Paul Thomas Anderson había sido nominado al Oscar en once ocasiones, sin haber ganado en ninguna de ellas. Su suerte con la estatuilla dorada cambió la noche del 15 de marzo, en la que se alzó vencedor en seis categorías con Una batalla tras otra.
No es ni por asomo la única película de su filmografía que destaca. El altísimo nivel de maestría que demuestra en cada una les confiere una atmósfera, sensibilidad e identidad visual únicas, sin olvidar el profundo humanismo: un amor puro por la humanidad, con todos sus defectos y debilidades.
'Pozos de ambición' (2007)
Fotograma de Pozos de ambición (2007)
Pozos de ambición marca el momento en que Anderson pasó de ser un director prometedor a uno imprescindible. En el momento de su estreno, los antihéroes no eran tan inusuales en el cine como en la televisión, con la influencia de Tony Soprano que se filtraba en la programación de prestigio, y sin embargo, Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) se siente casi inigualable en su particular estilo de monstruosidad hiperarticulada.
Capitalista petrolero de principios del siglo XX, tiene una vena misantrópica que refleja una pesadilla típicamente estadounidense. Abriéndose paso por el inexplorado Oeste con una diabólica serenidad, se enriquece mediante la codicia y la manipulación, esos atributos demasiado humanos que definirían el siglo XX. Obra maestra vagamente inspirada en la novela Oil!, de Upton Sinclair, esta película es a la vez un inquietante psicodrama, un retrato condenatorio de la masculinidad y un ejercicio de villanía aterradoramente divertido.
'Magnolia' (1999)
Tom Cruise en Magnolia
Como si Boogie Nights no hubiera sido lo suficientemente audaz, Anderson la siguió con una película de cruda vulnerabilidad: un informe meteorológico emocional que no teme arriesgarse a la vergüenza al examinar una perpetua noche oscura del alma. Los extremos llevados al máximo de Magnolia son a la vez sus mayores virtudes y sus mayores defectos, otorgándole a la película una notable sensación de impulso mientras teje un complejo tapiz de vidas de Los Ángeles que giran en torno a un longevo concurso de televisión.
Entre esos personajes está un gurú de autoayuda masculino y atormentado, interpretado por Tom Cruise en una actuación arrolladora que nunca ha superado ni antes ni después. Anderson utilizó a algunos actores veteranos conocidos por su trabajo en las películas de dos de sus héroes declarados, Jonathan Demme y Robert Altman, como si estuviera explorando su influencia para descubrir quién quería ser realmente como cineasta, y quizás incluso como persona.
'The master' (2012)
Fotograma de The master
Lo primero que llama la atención en The Master es la banda sonora de Jonny Greenwood, un ritmo trepidante que hipnotiza al público antes incluso de que se pronuncie una sola palabra. Lo segundo es la postura encorvada de Joaquin Phoenix. El arqueo de su espalda, combinado con su gesto de desprecio inconsciente, lo hace a la vez diminuto e imponente, infantil y depravado.
Su Freddie Quell es un hombre de contradicciones, asediado por los horrores de la Segunda Guerra Mundial y susceptible al encanto de un charlatán seductor (Philip Seymour Hoffman, interpretando a un personaje al estilo de L. Ron Hubbard en una película con claras referencias a la Cienciología).
Lo último que se percibe en The Master es que, de alguna manera, es una historia de rendición entre Freddie y su nuevo gurú, aunque la esposa de este (Amy Adams) sea quien lleve las riendas. Esta inquietante constelación de crisis espirituales, como todas las películas de Anderson, invita a verla varias veces.
'Una batalla tras otra' (2025)
Leonardo DiCaprio en Una batalla tras otraGTRES
La colaboración del cineasta con Leonardo DiCaprio se venía gestando desde que el actor rechazó Boogie Nights hace tantos años, y esta trepidante hazaña valió la pena la espera. La mayoría de las películas de Anderson miran al pasado —el oeste americano de principios del siglo XX, el Londres de los años 50, la California de los 70— lo que convierte a Una batalla tras otra en una verdadera sorpresa.
La política del siglo XXI de la película resulta sorprendentemente actual, con la guerrilla en el centro luchando contra la policía militarizada, los campos de detención de migrantes. Pero su peso emocional reside en la historia de un padre y su hija: el exrevolucionario desmoralizado interpretado por DiCaprio sale de su escondite para encontrar a su hija adolescente (Chase Infiniti) después de que la oposición la persiga.
Anderson, un maestro de los géneros dispares, transforma Una batalla tras otra de un trepidante thriller a una desenfadada comedia y viceversa, culminando en una secuencia de persecución tan electrizante como cualquier escena de The French Connection. Esta adaptación libre de Vineland, plantea la pregunta de qué ocurre cuando uno se rinde.
'Embriagado de amor' (2002)
Fotograma de Embriagado de amor
Anderson estaba decidido a que su siguiente proyecto durara 90 minutos. De ahí surgió Embriagado de amor, paradójicamente, la película más fantástica y a la vez más realista de Anderson. Calificarla de comedia romántica resulta limitante, aunque técnicamente es una historia de amor sobre un neurótico llamado Barry (un Adam Sandler en la mejor actuación de su carrera) y la tímida y dulce (Emily Watson) que se encariña con sus peculiaridades.