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Lola Flores, en un programa televisivo

'Lola'

Las 50.000 «deshonrosas» pesetas que lanzaron la carrera de Lola Flores

La docuserie dedicada a ‘La Faraona’ engancha con una fórmula que combina el arte con el humor

«Cuando me creo que sé algo de Lola, viene alguien y me cuenta algo nuevo. Está todo por saber». Palabra de Rosalía, tra tra. Aportar un conocimiento enciclopédico de una forma amena es uno de los objetivos de Lola, la docuserie dirigida por Israel del Santo (El Palmar de Troya y El corazón del imperio) que ayer estreno Movistar +. Es una producción propia junto a 100 Balas.

El documental se mueve en la onda elegante de Lazos de sangre. Combina el archivo audiovisual (cine y televisión) con testimonios, muchísimo más numerosos en Lola que en el programa de Boris. El resultado funciona: combina momentos hilarantes con otros estremecedores (cuando María José Llergo canta tan bonito, con varios testimonios de la protagonista, con algunas de sus actuaciones…). Más de 26 años después de su muerte, `La Faraona' sigue siendo moderna hasta en su versión de 1940.

Para la reconstrucción de la vida de la protagonista el director ha optado, al menos en este primer episodio, por la línea cronológica. Así que Ni canta ni baila –que así se llama el primer capítulo, único estrenado– abarca desde el nacimiento de Lola Flores en 1923 hasta su triunfo en América a comienzos de los años 50.

La infancia

La artista Lola Flores de niña

Ella mismo decía que había nacido un 21 de enero de «hace 250 siglos» en Jerez de la Frontera. Hipérboles aparte, la fecha real es 1923, si bien ella en su DNI completaba el ‘3’ hasta lograr un ‘8’, para quitarse así cinco años a golpe de garabato.

Es hija del tabernero Pedro, de la familia de los cominos, así conocidos porque todos son bajitos. El progenitor de Lola anda por los 1,58 metros. La madre, la costurera Rosario, hace trajes de flamenco. Las amigas le preguntan el motivo por el que se ha casado con un hombre tan bajito: «No era así. Se cayó de una azotea y por eso se quedó así», bromea.

Sus primeros triunfos

La pequeña se curte en las tablas de La Fe de Pedro Flores, el bar del padre. Ya de muy chica, baila entre las mesas en busca de propina. «Ya era faraona desde que su madre la parió», presume su hija, Lolita Flores, en el primer capítulo.

‘La Faraona’, cantando ‘El Lerele’

El flamenco no es entonces prestigioso, sino que es «muy fronterizo con el mundo de la prostitución», apunta Alberto Romero, catedrático de filología hispánica. Ser bailaora, ser artista, está mal visto. Ella toma recortes de María Pantoja y Realito de Sevilla. En el colegio, al que va poco tiempo, se aplica menos.

En 1939, con 16 años, al fin debuta de forma oficial. El acontecimiento merece un nombre artístico, elegido por un amigo de la familia. Será Lolita Flores Imperio de Jerez. El escenario, el Teatro Villamarta de su ciudad natal. Con su arte llama la atención del director de cine Fernando Mignoni, que la contrata para la película con la que debutará en el cine, Martingala. Gana de golpe 12.000 pesetas y visita por primera vez Madrid. Ese dinero cambia la vida de la familia. La madre ya no tendrá que dejar de comer, como hacía algunos días, para que sus hijos pudiesen alimentarse.

Mendigando en Madrid

La jerezana Lola Flores, en una de sus primeras películas

Lola quiere triunfar. Le dice a su padre que quiere irse a Madrid. El progenitor cierra el bar, y toman rumbo para la capital el matrimonio y sus tres hijos.

Pero no va ser fácil. Lola pide en la calle. Y si no le dan, idea fórmulas para que lo hagan. Madre e hija se visten de luto, van a barrios finos (Argüelles, Salamanca) y piden dinero para enterrar al padre muerto. «Es la listeza que te da el estómago», juzga Lolita desde el presente.

Hay que seguir formándose. Va a clases con el maestro Quiroga. Y es ahí donde coincide con doña Concha Piquer. Lola llega, con su arte a cuestas, y su cuerpo cubierto por un abrigo de ‘mouton’. Lo que le dice la leyenda lo recordará toda la vida. «¿Oye, guapa, ¿dónde vas tú con el pedigrí?» Y le da con la puerta en toda la cara.

Nadie dijo que iba a ser fácil. Pero la familia sigue teniendo fe en la joven: «Lolita, no tengas prisa, tú triunfarás», anima su madre.

Todo por su arte

Lola, con Manolo Caracol

En 1942 le dan a elegir entre los cabarets y los cafés. Acierta al quedarse con los segundos. Recorre el norte de España. Se curte. Regresa para cantar en un teatro madrileño, como telonera de una compañía. Es en estas tablas, las del Fontalba, donde canta El Lerele, que da pie a a un espectáculo propio en el que Lola brilla. Tanto brilla que contacta con ella un empresario, Adolfo Arenaza. Le pregunta si necesita dinero. Lola asiente. Él se excusa y vuelve al rato con esa cantidad. La siguiente cita es en un hotel. Lola sabe a lo que va. Se vuelve a casa con las 50.000 ‘sucias’ pesetas. «Nunca me pregunten de dónde saqué esto», le dice a sus padres. Y todos empiezan a llorar. Será ese dinero con el que se monte el espectáculo Zambra, junto a Manolo Caracol. El estreno es en 1944, en Valencia, donde triunfa. Lo hará también en Madrid.

Durante seis años será un triunfo rotundo. El feeling que había en el escenario tenía explicación: fuera de él eran amantes. Es Lola la que más se subordina a Caracol: «Yo no fui yo, yo era parte de él», reconoció ‘La Faraona’ años después. Pero le atraía su voz, poderosa. No solo eso: «Sexualmente me enseñó todo, a su estilo y a su manera», admitió también en su día.

Caracol era mujeriego, bebedor, violento: «Muchas veces me pegó», contó años después. Vivieron noches eternas, en las que las introdujo en algunos vicios. En aquellas juergas había «platos de cocaína».

Las Américas

La oferta de un gallego sabio, el productor cinematográfico Cesáreo González, la vino a rescatar de esa temprana decadencia. Puso un millón tras otro hasta llegar a los seis. Un fortunón para aquella época. Durante seis meses, la familia hizo las Américas. Sobre los escenarios, solo Faíco, Paco Aguilera, su hermana Carmen Sevilla y la inimitable. Triunfan a lo grande. Y, aunque la leyenda –y el título del primer capítulo de la docuserie también– cuenta que The New York Times escribió aquello de «ni canta ni baila, pero no se la pierdan», ya está más que demostrado que jamás ocurrió tal cosa. Pero varios de los participantes en Lola lo dan por bueno. Para que la leyenda continúe.

La cantante Rosalía, que participa en la docuserie sobre Lola Flores

En aquel periplo por Nueva York hubo un momento cumbre fuera de los escenarios. Cuando el pequeño padre de Lola, Pedro, se plantó delante del Empire State Building. Desde abajo, «empezó a mirar pá atrás y casi se cae», contó divertida Carmen Sevilla.