Barcino
Era tal la sensibilidad del perro que, cuando entró en casa, la primera en la que entraba en su vida, y vio a mi padre sentado en una butaca con las piernas tapadas por una manta, fue directo a apoyar su cabeza en él
Puntilla con su segunda camada. De izquierda a derecha, Nana, Bocanegra y Barcino. Falta Pinto, que se lo regalamos a Sebastián.
No soy muy de experimentos, pero, a veces, hay que hacerlos porque, de repente, sale algo que merece la pena y aporta al conjunto de la rehala... Aunque debemos ser cautos y conscientes de que el resultado puede no ser lo esperado. Entonces, tendremos que ser muy exigentes y honestos con nosotros mismos.
Chata era una bóxer blanca. Buena, noble y valiente como pocas. Era especial. Aunque, a mi parecer, esta ralea arrastra unas carencias concretas que hacen que no sea el perro ideal para esta actividad.
Decidimos hacer una prueba. La cruzamos con el Nublao, hijo del Pope, un grifón Korthal que Juanvi tenía para las perdices, y de una perrigalga. Salió un perro pelibasto, cárdeno y garzo. Muy bien hecho y con aptitudes más que sobradas para ser un perro notable. ¿Era el mejor? Quizás no, pero cumplía su papel a la perfección. Siempre en la voz, un poco más allá de la mano. Finos vientos, valentía a raudales, bien mantenido y fuerte como un toro. Aguantaba los días seguidos que le echases y siempre cumplía. Salieron cuatro cachorros: Noble, Sordo, Bruto y Nano. El mítico Nano, que fue el predilecto de mi padre. De los perros más inteligentes que conoceré, con un físico formidable y más bravo que un león. Estando mi padre ya muy malo, nos pidió que se lo llevásemos a casa. Era tal la sensibilidad del perro que, cuando entró en casa, la primera en la que entraba en su vida, y vio a mi padre sentado en una butaca con las piernas tapadas por una manta, fue directo a apoyar su cabeza en él. La sensibilidad, como en las personas, es un atributo que se da en los perros. No todos acceden a ella y son pocos los elegidos. Nano era uno de ellos.
Cruzamos a Nano con la Puntilla, una perrigalga nívea pelicerdeña. Era perfecta. Físico, querencia, demostrada cabeza para el oficio y todos los atributos equilibrados. Del primer cruce nacieron Avispa, Amuleto, Arlequín y mi querido Atajo. Del segundo, un par de años después, nacieron Bocanegra, Nana, Pinto y Barcino.
Conozco pocos cruces tan encastados. Eran casi idénticos cazando, carácter parejo y compartían aspectos comunes muy arraigados. Las diferencias radicaban en el fenotipo: cambiaba un poco el dibujo de la capa y el color de las manchas, que iba del colorado al cárdeno. Perros listos e inteligentes, que no es lo mismo, nobles, serios y muy valientes. Fuerzas de la naturaleza que no daban nunca cuartel. Auténticos profesionales con hojas de servicio inmaculadas.
Perros seguros, que te resuelven un lío un poco más allá de media distancia, dando mucha seguridad mientras, de paso, no dejan una mata sin mirar
Febrero 2015. Jorge en La Dehesilla con Barcino, Arlequín y Campanero
Hay que tener de esos perros. Como todo, en su cantidad justa, pero es imprescindible tener un medio campo avezado con sobrada fortaleza y oficio destacado. Que no abandonen ante la dificultad y que amparen a sus hermanos de armas. Perros seguros, que te resuelven un lío un poco más allá de media distancia, dando mucha seguridad mientras, de paso, no dejan una mata sin mirar. Perros que levantan mucha caza y persiguen con codicia y jipa.
De todos ellos, quizás el más corajudo fue Barcino. Recuerdo cuando cazamos solos el difícil barranco de Perlinches. Valle largo y estrecho, con pendiente, monte y difícil suelo. Hay que hacer que la caza rompa a un pinar limpio, lo que cuesta mucho... En el tope, Trueno da a parado, el guarro no espera y sale de la plaza como una centella. El resto se confunde con una piara y unas reses que venían en dirección opuesta. El marrano corre por el robledal seguido solo por su delator y Barcino. Trueno, gran podenco, tiene un olfato soberbio, pero carece del don de la bravura. Pero le sigue su antagonista en este atributo. Yo corro todo lo que puedo. Sé que lo van a alcanzar y sé que Barcino quiere pelea. En el regato me paro. El macareno ha tratado de subir por la umbría, pero va muy apretado y gira buscando llegar al bajo y defenderse en el reguero. En ese momento, Barcino, en plena carrera, lo alcanza y le cierra la boca en el corvejón. El cochino, con toda la rodilla mordida, se frena en seco y se estira como electrocutado por el dolor. El perro no pierde más tiempo, esquiva el envite del gorrino y se agarra a la cepa de la oreja derecha pegando su costado al del guarro. A diez pasos observo todo el lance maravillado por el espectáculo y la codicia de un perro formidable que, simplemente, no conoce el miedo. Trueno le distrae ladrándole de cerca. No entra, pero no me extraña. Cada uno desempeña un papel en la vida. Mi carrera tan corta como explosiva para defender a Barcino culmina uno de los lances más bonitos que veré. Abrazo con fuerza a Barcino para tratar de transmitirle mi admiración y cariño para que, de alguna manera, sea consciente de lo que siento.
Frío enero abulense. Al poco de soltar, los perros arrancan un buen guarro que me pasa al lado. Sin dudarlo, se tira al río Adaja, que bajaba enfurecido. Le siguen Atajo, Arlequín y Barcino. Tres hermanos. ¡Casi nada! Sé que lo seguirán hasta el mar, si hace falta. Me tiro al agua. Lo paran en una poza. Nadamos los cinco, pero consigo defender a los perros y hacerme con él. Es un buen macho. Reviso a los perros. Por suerte ni un puntazo.
Córdoba. Día de calor en un naciente otoño. En el tope, Reagan da con un verraco que, inerte, esperaba pasar desapercibido… Arranca cuesta abajo y se lleva a media rehala. Corre como una liebre y los perros, cansados, mantienen el paso, pero no son capaces de echarle las uñas. De camino voy encontrándome con perros heridos o exhaustos por el calor. Nada grave. La ladra sigue y mi querido amigo Pedro Pozuelo, conocedor de aquellos pagos, me avisa por la radio de que va dirección a río Yeguas y que apriete el paso, que, desde arriba, ve como los perros van ganando terreno. En el agua me encuentro al bravo guarraco. Está metido en un meandro del río con la guardia alta: él da pie y los perros no. Tiene cubierta la retaguardia por una gran lancha de piedra. ¿Cómo entrar? Solo hay una dirección… Me acerco de cara con el agua por encima de las rodillas. En cualquier momento me voy al suelo... Al sentirme, los perros sacan fuerzas de donde no las hay y el cochino cede un poco de espacio en la fortificación que le protegía los flancos. En ese momento, Barcino, como un hipopótamo, entra en escena. Muerde al cochino en los vacíos y le hace abandonar el fuerte. Ahí lo agarran y consigo terminar con él. Imponente cochino de ochenta kilos, negro como una mora. Magnifico y poderoso. Supo elegir plaza y plantar dura batalla.
Como siempre, tras enredos de estos, reviso a los perros. Todos están bien menos el protagonista, que tiene una buena cogida en el jamón. Me lo echo a las costillas y subo al camino donde ya me esperaban Eli y Jorge. Lo estabilizamos en el campo, pero se intuía que algún nervio o ligamento estaba comprometido. A los diez días, se le empezó a secar el pie… Mi padre no dudó: «Se opera al perro y se viene conmigo a casa». Cualquiera discutía una orden del alto mando...
Y así vivió su retiro Barcino durante muchos años. Cojo, pero en casa, mimado y cuidado por todos como uno más de la familia.
- Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero