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Daniel Day-Lewis, en una imagen de archivoGTRES

Cine

​Daniel-Day Lewis confiesa la única película por la que sí se merecía un Oscar: «Hubiese sido un placer»

Detrás de una de las actuaciones más recordadas de su carrera se esconde la película por la que más deseó escuchar su nombre

Ganar un Oscar es, desde hace casi un siglo, algo más que levantar una estatuilla dorada frente a las cámaras. Es entrar en una tradición que atraviesa generaciones, formar parte de una conversación que une nombres, épocas y estilos bajo una misma idea de excelencia. En ese grupo reducido hay figuras que parecen talladas en la historia del cine, como Katharine Hepburn, que logró cuatro premios entre 1933 y 1981. Y, varias décadas después, hay otro nombre que se menciona con un respeto casi instintivo: Daniel Day-Lewis.

Su primer Oscar llegó en 1989 gracias a Mi pie izquierdo. Allí dio vida a Christy Brown, un artista con parálisis cerebral que escribía y pintaba utilizando únicamente su pie izquierdo. No fue solo una interpretación brillante, fue una declaración de intenciones. Day-Lewis llevó su compromiso hasta límites poco habituales: permaneció en silla de ruedas durante todo el rodaje y pidió que lo alimentaran con cuchara. Aquella entrega desconcertó a más de uno, pero también dejó claro que para él actuar no era un trabajo, sino una forma de habitar otra vida durante un tiempo. Desde entonces, su nombre quedó ligado a una manera casi artesanal de entender el cine.

A lo largo de los años noventa, su carrera avanzó sin prisas, escogiendo cada proyecto con cuidado. Películas como La edad de la inocencia, un delicado retrato de pasiones contenidas en la alta sociedad neoyorquina del siglo XIX; En el nombre del padre, donde encarnó a un hombre atrapado en una injusticia política; o El último mohicano, una épica histórica marcada por el conflicto y el honor, reforzaron la idea de que cada nuevo papel suyo tenía peso propio. Parecía inevitable pensar en los Oscar cada vez que estrenaba una película. Sin embargo, el premio no siempre acompaña al talento. En 1994 perdió frente a Tom Hanks, una derrota asumida con deportividad, pero difícil de olvidar.

Esa sensación regresó con fuerza en 2002. Day-Lewis protagonizó Gangs of New York, dirigida por Martin Scorsese. Su Bill the Butcher, violento, carismático y excesivo, dominaba cada escena. Era un personaje larger than life, incómodo y magnético al mismo tiempo. La película recibió diez nominaciones, incluida la de Mejor Actor, y el actor no escondió su ilusión. «No fingiré no estar emocionado», dijo antes de la gala. «Hubiese sido un placer… crucé los dedos por Martin». Aquella noche, el Oscar fue para Adrien Brody por El pianista, y Scorsese también se fue de vacío.

La derrota tuvo un significado especial. No tanto por la estatuilla perdida como por lo que representaba ese personaje, destinado a quedarse en la memoria colectiva del cine. Aun así, la trayectoria de Day-Lewis nunca se ha definido por lo que se le escapó. Más adelante llegarían Pozos de ambición, con un magnate del petróleo tan despiadado como fascinante, y Lincoln, donde se transformó en el presidente estadounidense con una naturalidad asombrosa. Ambas interpretaciones le dieron dos Oscar más y lo colocaron definitivamente en el mismo párrafo que Hepburn.

Fotograma de Gangs of New York

Quizá Gangs of New York sea la película por la que más le habría gustado ganar el premio. No por sumar otro Oscar, sino porque reunía todo lo que define su manera de actuar: un personaje extremo, una colaboración creativa de alto voltaje y la sensación de haberlo dado todo. En un mundo donde el Oscar es símbolo, tradición y legado, Daniel Day-Lewis ha demostrado algo todavía más infrecuente: que incluso cuando no se gana, el cine también se escribe desde ahí.