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Clara R. IlárrazDoctora en derecho digital (5G) por el CEU

La paradoja laboral de la inteligencia artificial: ¿estamos formando para los trabajos que realmente harán falta?

Podemos estar dedicando buena parte de la conversación pública a preparar a los jóvenes para convivir con la IA mientras algunos de los problemas laborales más difíciles de los próximos años estarán precisamente allí donde la IA llega menos

Inteligencia artificial en el trabajo futuro

Cuando pensamos en el futuro laboral de nuestros hijos o de nuestros nietos, la pregunta suele ser casi automática: ¿qué deberían estudiar para encontrar trabajo dentro de diez o veinte años? Durante mucho tiempo la respuesta parecía sencilla: cuanto mayor fuera la cualificación, mejores serían las oportunidades. La inteligencia artificial ha complicado esa intuición. No porque sepamos que vaya a sustituir profesiones enteras, sino porque está avanzando precisamente sobre algunas de las tareas que desempeñan quienes han pasado más años formándose.

Los últimos datos del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) permiten mirar el problema desde un ángulo menos espectacular que la habitual carrera entre personas y máquinas, pero bastante más útil. España no tiene simplemente un problema de falta o de exceso de trabajadores. Tiene ambos a la vez. Hay ocupaciones en las que sobran candidatos y otras en las que las empresas no encuentran a quién contratar. Y la inteligencia artificial no está corrigiendo ese desequilibrio. De hecho, por ahora, parece superponerse a él.

El Observatorio de las Ocupaciones del SEPE ha cruzado su índice de disponibilidad de demandantes con el índice de exposición a la inteligencia artificial generativa de la Organización Internacional del Trabajo. El resultado merece atención. De las 37 ocupaciones en las que existe escasez de demandantes, el 84 % se concentra en las categorías de menor exposición a la IA y ninguna alcanza los dos niveles superiores. Entre las 39 ocupaciones con exceso de demandantes, en cambio, el 49 % presenta algún grado de exposición y el 21 % se sitúa en los dos niveles más altos.

La paradoja se entiende mejor con ejemplos. Entre las ocupaciones con exceso de demandantes y mayor exposición aparecen perfiles vinculados a las finanzas; en el siguiente nivel figuran recepcionistas –excepto de hoteles–, economistas, bibliotecarios y documentalistas, filólogos, intérpretes y traductores, diseñadores y administradores de bases de datos. Eso no significa que esas profesiones vayan a desaparecer. El indicador mide la exposición de sus tareas a la IA generativa, no la desaparición del oficio. Pero sí obliga a preguntarse si tiene sentido seguir orientando a más jóvenes hacia determinadas salidas sin mirar cuántas personas compiten ya por ellas y cuánto están cambiando las tareas que las componen.

Al otro lado del mercado laboral aparece una fotografía muy distinta. Construcción, determinadas ramas industriales, transporte, hostelería y algunas actividades sanitarias concentran dificultades de contratación. Las causas son bastante terrenales: faltan candidatos, experiencia y competencias técnicas; también pesan las condiciones laborales, la movilidad geográfica y el relevo generacional. Una persona que busca empleo no se convierte automáticamente en la persona que necesita una empresa. Puede vivir en otra provincia, carecer de una cualificación concreta o no aceptar las condiciones del puesto.

Y aquí aparece una segunda transformación que son las jubilaciones. El informe de tendencias del mercado de trabajo del SEPE estima que alrededor del 80 % del empleo que se genere durante la próxima década procederá de la reposición de personas que abandonen el mercado laboral, fundamentalmente por jubilación, y solo alrededor del 20% corresponderá al crecimiento neto de la actividad. Ya a finales de 2025 había más de 2,25 millones de afiliados mayores de 60 años, lo que supone el 10,4 % del total.

Eso cambia bastante la pregunta que deberíamos hacernos en casa cuando un adolescente empieza a pensar qué estudiar. No basta con mirar cuáles son las profesiones que hoy parecen más prestigiosas, ni con añadir la palabra «inteligencia artificial» a cualquier itinerario formativo. También habrá que observar dónde se van a jubilar cientos de miles de profesionales, qué puestos están resultando difíciles de cubrir y qué competencias concretas necesitarán quienes los sustituyan.

El relevo será especialmente importante en Sanidad, Administración pública y educación, donde el peso de los trabajadores de más edad es elevado. En construcción, industria, transporte y hostelería el reto tiene otra forma: además de sustituir a quienes se retiren, habrá que encontrar personas con experiencia y formación suficiente para cubrir puestos que ya hoy presentan dificultades. Mientras tanto, la utilización de la IA es más intensa en información, comunicaciones y en actividades profesionales y menor en ámbitos como agricultura, construcción, actividades inmobiliarias y hostelería.

No deja de ser llamativo. Podemos estar dedicando buena parte de la conversación pública a preparar a los jóvenes para convivir con la inteligencia artificial mientras algunos de los problemas laborales más difíciles de los próximos años estarán precisamente allí donde la inteligencia artificial llega menos. La tecnología podrá aumentar la productividad y transformar muchas tareas, pero un sistema generativo no cubre por sí solo una vacante de albañil, conductor, profesional sanitario o técnico industrial.

Esto no conduce a una defensa nostálgica de los trabajos tradicionales ni a recomendar a todos los jóvenes las mismas profesiones. El propio SEPE insiste en que los desajustes se comprenden mejor por ocupaciones que mediante grandes categorías sectoriales. Decir que «falta mano de obra» o que «sobra mano de obra» puede ser verdad al mismo tiempo, porque depende del trabajo concreto, del territorio y de las competencias que se estén buscando.

También obliga a revisar qué entendemos por formación para el futuro. Aprender a utilizar herramientas de inteligencia artificial será útil en muchos trabajos, pero no puede convertirse en una respuesta universal. Entre las ocupaciones con mejores perspectivas, de hecho, el SEPE incluye también desarrolladores de software y web, ingenieros TIC, analistas de datos, especialistas en inteligencia artificial y expertos en ciberseguridad. La transformación tecnológica destruye unas necesidades, modifica otras y crea otras nuevas.

Quizá por eso la pregunta «¿qué trabajo quitará la inteligencia artificial?» se nos está quedando pequeña. Para una familia que hoy intenta orientar a un hijo o a un nieto, la mejor pregunta sería: ¿dónde harán falta personas cuando ese joven termine de formarse y qué tendrá que saber hacer para ser una de ellas?

Podríamos descubrir dentro de unos años que nos preocupamos mucho por enseñar a los jóvenes a competir con una máquina y demasiado poco por averiguar qué trabajos iba a necesitar realmente el país. El desafío no consiste solo en adaptarnos a la inteligencia artificial, sino en no perder de vista, mientras miramos hacia ella, dónde seguirá haciendo falta el talento humano.