Venaíllos de cuerno chico
El corzo aparece también en el Libro de la montería de Alfonso XI, del siglo XIV. Un oso se mete en «un monte pequeño que non andarie en él un corzo». La comparación se hace de pasada, dando por supuesto que el lector conoce al animal
Corzos en el campo
Con el cambio de estación, el otoño nos arrebata al «pequeño fantasma», como lo llamaba Yebes. No soy amigo de calificativos como duende, fantasma o tragabalas, por muy descriptivos e incluso certeros que sean; a veces me parecen un poco ñoños. Y no quiero con esto llamar blandito al conde de Yebes, todo lo contrario; mi fascinación por su figura ha quedado patente en muchas ocasiones. Pero esta vez aquel apelativo, que daba título a un artículo de «Arte y Hogar» fechado en junio de 1950, me sirve de excusa para volver sobre lo que se había publicado en España acerca del corzo.
Dos años después, en su conferencia El corzo en España, pronunciada el 5 de noviembre de 1952, Yebes afirmaba que su existencia en estado salvaje era conocida solo por una minoría. Y tenía razón. Quienes llevamos muchos años detrás de ellos hemos escuchado por sierras y montes cosas que ayudan a entenderlo. «Cabrillas», «venaíllos de cuerno chico»… Así los llamaban los paisanos, antes de su expansión, cuando apenas se los conocía y menos aún se los buscaba; y tampoco hasta hace tanto. También la razón de su falta de popularidad, «pues no vale la pena gastar un cartucho para la poca chicha que llevan encima».
Pero al revisar los textos antiguos aparecen más referencias de las que cabría esperar. En Aravaca, Andrés de Medina y Mateo Sanz respondieron el 5 de febrero de 1576 a las preguntas de las Relaciones de Felipe II. Según la selección publicada por Juan Ortega Rubio en 1918, incluyeron entre la caza del lugar «venados, gamos, corzos y jabalíes». Hablaron también de las tierras de labor, de la escasez de leña y del Manzanares, a media legua.
El corzo aparece también en el Libro de la montería de Alfonso XI, del siglo XIV. Un oso se mete en «un monte pequeño que non andarie en él un corzo». La comparación se hace de pasada, dando por supuesto que el lector conoce al animal.
Corzo en el campo
Enrique de Villena lo incluyó en su Arte cisoria, compuesto en 1423. Los corzos, agrupados con cabras monteses y otros animales, se trinchaban «como la carne de la Baca», según la edición de 1766. Aquella poca chicha figuraba entre las instrucciones que debía conocer quien atendiera una noble mesa.
Luis Barahona de Soto cuenta algo más entretenido en sus Diálogos de la montería, obra fechada en 1587 que no se imprimió hasta 1890. Silvano refiere que un montero encontró un corzo ciego en un brezal, se acercó, lo agarró de una pierna y se lo llevó del lugar.
Solino pone reparos: «No es tan fácil de creer el cuento como os paresce». Aunque no viera, conservaría oído, olfato y fuerzas para defenderse. Montano replica que pudieron ayudar otros a transportarlo y acaba alegando que, siendo la historia tan conocida, habría de ser cierta. Me quedo con Solino: antes de aceptar el lance, quiere saber cómo se las arregló aquel hombre con un corzo vivo sujeto por una pierna.
Los perros se empeñan en perseguirlos, trastornan la cacería y ni siquiera se los considera reses de montería
Los mismos Diálogos describen la «gamita», un balido que «remeda los tiernos hijuelos». Hace más de cuatro siglos ya explicaban cómo atraer a las madres imitando la pía del corcino, y advertían que al engaño también podían acudir las crías y los machos. Aconsejan empezar llamando recio, para hacer creer a la madre que su cría está en peligro, y suavizar el reclamo cuando se acerca, como si el pequeño ya solo quisiera mamar. Montano lo expresa así: «gamitarle quedito y blandamente». Algo sabían ya del reclamo.
Cuernas de un venado
Alonso Martínez de Espinar le dedicó el capítulo «De la naturaleza del Corço» en su Arte de ballestería y montería, de 1644. Se detiene en el hocico negro, la cuerna y sus particularidades, en la huida y en los procedimientos de captura. Después sentencia que «es animal muy bobo para defenderse». A quienes tantas horas dedicamos a intentar cazarlo, sin conseguirlo siempre, tal afirmación nos puede resultar algo incómoda.
Pedro de Morales Prieto recoge otro juicio en Las monterías en Sierra Morena a mediados del siglo XIX. En su narración de una expedición organizada en 1864, D. Diego responde a quien pregunta por los corzos: «Hay pocos y más valiera que no hubiera ninguno». Los perros se empeñan en perseguirlos, trastornan la cacería y ni siquiera se los considera reses de montería.
Más adelante mata uno y está muy satisfecho. Solo ha cobrado dos en su larga vida de montero: aquel de Valpeñoso y otro en la solana del Tamaral, durante una montería en las Chozas del Colegial. Cuando la expedición continúa sus celebraciones, paga los crespillos, unos dulces de masa frita con miel, para solemnizar la muerte del corzo. La guardesa tiene preparada la masa y la miel. Es el mismo hombre que deseaba que no hubiera ninguno.
Bécquer publicó La corza blanca en La América el 27 de junio de 1863. En el Moncayo, el montero Garcés quiere capturar una corza blanca para ofrecérsela a Constanza, de quien está enamorado. Un zagal ha contado que las corzas hablan y se ríen, para diversión de los presentes. Garcés sale a buscarlas y se aposta con su ballesta. De noche descubre a unas mujeres donde antes había visto corzas; entre ellas reconoce a Constanza. Al salir de su escondite, vuelven a huir convertidas en animales. La blanca queda enredada en unas madreselvas y le habla: «Garcés, ¿qué haces?». El montero baja el arma, pero la corza escapa riéndose. Entonces dispara y, al acercarse, encuentra a Constanza herida de muerte por su saeta. Casi un siglo antes del artículo de Yebes, Bécquer ya había hecho de una corza un ser sobrenatural. Con él habríamos tenido que discutir algo más que un apelativo.
Referencias, haberlas hailas, aunque su presencia en los libros no implica que se conociese o estimase en todas partes por igual. Pese a que alguno no quisiera gastar un cartucho en él. D. Diego, al menos, acabó encontrándole motivos para convidar a crespillos.
- Laureano de Las Cuevas Álvarez es miembro de la Asociación del Corzo Español