El cochino de los girasoles

Reconozco que cuando escuché el estruendo vi al tremendo cochino muchísimo más grande de lo que en un principio pensé

Cochino en libertad

Cochino en libertadCedida por el autor

Lo tienen aquello zaleado. No queda una pipa viva ni un tallo en pie. Los girasoles están porque digo yo que allí estaban. Los marranos se han picado con ellos como se pica un zorro a un gallinero de capones o zagal a las fiestas de un pueblo; que no miran ni vientos ni peligros. Me lo dice mi amigo Hilario, que anda de los gorrinos como un hortelano de los pájaros. Aquí ni se muere padre, ni comemos carne -dicho popular-. Dales una vuelta porque ya no voy a recoger nada, pero al menos que esos granujas no se rían de uno, que he puesto pelo de la peluquería de mi cuñado y unas bolas de alcanfor, pero ni con esas.

El caso es que he pasado con el caballo y he visto un marrano de un par de palmos por allí danzando. Hay rastro, pero deben entrar tarde y marcharse al poco a destrozar otras siembras. Esta es tierra de panes y hay mucho y bueno donde comer. Pero parece que se han cebado con las pipas de Hilario y aquí ni le dejan vivir al hombre.

Voy con un amigo, de esos de otra lengua y otras lindes, pero con la misma afición. Es la última hora del último día. Cuando ya empieza casi a llover y la gente de los tendidos quiere marchar a casa porque piensa que la faena está terminada, pero falta el último toro. Y hasta el rabo, ya se sabe…

Avanzo en silencio por la linde del monte. Veo un marrano pequeño, quiero pensar que es el mismo que vi con el caballo. Nos cruza a pocos metros huyendo pese a que tenemos el aire de cara. Seguimos avanzando. Hay una piara grande entre los girasoles –pocos– que quedan en pie. Veo una cochina con su prole. Es casi de noche. No, esa no. Sigo escudriñando. Otra cochina. Aquel es macho, pero es pequeño. Los cochinos van y vienen, siempre ruidosos. En el borde del cultivo veo un gran bulto. Ahí está, prepárate. Déjame que me asegure. El cazador se dispone. Pero tengo que dar luz verde, no lo tengo claro. Efectivamente no, es una cochina muy grande y machorra, negra como las esperanzas de un pobre.

Ni lo dudé; agarré mi cuchillo y fui detrás como un perro de agarre. Lo sé, no es prudente, pero el marrano llevaba las dos balas en la caja y no quería perderlo bajo ningún concepto en aquel chaparral

Le indico que es hembra, que podemos tirarla porque no va a criar, pero desde luego no es lo que buscamos. Me mira dubitativo, ¿tú la tirarías? Niego. Levanta el rifle. Hemos venido a cazar, no a matar. Si hoy no es será otro día, u otro año. Es casi de noche. Vamos a dar la vuelta. De pronto a mi derecha advierto otro cochino, muy retirado del resto. Está justo metido en una chaparra frondosa. Preparo la horquilla y el cazador se prepara; le veo la barriga, aprecio el pito y un hocico ancho. Es macho, sin duda. Ese nos vale. En cuanto salga le sacudes. No le veo bien, apenas queda luz. Bola en la ruleta, ultima apuesta señores…

Reconozco que cuando escuché el estruendo vi al tremendo cochino muchísimo más grande de lo que en un principio pensé. En esos pocos metros le insté a que repitiera pues aquella mole era muy superior a lo previsto. Siguió fugaz hasta meterse en la espesura. Ni lo dudé; agarré mi cuchillo y fui detrás como un perro de agarre. Lo sé, no es prudente, pero el marrano llevaba las dos balas en la caja y no quería perderlo bajo ningún concepto en aquel chaparral. Le oigo gruñir a pocos metros. Me detengo, acostumbro mis ojos a la oscuridad. Veo un inmenso cuerpo ya inerte. Era uno de los cochinos más grandes que jamás he visto.

Nos abrazamos. Estaba pletórico. Quizá la naturaleza premia a los que no tienen ansia. Haciéndonos la foto me preguntó: ¿de verdad ibas a rematarlo con un cuchillo? No respondí, me limité a sonreír. Para concluir pensó en alto: ahora entiendo que conquistarais medio mundo, amigo.

  • Lolo De Juan es gestor agropecuario

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