Armero de la Real Casa

Con Alfonso XIII, apasionado cazador desde su juventud, la figura del armero alcanzó un nuevo esplendor. El Monarca convirtió la caza en una de sus grandes aficiones y reunió una extraordinaria colección de escopetas, rifles y carabinas

Alfonso XIII con el armero Joaquín Fernández

Alfonso XIII con el armero Joaquín FernándezCedida

A finales del siglo XIX, con la llegada de las armas de fuego modernas, el título de Armero de la Real Casa se otorgaba como distinción comercial a armeros de gran prestigio que suministraban escopetas de caza a la Corte.

Hubo un tiempo en que este título constituía mucho más que una simple distinción honorífica. Representaba el máximo reconocimiento al talento de aquellos maestros capaces de fabricar auténticas obras de arte destinadas a la caza y al deporte de los Reyes. Aquel nombramiento, que figuraba con orgullo en catálogos, membretes y escaparates, era una garantía de excelencia artesanal y, al mismo tiempo, una poderosa carta de presentación para una clientela aristocrática que buscaba las mejores armas del continente.

La Corona española encontró en los armeros vascos y madrileños a sus proveedores naturales. Algunos de ellos no sólo surtían de armas a la Casa Real, sino que acompañaban personalmente al Monarca en monterías y jornadas cinegéticas. Los señores León y Becerra, por ejemplo, desempeñaron ese cometido durante el reinado de Alfonso XII, asistiendo al Soberano en las grandes cacerías.

Con Alfonso XIII, apasionado cazador desde su juventud, la figura del armero alcanzó un nuevo esplendor. El Monarca convirtió la caza en una de sus grandes aficiones y reunió una extraordinaria colección de escopetas, rifles y carabinas procedentes de los mejores fabricantes europeos. Al mismo tiempo, mantuvo una estrecha relación con los artesanos españoles más prestigiosos, elevando a muchos de ellos a la categoría de proveedores oficiales de la Real Casa.

Aquellos talleres no eran simples fábricas. Las piezas destinadas al Rey recibían un tratamiento aún más exclusivo, con maderas seleccionadas, cañones especiales, grabados personalizados e incluso el monograma Real incrustado en oro, convirtiendo cada escopeta en un objeto irrepetible.

Entre aquellos nombres sobresale el de Plácido Zuloaga, extraordinario damasquinador guipuzcoano cuya habilidad alcanzó fama internacional. En 1905 Alfonso XIII lo nombró oficialmente Armero Real, iniciándose una estrecha relación de amistad entre ambos.

Stand de la armería de Joaquín Fernández

Stand de la armería de Joaquín FernándezCedida

No menos célebre fue Víctor Sarasqueta Suinaga, probablemente el armero español más admirado de su tiempo. Desde su fábrica de Éibar elaboró algunas de las mejores escopetas finas de caza producidas en Europa. La perfección de sus mecanismos, la calidad de los aceros, la belleza de sus grabados y el impecable ajuste de cada arma hicieron que sus escopetas fueran tan apreciadas por la aristocracia española.

Sarasqueta mantuvo una estrecha amistad con Alfonso XIII, quien utilizó habitualmente sus escopetas paralelas durante los grandes ojeos Reales. Aquellas armas, construidas expresamente para el Monarca, incorporaban maderas de raíz de nogal cuidadosamente seleccionadas y elegantes detalles personalizados que simbolizaban la unión entre el artesano y su ilustre cliente.

Si existe un nombre que resume el espíritu emprendedor de aquella brillante generación de armeros, ese es el de Joaquín Fernández Sande

En Madrid brilló igualmente la figura de Arturo Fernández, prestigioso maestro armero establecido en la calle Hortaleza. Su establecimiento era lugar de encuentro para nobles, militares, cazadores y aficionados al tiro, quienes acudían en busca de armas de primer nivel y del consejo de un profesional cuya reputación traspasaba las fronteras de la capital. También obtuvo el título de proveedor de la Casa Real, consolidando el prestigio de la armería madrileña junto al de las grandes firmas vascas.

Pero si existe un nombre que resume el espíritu emprendedor de aquella brillante generación de armeros, ese es el de Joaquín Fernández Sande. Sevillano de nacimiento, encontró en Éibar el escenario perfecto para desarrollar su talento. Allí fundó la Fábrica Mecánica de Armas Finas de Caza Joaquín Fernández, especializada en escopetas paralelas construidas prácticamente bajo pedido y ajustadas de manera completamente artesanal.

Su prestigio creció con rapidez gracias a la extraordinaria calidad de sus armas, empleando los reputados aceros ingleses Whitworth. Sus armas estaban especialmente concebidas para la caza menor, los tradicionales puestos de aves acuáticas y, sobre todo, para las competiciones de tiro de pichón, disciplina en la que el propio Fernández destacó como consumado tirador.

El reconocimiento oficial no tardó en llegar. Joaquín Fernández fue nombrado proveedor de la Casa Real y estableció una relación directa con Alfonso XIII. Diversas fotografías y postales de exposiciones industriales muestran al Rey visitando personalmente el pabellón de Fernández, interesado por las innovaciones técnicas de un fabricante que ya gozaba de gran prestigio internacional.

Durante sus primeros años también estuvo estrechamente ligado a Víctor Sarasqueta. Ambos compartieron viajes comerciales a Madrid, donde Fernández ejercía ocasionalmente como intérprete debido a las dificultades que Sarasqueta encontraba para expresarse en castellano. La empresa de Fernández creció hasta abrir sucursales en Valencia y en Lieja, uno de los grandes centros europeos de fabricación de armas. Tras su fallecimiento en 1927, la firma continuó bajo la denominación de Viuda y Sucesores de Joaquín Fernández, manteniendo los mismos estándares de calidad que habían convertido la marca en referencia obligada para los aficionados más exigentes.

La pasión cinegética de Alfonso XIII encontró así un fiel reflejo en su impresionante armería particular. Además de confiar en Sarasqueta y en los mejores fabricantes españoles, el Monarca adquirió numerosas piezas de prestigiosas firmas británicas, especialmente de James Purdey & Sons, cuyas escopetas y rifles compraba con frecuencia durante sus viajes por Europa. Su colección reunía algunas de las armas deportivas más avanzadas de la época, combinando la sofisticación técnica con el lujo artesanal propio de la alta armería.

El destino de aquel extraordinario conjunto ha seguido caminos diversos. Una parte significativa salió a subasta en Londres en diciembre de 2014, donde alcanzó cifras cercanas a las cuatrocientas mil libras y pasó a enriquecer importantes colecciones privadas internacionales. Paralelamente, Patrimonio Nacional ha logrado recuperar algunas de estas armas históricas para reincorporarlas al acervo del Estado, garantizando así la conservación de un legado que forma parte inseparable de la historia de la caza española.

Los Armeros de la Real Casa no sólo fabricaron armas para la Corona, sino que forjaron un patrimonio artístico e industrial que convirtió a España, y muy especialmente a Éibar, en una referencia mundial de la armería fina.

  • Julián López Aguado es miembro de la Cofradía Culminum Magister

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