Herrador
De su trabajo dependía que las bestias pudieran seguir andando, tirando, cargando. Una caballería descalza se queda parada, y una caballería parada era una casa sin jornal
Herrador desempeña su tarea
Herrador es una palabra de metal, cuero y paciencia. Nombra a quien calza a los animales que trabajan: el caballo, la mula, el burro, el buey. Suena a oficio antiguo y lo es, aunque sigue vivo. Durante siglos fue figura tan necesaria en un pueblo como el médico, porque de su trabajo dependía que las bestias pudieran seguir andando, tirando, cargando. Una caballería descalza se queda parada, y una caballería parada era una casa sin jornal.
Su taller es cualquier sitio: la puerta del corral, el patio de una casa de labranza, el descampado donde se monta la feria. Llega, deja la caja en el suelo y empieza sin que nadie le diga nada. Antes traía consigo la fragua, el fuelle, el carbón y el cubo de agua donde el hierro al rojo se apagaba con un siseo; hoy la mayoría trabaja en frío, con herraduras hechas y numeradas por tallas que se eligen, se ajustan y se clavan. El oficio ha cambiado de temperatura y conserva intacto el gesto.
Entra el clavo, inclinado, de dentro afuera, hasta que asoma por la pared del casco y allí se remacha
El gesto es este: doblarse por la cintura, recoger la mano del animal entre los muslos, cargar sobre la espalda buena parte del peso de una bestia que confía o no confía, y trabajar desde ahí. Con el pujavante, una cuchilla plana de mango largo, se limpia y se nivela el casco, y van cayendo al suelo unas virutas claras de cuerno recortado. Después entra el clavo, inclinado, de dentro afuera, hasta que asoma por la pared del casco y allí se remacha. Cuando se desvía tiene nombre propio, clavadura, y deja coja a la bestia durante semanas o para siempre. Toda la delicadeza del oficio cabe en ese milímetro.
Con el buey el trabajo cambia por completo. El ganado vacuno no se sostiene sobre tres patas, de modo que herrarlo de pie resulta imposible, y para eso se levantaron los potros: cuatro postes de piedra o de madera unidos por vigas, plantados en mitad de la plaza, donde el animal quedaba amarrado con correas y a veces izado hasta dejar las patas en el aire. La pezuña hendida tampoco admite una pieza entera: lleva dos chapas que se llaman callos. Todavía quedan potros en pie en Ávila, en Salamanca, en Burgos, en algún pueblo de Málaga, convertidos en monumento involuntario delante del cual hoy aparcan los coches.
Hubo un tiempo en que herrar exigía examinarse. El aspirante debía demostrar ante un tribunal, con el animal delante, que sabía poner el clavo, y quien aprobaba recibía el título de albéitar, palabra hermosa que significaba a la vez herrador y médico de bestias y que se apagó con la llegada de la veterinaria moderna. Después quedó lo de siempre, que es como se ha aprendido casi todo en el campo: mirando. Se aprende del padre o del tío, a golpear sin herir, a sujetar sin asustar, a hablarle bajo a media tonelada hasta que afloja la pata y se deja hacer.
Sentimentalmente, herrador es la palabra de un oficio que sobrevivió al tractor. Sigue viniendo, ahora para caballos de silla y de ruta, en furgoneta y con cita previa. Lo que se ha perdido es el corro: el olor a cuerno quemado que se levantaba cuando el hierro caliente se asentaba sobre el casco, el niño que no se perdía un detalle, el viejo que recordaba a otros herradores, alguien apartando a los perros que se comen felices los restos de casco. El oficio se retiró de la plaza y se metió en una cuadra cerrada.
En el Diccionario sentimental de campo, herrador es la palabra de quien se pone debajo del animal para que el animal pueda seguir andando: el trabajo callado de sostener un peso ajeno para que todo siga andando.
- Mercedes Barona es periodista, premio Jaime de Foxá