Jude Law interpreta a Putin en El mago del Kremlin
Crítica de cine
'El mago del Kremlin', un retrato de los terribles Ivanes en segundo plano
Jude Law interpreta en la película a Putin y Paul Dano a su asesor Vadim Baranov
Cuando pensamos en Rusia, de manera inevitable nos figuramos un paisaje gélido. Ya sea en una ciudad umbría, donde apenas se vislumbra el sol, o bien en un bosque de elevadísimos abedules. Y ahí es donde comienza esta historia. Una adaptación de la novela homónima de Giuliano da Empoli de la cual hablamos hace un par de años y medio, cuando se presentó en España. Ya entonces, destacamos que esta narración pretende ser lo más rigurosa posible, pues, bajo el nombre de Vadim Baranov, entendemos que se está hablando de uno de los asesores más próximos a Putin durante dos décadas: Vladislav Surkov. A Baranov le da vida Paul Dano con una maestría más que eficaz, tras sus acreditados papeles en El club de los emperadores (2002), Pequeña Miss Sunshine (2006), Doce años de esclavitud (2013) y Los Fabelman (2022).
La película nos va a mostrar, en un continuado flashback, y a través de una prolongada tertulia entre el protagonista y un analista (periodista) norteamericano, el devenir de Rusia entre la caída del Muro de Berlín y los escasos dos años previos a la invasión a gran escala de Ucrania. Durante este encuentro, que se va desarrollando a lo largo de una entera jornada, observamos cómo el analista occidental está más inserto en sus prejuicios que el otrora spin-doctor eslavo. El periodista norteamericano se sorprende de que su oponente, su interlocutor, sea un hombre culto y sensible, capaz de desvelar sus incongruencias y ciertas manipulaciones. El protagonista lee a Gracián y a Maquiavelo y, siendo hijo de un miembro de la extensísima nomenclatura del Partido —durante la inacabable etapa de totalitarismo soviético—, la democracia —o lo que aconteció tras disolverse la URSS—, lo llevó a una vida de capitalismo picaresco sin olvidarse de sus orígenes: la cultura.
El que más tarde sería asesor amoral de Putin quería hacer teatro, representando obras hoy aún poco conocidas en Occidente, como la distópica Nosotros, de Yevgueni Zamiatin (1884-1937). El joven Baranov vive los años 90 del siglo pasado como la mixtura indistinguible entre su efervescente mocedad y aquel momento de dulce borrachera que disfrutó gran parte de la humanidad, incluyendo una Rusia que pensaba que, al fin, quizá, podría saborear eso que los occidentales llamaban libertad. Siglos de zarismo, décadas de marxismo, habían entumecido el sentido del olfato y el paladar de los rusos. O, en nuestra comodidad soleada de esta esquina del planeta, eso nos complace pensar. Y aquí es probable que la película acierte más de lo que cabría esperarse: ¿El mago del Kremlin es un espejo fiel, o una deformación que muestra nuestra miopía al mismo tiempo que el astigmatismo eslavo?
Las almas más puritanas se escandalizarán con algún segundo que otro, algún plano concreto de esas fiestas alocadas y mediocres, de quiero y no puedo, en la Rusia de los 90. Tal como aparece en la película. Pero apenas hay de qué escandalizarse. Sobre todo, si recordamos que, por aquel entonces, Yugoslavia se estaba despedazando en pequeñas naciones, en bombardeos y en matanzas étnicas que no se sospechan en este largometraje. O si recordamos que en 1990 un chaval español de trece años podía pedirse un cubata en un bar de copas a las dos de la mañana. Los años 90 eran el ZooTour de U2, eran Monica Lewinsky en la Casa Blanca, eran Los Rodríguez y la Macarena, eran el gol de Koeman en Wembley y el de Mijatovic en Ámsterdam, eran los años de Felipe González y su Roldán, y los de Aznar y Miguel Ángel Rodríguez. El euro y la «tercera vía» de Tony Blair. Teresa de Calcuta y Lady Di, que murieron con apenas unos días de diferencia. Los años 90 eran Bill Clinton y Boris Yeltsin. Algo que se respira en esta película, y que se destripa sin piedad en lo relativo a Yeltsin.
Porque Baranov se enamora y se decepciona entonces. Todo era posible, pero no la felicidad ni la vida buena de Aristóteles. Baranov observa cómo el dinero y la ostentación más hortera —son los años de Jesús Gil, los años en que Torrente aparecerá en pantalla— derrotan sin esfuerzo a la integridad y la autenticidad. Y aquí vuelve a acertar la película. Sin desolación interior, no hay transformación. Sin transformación, no hay ruptura de límites. Sin cortapisas, no se está de veras capacitado para servir al Poder. Y aquí nos planteamos dos cuestiones en torno al cauce por donde discurre la trama. Primero, el desempeño de la religión. Segundo, si esta narración, esta historia nos habla únicamente de la Rusia de Putin o de algo más. Desenredemos un poco la madeja.
En lo relativo a lo religioso, El mago del Kremlin apenas aborda la cuestión. Aparece como parte del panorama, pero como un ingrediente más, disuelto, no operativo. Y esto nos hace preguntarnos algo con más hondura. ¿Hasta qué punto el homo sovieticus es un ser deformado para verse a sí mismo como un ser religioso, como un ser con una mínima energía que le permita alzar la mirada? O bien, ¿supone una tara para la película no centrarse suficiente en cómo Putin, a la vez que no reniega de Stalin —el criminal Stalin, el seminarista Stalin—, se procura granjear la zurda o siniestra bendición de los popes? ¿El zar —así llama Baranov a Putin— está ungido con el sacro óleo de los reyes? ¿Ese óleo es sacro, o es un aceite corrupto? Seamos más osados: ¿la Iglesia Ortodoxa de Moscú ha reflexionado lo suficiente sobre aquella admonición de «dar al César (Tzar) lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»?
Desde este punto, la trama nos muestra a los cínicos oligarcas y dueños de televisión y de negocios turbios que pretendían tutelar una democracia rusa cuyo títere —el ebrio Yeltsin— les iba a permitir vender a los occidentales las grandes empresas del país, y al mismo tiempo promocionar un estilo de vida tan materialista como había ordenado el modelo soviético, tan impúdico como imponía la MTV, y tan deshumanizado como para que, luego, sus escrúpulos desde la Costa Azul nos resulten de una hipocresía vomitiva.
A Vladimir Putin lo interpreta un Jude Law que nos enamora. Aparte de algún error de maquillaje, de algún histrionismo del actor que quiso ser un Pío XIII irreverente y devoto, de algunos momentos en que Putin parece José Mourinho, su trabajo contiene la suficiente complejidad como para observar que Putin es un hombre que, en su inteligencia, en su sagacidad, no deja de ser un mero producto cultural de la Unión Soviética. Y, a la vez, un político que funciona con las mismas coordenadas de manipulación que nuestros gobernantes, en especial quienes tenemos más cerca. ¿De verdad hay distinción entre la actitud de un Putin y la de Pedro Sánchez, en lo relativo a los medios de comunicación, por ejemplo? ¿O sólo cambia el contexto, pero no el vacío moral? La descripción que vemos del zar Putin quizá sea algo de caricatura; no obstante, y como vemos en la película, el poder se basa en la proyección falaz.
Por eso, uno de los momentos más fascinantes se desarrolla cuando Baranov explica qué pretende la Rusia de Putin en el mundo de Internet: generar ruido, generar la impresión de que los rusos son expertos en el ciberespacio, son los dueños del bien y del mal, de la información y de la desinformación, del caos y del orden, de las teorías de la conspiración y del hackeo. La Rusia de Putin, como, la España de Sánchez, es el reino de la mentira como forma de gobierno. Porque eso garantiza el triunfo del cinismo, de los «cambios de opinión», de la falta absoluta de referentes.
Ficha técnica
Duración: 156 min.
Director: Olivier Assayas
Guion: Emmanuel Carrère, Olivier Assayas
Protagonistas: Paul Dano, Jude Law, Jeffrey Wright, Alicia Vikander
Estrellas 4/5