La espera más absurda de la Historia II

Pronto la paz se vio truncada. Tres manchas oscuras asomaron; eran las potras cerreras. Sin tiempo para sujetarlos, estos salieron a la carrera. Adiós al sigilo. Los ladridos se concatenaban con galopes de canes y equinos

Braco de Weimar junto al teckel

Los dos perros, con los cinco sentidos en el monte, en un descanso en un día de paseo con el rifle en ristre

Cedida por el autor

Y… ¡cómo les decía ayer!: «El aguardo dio el pistoletazo de salida». Sentada sobre una manta, protegida del pasto seco, de zaragüelles puntiagudos y de hormigas e insectos carnívoros, me acomodé. Con las piernas estiradas y la espalda reposando sobre el tronco de la encina, me entregué a la noche. La postura no podía ser más cómoda, y si a ello le sumaba que la temperatura que me envolvía era más propia del verano que del otoño, que solo una camisa y un chaleco cubrían mi torso, el aguardo podía calificarse de ideal para que las agujas del reloj no se detuviesen y mis sentidos disfrutasen a su ritmo.

Los colores ocres del entorno pronto pasaron a tornarse en tintes blancos y negros. Las zonas de luz se volvieron locas, majaretas, jugando al despiste y al escondite. Conocedora del movimiento de los astros, sabía que lo que antes fue iluminado por los rayos de la gran estrella se convertiría en tinieblas, y que las sombras de la tarde pasarían a recibir las caricias plateadas de la reina de la noche; de esa luna chivata y coqueta que transforma la oscuridad en una delicia de paisaje.

¿Y mis compañeros? Nerviosos y con la adrenalina disparada. Situados a mi vera, con los ojos bien abiertos barrían el escenario que nos rodeaba. Temerosa de su reacción, si algún animal cruzaba el lecho seco del río, mis pupilas escudriñaban el borde del monte para adelantarme a la respuesta de los canes.

Pronto la paz se vio truncada. Tres manchas oscuras asomaron; eran las potras cerreras. Sin tiempo para sujetarlos, estos salieron a la carrera. Adiós al sigilo. Los ladridos se concatenaban con galopes de canes y equinos; bufidos y resoplidos de las bestias inundaban la ribera. No tuve más remedio que abandonar mi postura e ir a por ellos si no quería poner fin al aguardo. A falta de correas, me quité el cinturón del pantalón y até al testarudo teckel, sabiendo que mi fiel braco seguiría mis pasos, y me encaminé de nuevo a mi parapeto. Ya en él cambié el amarre: fue el de capa gris el que pasó a estar retenido, mientras que al salchicha lo acomodé sobre mis piernas. Si a la copa del árbol que ocultaba nuestras siluetas y al viento de cara que eliminaba nuestra presencia, le añadía el tufo a lodo y río que desprendían los dos perros, cabía la posibilidad de que el rifle entrara en acción. ¡Ay, qué ingenua fui!

¿Cómo describir semejante momento a alguien que no lo haya experimentado en sus carnes?

Mordiendo con ansia una zorra cazada

Mordiendo con ansia una zorra cazadaCedida por el autor

La luna avanzaba su recorrido a medida que yo daba gracias a Dios por lo que estaba viviendo. ¿Cómo describir semejante momento a alguien que no lo haya experimentado en sus carnes? Es algo grandioso, algo que da la mano a la felicidad, algo que se cuela por tu ser combinando paz, fascinación y miedo. En mitad del monte, sola y a la vez acompañada, contemplaba un paisaje familiar, y al mismo tiempo, tan distinto a cuando el sol lo sostiene y enmarca su silueta. Allá, en la distancia, entreveía a las vacas con sus terneros entre el ramaje de fresnos, robles y encinas, con sus mugidos surcando el campo para llegar con nitidez a mis oídos. Unos patos se lanzaron en picado a las aguas del caozo rompiendo el aire; dos garzas sobrevolaron el horizonte emitiendo a su paso esos graznidos tan característicos; el chillido de una zorra respondió al cantar de un cárabo; los caballos curiosos se iban acercando cada vez más a nosotros… ¡Era tal la claridad que diferenciaba a la potra torda de las castañas! Una auténtica gozada para una enamorada del campo. Fueron unos instantes tan sublimes que lo que menos me importaba era si iba a tener opción de empuñar el arma, y menos en ese aguardo tan diferente a los realizados y único para mí, al estar acompañada de dos locos de la caza con cuatro patas.

Mi fiel compañero desde hace ocho años ¡qué cantidad de aventuras vividas juntas!

Mi fiel compañero desde hace ocho años ¡qué cantidad de aventuras vividas juntas!Cedida por el autor

Con una mano en el pecho del braco y con la otra sobre el lomo del teckel, aguanté sus embestidas cuando sintieron a las aves y oyeron a la alimaña. Como un toro bravo a la puerta de un chiquero, ansiaban salir de debajo de mis faldillas en busca de la presa. Sus músculos estaban tensos y todo su cuerpo, tanto del uno como del otro, temblaba de la emoción que recorría sus venas. Era precioso verlos, atentos, mirando de derecha a izquierda la ribera, sin pestañear. Les acariciaba para tranquilizarlos sin mucha eficacia hasta que, en un momento de ausencia de ruidos —aunque se mantenía una melodía constante con el croar de las ranas y el canto de los grillos—, lo conseguí y se tumbaron. El braco lo hizo con la cabeza mirando hacia atrás, a mi lado, aun así, no le quité el cinturón, pero en vez de tenerlo en mi mano lo metí por una trabilla del pantalón para disponer de libertad de movimientos en mis brazos si tenía que echarme el rifle a la cara. Al can de baja estatura, le permití hacerse un ovillo encima de mis piernas, y así, en la más absoluta calma, dejé volar mi imaginación mientras mi espíritu se regodeaba con lo que mis sentidos percibían. Solo me faltaba gritar al cielo ese pasaje evangélico de la Transfiguración del Señor: «Hagamos tres tiendas», porque era un adelanto del Paraíso lo que estaba viviendo… hasta que la tempestad llegó.

Sin previo aviso, el de Weimar se levantó para lanzarse a la carrera; su fuerza me arrastró por el pantalón, rompiendo la trabilla. El teckel se despertó, uniéndose a la caza. Por la retaguardia, en el mayor de los silencios, había tenido la desfachatez de aparecer una corza no invitada. Con los perros desbocados y ladrando tras ella, se dio el aviso a todos los habitantes del monte de que yo estaba allí. La hora de retirarme había llegado…

¿Fue una espera absurda? No lo dudo. ¿Me arrepiento? En absoluto; no todo es apretar el gatillo.

  • Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, máster de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá

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