La ronda

Escucho el murmullo de las conversaciones de los guardas con sus familias. Me incorporo y noto que el aire se mece sierra abajo. Refresca. Hace buena noche para rondar

apertura-articulo

Para rondar necesito quietud y nada de jaleos

Las lluvias ahora son carentes. Pero se las mienta. Ahora parece que el mundo dormita al son de las chicharras. Bajo un remolque buscan la sombra los jadeantes mastines. Ésta es la época del estío profundo. Calor sofocante. Sólo al alba o cuando el día pega las últimas patadas se puede faenar. Por las noches, los umbrales se riegan y las sillas de enea visten la tertulia de las casas. Los vecinos se reúnen al fresco. Se lavan unos tomates y se parten en gajos con sal gorda y aceite de oliva. En el pilón dejaron a flote dos sandías que están las propias para meterles la de Albacete. Juegan los cachorros de una camada de podenquillos que ya mismo se destetan de su madre. Las noches se vuelven ligeras de horas y para algunos se cargan de actividad. Estoy al raso tumbado viendo la luna. Escucho el murmullo de las conversaciones de los guardas con sus familias. Me incorporo y noto que el aire se mece sierra abajo. Refresca. Hace buena noche para rondar.

En un amén he aparejado a Talibán. Los rastrojos están eternos y quedan muchos pedazos sin segar; las barreras, los bajos de los chaparros, la zona donde los trigos están más pobres. Eso se aprovecha a pico por el ganado. Suelto al Chulo y al Terco, dogo ojinegro y alano aculebrao. Les pongo los collares de cuero ancho con la argolla de castigo. Con la collera viene la que manda, la que dirige; menuda en talla, eléctrica en maneras y viva como una amapola en un trigal; la Rata me gusta llamarla. Salimos en silencio. En la quietud de la noche saltan dos chispas de las herraduras del caballo sobre el empedrado del patio. Palpo el cuchillo. Hoy no llevo zahones, con las chaparreras me apaño. Prismáticos y acero. No necesito más.

Subí a un alto. Allá desmonté. Los dos chatos se quedaron sentados a mi lado, jadeando. De vez en cuando cierran su boca para escuchar mejor. La Rata con las orejas semitiesas mira al inmenso rastrojo. Oteo y escudriño; hay muchas reses, demasiadas. No se puede rondar con tanto cervuno. Una piara de marranos jalea en la barrera de la Solana del Cura. No, no veo nada que me encaje. Para rondar necesito quietud y nada de jaleos. Llevo pocos perros y aquí hay muchas distracciones. Voy a cambiar de atalaya.

IMG_20200419_184807_2

He visto de todo, pero no me he centrado en nada

La luna va a buen paso. Deben ser las tres de la madrugada, o quizás más. La caza está tranquila. He visto de todo, pero no me he centrado en nada. De pronto asoma por la linde un buen bulto. Ha entrado por un arroyo hasta la mitad del rastrojo. Está en la sombra de un chaparro. Va de sombra en sombra. Sólo se detiene ahí. Tímidamente le he descubierto entre una y otra. Eso es de guarro viejo y desconfiado. Me centro en él. Viene una piara de cochinas a su zona, las corre. Al cochino le gusta estar solo para escuchar con nitidez. Las piaras son escandalosas y si no hay ninguna hembra en celo poco les importa. Me gusta lo que veo. El marrano busca la soledad y ahora mis instintos le buscan a él. Se va metiendo cada vez más en la besana de trigos, en mitad de una planicie donde el monte le pilla lejos. Es la hora. Echo pie al estribó sintiendo el aire en mis hocicos. Los perros me siguen amarrados a su correa. La Rata sabe que empieza la fiesta. Talibán también.

El marrano está delante, amparado por las espigas más altas. Es el momento

Llegamos al sopié, todo sigue igual. Voy despacio, de sombra en sombra. Los tres perros me siguen sin despegarse. El marrano está delante, amparado por las espigas más altas. Es el momento. Me detengo al amparo de un alcornoque, doy la orden a la Rata. Sale como un reactor. Va con el aire de cara y choca de frente con el marrano. Éste corre, se detiene al ver la pequeña magnitud de su atacante. Agacha la cabeza, embiste. Se entretienen. Los dos chatos tiran de la correa. Castigo porque aún no está cuajado. Parece que el marrano se va, pero regresa para correr detrás de la perra. Tiro de cadena de castigo y libero al dogo y al alano… Van directos como dos balas raseras. Talibán empina orejas. En mis adentros le digo al marrano: ahí te van los antidisturbios. El choque no se hace esperar. Pico espuelas a galope suave. El marrano está pillado de ambas orejas. Los chatos muerden pero respiran poco, no quiero dejarle ni media opción de escapar. Echo pie a tierra y desenfundo. El brillo del acero causa un destello en la noche. Me lanzo a su grupa y lo ajusticio. Tres segundos después, todo queda en silencio.

Subo a mi puntal a ver amanecer, los perros me siguen sin la cadena de castigo

Subo a mi puntal a ver amanecer, los perros me siguen sin la cadena de castigo

Voy camino de la casa. Arrastré el cochino hasta un chaparro y lo tapé con resto del rastrojo. Lo he eviscerado y además lo he capado porque no viene mal un poco de carne para el congelador. Las tripas las dejé a la vista por si algún gandano quería entretenerse sin meterle mano a lo magro de la carne. Subo a mi puntal a ver amanecer, los perros me siguen sin la cadena de castigo. Van amparando las corvas de Talibán. Quiere dejarse ver y este relente es embriagador.

Al llegar a la casa huelo a café de puchero mientras dejo a Talibán amarrado. Es buen rato para conversar con mi padre. El mayoral llega diciéndome que una becerro tiene mosquera en la oreja producido por el flamante crotal. Niño llégate con el caballo y la garrocha para poder sanarlo. Ahora aún se puede trabajar. Alguien me preguntó: ¿y cuándo duermes? La respuesta es clara: cuando esté muerto… me queda una eternidad por delante.

  • Lolo De Juan es gestor agropecuario
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas