Arturo González Cardalliaguet

El último corzo antes del fuego

Una jornada de caza en la Sierra de La Adrada marcada por la pérdida de una madre, el poder sanador del monte y el recuerdo de un paisaje que los incendios forestales han convertido en cenizas

Bosques en la Sierra de La Adrada (Ávila)

Bosques en la Sierra de La Adrada (Ávila)Cedida por el autor

Soy un socio más de la Asociación de Cazadores de La Adrada, en Ávila, desde hace más de diez años. Como ocurre cada temporada, los precintos de corzo se reparten por turno entre los socios y, el pasado mes de mayo, me correspondió uno de ellos.

Sin embargo, aquel año no sentí la ilusión habitual. Apenas había transcurrido un mes desde el fallecimiento de mi madre y, sinceramente, no tenía demasiadas ganas de nada. El dolor era todavía demasiado reciente.

Pero fue precisamente pensando en mi madre como encontré fuerzas para ir.

Ella siempre había apoyado mi afición. Después de cada jornada de caza me llamaba para preguntarme qué tal se había dado. Cuando llegaba a casa, se acercaba al coche y se asomaba al maletero para comprobar qué traía. Cuando regresaba con las manos vacías, se reía; cuando, por fortuna, llevaba alguna pieza, se alegraba muchísimo.

No creo que aquella alegría tuviera que ver realmente con la caza o con el resultado de la jornada. Era, sencillamente, la felicidad de una madre al ver a su hijo contento.

Por eso decidí aceptar el precinto. Necesitaba salir, caminar, respirar y encontrar un poco de silencio. Necesitaba despejar la cabeza y meditar sobre la enorme pérdida que acababa de sufrir. La caza y la sierra no pueden borrar el dolor, pero ayudan a comprenderlo y a convivir con él. Para mí, pocas terapias existen tan efectivas como caminar solo por el monte.

Las noticias que llegaban desde el pueblo no eran demasiado alentadoras. Varios socios habían salido antes que yo sin conseguir abatir ningún corzo. Los animales no terminaban de mostrarse y localizar un macho se estaba convirtiendo en una tarea complicada.

Aquella noche dormí nervioso. La víspera de una jornada de caza siempre conserva algo de la emoción de la infancia en el día de Reyes. Me acosté pensando que, como mínimo, daría un buen paseo por la sierra.

Me desperté de madrugada y decidí repetir uno de mis recorridos habituales: comenzar caminando desde el pie de la sierra y ascender hasta donde las piernas me lo permitieran.

La vida ofrece pocas oportunidades y, cuando una aparece, debemos aprovecharla.

La caza y la sierra no pueden borrar el dolor, pero ayudan a comprenderlo y a convivir con él. Para mí, pocas terapias existen tan efectivas como caminar solo por el monte

Comencé a andar despacio, observando cada detalle del paisaje y cada movimiento en el bosque. Avanzaba por las veredas con mucho cuidado. No quería romper el silencio ni alterar la vida que comenzaba a despertar a mi alrededor.

Vi corzas, zorros, jabalíes y varios venados con sus cuernas cubiertas de terciopelo, todavía en formación. Las copiosas lluvias de los meses anteriores habían llenado el monte de alimento y frescura. Había hierba, brotes tiernos y agua por todas partes. La sierra se encontraba como pocas veces la había visto.

Corzo abatido en la Sierra de La Adrada (Ávila)

Corzo abatido en la Sierra de La Adrada (Ávila)Cedida por el autor

Aquella mañana me di cuenta de que estaba cazando en el paraíso. Miraba entre los troncos de los pinos y me asomaba con precaución a las praderas donde, a determinadas horas, la fauna casi nunca falla. Sin embargo, aunque no hubiera visto ningún corzo, aquel paseo ya habría merecido por sí solo toda la temporada.

Durante la mañana hablé varias veces con mi madre. Lo hice en silencio, mientras caminaba. Le agradecí de nuevo todo lo que había hecho por mí y todos los momentos felices que había vivido a su lado. En alguna ocasión, incluso, le pedí que me ayudara desde el cielo para que pudiera toparme con un corzo.

Cuando se caza de verdad, el resultado no puede medirse únicamente por el trofeo. Hay que saber apreciar el entorno, los encuentros inesperados y los pequeños regalos que ofrece el campo. Durante el camino de regreso encontré en una de las veredas un desmogue de ciervo.

Lo recogí y me puse tan contento como si hubiera encontrado una pepita de oro. Para muchas personas no habría sido más que una cuerna caída. Para mí era un regalo del monte, una recompensa por haber estado allí y haber sabido mirar. Llegué a casa, comí y descansé un poco.

Regresé por la tarde y decidí hacer el recorrido, al contrario, por otra zona. Atravesé pinares de Valsaín y negrales, robledales y castañares. Caminaba completamente integrado en el terreno, sintiéndome como un animal salvaje más dentro de aquel inmenso ecosistema. Pero las horas pasaban y no había visto nada.

Decidí dirigirme a un lugar en el que, años atrás, se me había escapado uno. Era uno de esos rincones especiales que se conservan en la memoria. Aquella zona casi nunca fallaba.

Volví a acordarme de mi madre. —Ojalá, mamá, haya uno allí —le dije.

Con mucho sigilo me aproximé a aquel prado. La hierba estaba espléndida. Crucé el portillo con cuidado, levanté la cabeza y entonces divisé la silueta de un corzo.

En ese instante, el corazón comenzó a latirme con fuerza. Las piernas me temblaban y toda la tranquilidad acumulada durante el día desapareció en segundos. Cogí la vara, apoyé el rifle e intenté controlar la respiración. El corazón hizo todo lo demás…

Corrí hacia el lugar en el que se encontraba el animal. Todo había terminado. Me acerqué al corzo, quedé en silencio, miré hacia el cielo y lancé un beso.

Aquel corzo no era un gran trofeo. Sin embargo, para mí siempre será el mejor de mis trofeos.

Arturo González Cardalliaguet junto al corzo abatido en la Sierra de La Adrada (Ávila)

Arturo González Cardalliaguet junto al corzo abatido en la Sierra de La Adrada (Ávila)Cedida por el autor

No lo recordaré por su tamaño, sino por el momento en el que llegó a mi vida. Lo recordaré porque apareció cuando más necesitaba sentirme cerca de mi madre. Porque aquella jornada me permitió caminar, pensar, llorar, agradecer y comprender que, a pesar de las pérdidas, la vida continúa abriéndose camino.

No sé si alguien escucha nuestras palabras desde el cielo. Tampoco sé explicar determinadas coincidencias. Solo sé que aquella tarde pedí ayuda a mi madre y, al cruzar el portillo, el corzo estaba allí. Hoy, el escenario de aquella jornada ha cambiado para siempre.

Los incendios forestales que han azotado la provincia de Ávila han arrasado la Sierra de La Adrada. Muchos de aquellos bosques, praderas y veredas por los que caminé se han convertido en cenizas. El paisaje rebosante de vida que contemplé durante aquella mañana de mayo ha desaparecido bajo el fuego.

El monte cambia. Los bosques arden. Las personas que amamos se marchan. Y nosotros únicamente podemos agradecer lo vivido, conservar recuerdos y procurar que quienes vienen detrás puedan disfrutar de aquello que recibimos

La naturaleza terminará recuperándose, porque posee una fuerza extraordinaria, pero harán falta décadas para volver a contemplar el monte como estaba.

Por eso considero aquel corzo como el último de una sierra que ya no existe. No porque fuera el último animal que habitaba estas montañas, sino porque fue el último que se cazó antes de que el fuego transformara por completo aquel paisaje.

Cuando recuerdo aquella jornada, pienso en todo lo que podemos perder en apenas unas horas. Un bosque tarda décadas en crecer, pero el fuego puede destruirlo en una tarde. Con él desaparecen hábitats, recursos, fuentes de alimento, recuerdos, trabajos y una parte esencial de la identidad de los pueblos serranos.

La caza nos enseña precisamente a valorar todo eso. Quien lleva años recorriendo un monte conoce sus cambios, sus sonidos, sus árboles y sus animales. Sabe que detrás de cada corzo, cada ciervo o cada jabalí existe un territorio que debe conservarse.

Aquella jornada me enseñó que la vida hay que disfrutarla y que cada momento debe vivirse con intensidad. Nos pasamos demasiados días aplazando abrazos, conversaciones, viajes y paseos, como si tuviéramos garantizado todo el tiempo del mundo.

El monte cambia. Los bosques arden. Las personas que amamos se marchan. Y nosotros únicamente podemos agradecer lo vivido, conservar recuerdos y procurar que quienes vienen detrás puedan disfrutar de aquello que recibimos.

Hoy doy gracias a la vida por permitirme estar aquí. Doy gracias a mis abuelos por haberme regalado un pueblo y unas raíces en La Adrada.

Doy gracias a mi madre por haberme dado la vida, por haberse alegrado siempre de mi felicidad y por seguir acompañándome, de alguna manera, cada día.

Y doy gracias a mi padre por haber hecho de mí un cazador, por enseñarme a caminar por el monte y por transmitirme que la caza no consiste únicamente en abatir una pieza, sino en respetar, conocer, sentir y agradecer.

Aquel corzo de la Sierra de La Adrada no fue el más grande de mi vida ni el más bonito. Fue, sinceramente, el más importante.

  • Arturo González Cardalliaguet es socio de la Asociación de Cazadores de La Adrada, en Ávila

Temas

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas