidad sin adornos. Lo que sucedió verdaderamente, y ustedes decidan con qué parte se quedan.
En invierno el barro te atrapa y en verano el polvo te cubre los tobillos y ciega los ojos. Las garrapatas te acechan trepando por los ropajes. El bramido de los becerros recién desahijados te taladra los oídos, robándote la cordura y el sueño. Los ratones comen los cueros del guadarnés y corretean como señores por desvanes y bodegas, y… ¡muchas cosas más que podría enumerarles! Porque, damas y caballeros de tierra y de asfalto, esto son solo pequeñeces. Bobadinas. Lo verdaderamente importante es lo que viene a continuación: el mal de los males.
Dios, nuestro Señor —al que amo sobre todas las cosas—, fue muy generoso regalándonos la Creación; sin embargo, tengo que ponerle un «pero»: la jornada asignada a insectos, arácnidos y demás colegas de la pandilla… ¡se le fue de las manos!
Todo empezó a las 20:00 h. Con el jaco atusado y aparejado, puse rumbo al río Huebra. Cuatro éramos los seres vivos que íbamos de romería: un hispanoárabe, un braco, un teckel y una servidora. Objetivo: cambiar las tarjetas de las cámaras de fototrampeo situadas en los cuatro puntos cardinales de esa tierra que me tiene conquistada.
Vistas al río Huebra a caballo
Es rabia lo que agitan sus alas cuando, veloces como reactores, buscan carne para clavar su veneno
Primera parada: sin sobresaltos; ¡voy a por la segunda! Para ello tengo que abandonar la ribera y encaminarme al monte. Una portera franquea el camino. Confiada, detengo el caballo en paralelo a la cancela, dispuesta a levantar el cerrojo de arriba. ¿Qué sucede? ¿Qué pasa? ¡Me atacan! Hospedadas al calor del hierro, una legión de avispas, con el palo montado y los dientes afilados, arremete contra nosotros sin ningún motivo. Es rabia lo que agitan sus alas cuando, veloces como reactores, buscan carne para clavar su veneno. Pican al caballo en los pechos y la barriga; los perros huyen con el rabo entre las patas y yo con una mano lucho por quitármelas de encima mientras con la otra sujeto a la bestia, que ha dado un pingui de muy señor mío al ser alcanzada por las criaturas del mal. Una hace diana en el hombro; otra —por arte de magia— consigue introducirse por el cuello de mi camiseta… y recibo otro puyazo con saña. Suelto las riendas y me quito la camiseta, quedándome en ropa interior —me hubiese dado igual que allí estuviera el Rey, el Papa o la Santa Compaña al completo—. La agito como un apache alrededor de la hoguera antes de entrar en combate. Maldigo todo lo maldecible y pongo pies en polvorosa…
Serán desgraciadas… Embestir porque sí, solo por apetencia, nada de en defensa propia… Con el hombro y el omóplato quejándose por el veneno que les ha penetrado, desmonto a la orilla del Huebra y otra vez, como una india de las Grandes Llanuras, decoro mi cuerpo con pinturas de guerra: barro sobre las picaduras para calmar el dolor y el escozor.
Continúo con mi itinerario. El paseo se sosiega, la tranquilidad regresa y mi cometido se lleva a cabo. Vuelta a las cuadras, a soltar a Hechicero y a beber un buen chorro de agua fresca.
Hechicero a régimen
¡Ay, ingenua de mí! La batalla no había terminado y otro asalto me aguardaba. Con el equino libre de sus ropajes, con una cabezada de guía, lo conduzco a una corraleta del embarcadero donde lo tengo a paja y agua. Muchas fueron las arrobas que cogió en la pasada primavera y no ha habido otra solución… ¡que una dieta equilibrada!, además de montarlo todas las tardes y darle un poquito de caña. Estoy llegando a sus aposentos, al destierro de los regordetes —está dando tan buen resultado que ganas me dan de alojarme en el chiquero de al lado, ya que yo también he cogido unos kilitos…—, sin saber que en las trincheras me espera el enemigo. No es hierro su parapeto; ahora es un bloque de hormigón su resort de cinco estrellas. Y allí, escondido con mala fe, hay otro avispero. Los diablos de Belcebú, con colores negro y amarillo en su escudo, salen en guarnición a por la que aquí escribe. Solo una ha hecho diana: mi mano ha sido el blanco. Si ya lo dice un tal Murphy: «Si algo puede salir mal, saldrá mal».
Con ganas de echarme a llorar, cabizbaja, vuelvo a casa pensando en el contraataque cuando la oscuridad haga acto de presencia. Será en ese momento de tinieblas cuando llegue la venganza y, con ella, mi victoria.
- Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, máster de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá