El expresidente Nicolas Sarkozy, acompañado de su esposa Carla Bruni, sale de su residencia para presentarse en la prisión de La Santé
Cine
'El caso Bettencourt': el documental que explica el clima de poder que llevó a la caída de Sarkozy
El documental revela cómo la corte que rodeó a la heredera de L’Oréal funcionó como un banco informal para política
La miniserie El caso Bettencourt: El escándalo de la mujer más rica del mundo (Netflix) no explica la reciente entrada en prisión del expresidente francés, pero sí relata el clima que la hizo posible. Funciona como prólogo: muestra cómo empezó a resquebrajarse una forma de entender el poder en Francia mucho antes de que un tribunal dictara sentencia.
El punto de partida es Liliane Bettencourt, heredera de L’Oréal y durante décadas símbolo de la riqueza francesa. El documental no la muestra como una empresaria todopoderosa, sino como una mujer anciana, cada vez más frágil, rodeada de personajes que entraban y salían de su casa pidiendo favores, «donaciones» y sobres de dinero. A medida que avanza la historia, el espectador comprende que no se trataba de gestos sociales, sino de una vía paralela de financiación política.
No hacía falta un ministerio: bastaba con pertenecer a su entorno. Quien destapó la trama fue su hija, Françoise Bettencourt Meyers, que se hartó de ver cómo esa corte de interesados devoraba el patrimonio familiar mientras su madre perdía capacidad para comprender qué firmaba. Su denuncia abrió un proceso judicial que hizo salir a la luz grabaciones clandestinas, agendas ocultas y testimonios contables que revelaban el verdadero funcionamiento de ese «círculo de confianza».
En ese escenario aparece el entonces ministro del Interior, y más tarde candidato presidencial, Nicolas Sarkozy. No es el protagonista del documental, pero sí una figura orbitando ese sistema de favores. Lo que se investigaba era la sospecha de que parte de las entregas de dinero salidas de la mansión Bettencourt habían terminado en su campaña presidencial de 2007.
La testigo clave fue la contable Claire Thibout, quien declaró que se habían entregado 150.000 euros en efectivo destinados a esa campaña presidencial, una cifra muy superior a lo permitido por la ley. Según su testimonio, el dinero no se entregó directamente al candidato, sino a su tesorero, Eric Woerth, responsable de la recaudación electoral.
Esa versión situaba por primera vez a su entorno político dentro del circuito de financiación irregular. Sin embargo, cuando compareció ante los jueces, Thibout matizó parte de sus palabras: dijo no haber visto personalmente la entrega y que solo podía afirmar que «era posible» que hubiese llegado a la campaña. Esa retractación técnica no eliminó la sospecha, pero sí debilitó el caso judicial.
En respuesta a estas acusaciones, el entonces jefe del Estado salió a defenderse públicamente en televisión. Negó cualquier vínculo económico directo con Bettencourt y calificó la acusación de «vergonzosa». También cerró filas en torno a su tesorero, a quien describió como «un hombre honesto y competente», insinuando que la investigación era un ataque político. Aseguró que llevaba «semanas de calumnias» y que se estaba tratando de derribar su agenda de reformas mediante rumores.
Fotograma de El caso Bettencourt
No logró una absolución moral, pero sí una jurídica: no había prueba directa. Bettencourt fue, para él, una advertencia, no una condena. Pero esa advertencia fue suficiente para que la justicia empezara a seguirle el rastro financiero, y fue esa línea la que años después desembocó en su caída por la financiación libia.
Años después, cuando la justicia siguió tirando del hilo, apareció otra fuente de dinero irregular: fondos procedentes de Libia. Esa segunda pista ya no quedó en hipótesis. Fue el rastro que llevó a la sentencia. Por ese motivo –y no por el asunto Bettencourt– el expresidente ingresó en prisión el 21 de octubre de 2025: la justicia francesa lo consideró responsable de haber financiado su campaña de 2007 con fondos ilegales proporcionados por el régimen de Muamar el Gadafi.
El documental no narra esa parte final, pero sí muestra la mentalidad que la hizo posible: la sensación de intocabilidad, el poder acostumbrado a moverse fuera de los límites legales y la convicción de que la fortuna privada podía usarse como gasolina política. Cuando el dinero de la heredera dejó de bastar, llegó el libio. El método era el mismo; solo cambió el origen.