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Horizontes de grandeza

Horizontes de grandeza

Historias de película

El wéstern clásico con Gregory Peck, Charlton Heston y de las mejores bandas sonoras del cine

Dirigida por William Wyler, en Horizontes de grandeza hay ecos de Hamlet, Romeo y Julieta, Macbeth, Otelo y El rey Lear

Aunque en sus inicios y durante muchas -demasiadas- décadas, fue considerado un género menor, de puro entretenimiento y una especie de trasunto de las novelas de caballería europeas en un país sin historia que necesitaba construir sus propios héroes, hoy es innegable que el wéstern clásico americano es más. Mucho más. Que detrás de esas historias maniqueas de héroe y villanos, de colonos e indios, de ferrocarriles y fuertes, de grandes llanuras y territorios ignotos, allí mismo, reside la epopeya.

Y de entre todas las epopeyas que nos regaló el wéstern, hay una especialmente poderosa, y trágica que conecta más que ninguna otra con los sentimientos más profundos de vinculación a la tierra y odios ancestrales: Horizontes de grandeza.

Llamada originalmente The Big Country -El gran país-, este monumento fue una de las obras más personales de su director, William Wyler, que pasó por su particular calvario para poder sacarla adelante. Su paso por el género había sido mínimo y, desde El Forastero (1940), no volvía sobre él, pero decidió meterse en este proyecto colosal por dos razones principales. Primero, porque le fascinaba la idea de deconstruir el mito del héroe americano, uno de los grandes tropos narrativos del wéstern y cuya desmitificación es fundamental para entender, por ejemplo, el spaghetti wéstern y el neo-wéstern. Wyler fue, sin duda, un pionero en esta línea, pues le fascinaba el contraste que suponía el protagonista del este, leído e instruido, frente al arquetipo del rudo vaquero que necesita mostrar su hombría ante el primer conato de problemas. Y, segundo, porque concibió todo el filme como una alegoría de la incipiente Guerra Fría mostrado a través del conflicto de dos familias cuyos patriarcas son capaces de llevarlas a la destrucción y a una guerra sin sentido.

Horizontes de grandeza cuenta la historia de James McCkay, un marino que llega al rancho de los Bickford en Texas con cuya hija se va a casar después de haberla conocido en el este unos meses atrás. Pero cuando al poco de llegar es víctima de una broma pesada de los Hannassey, hijos del enemigo de su futuro suegro, y él se niegue a tomar represalias, se desatará una cadena imparable de consecuencias.

Después de haber trabajado cinco años antes en Vacaciones en Roma, Wyler y Peck decidieron producir juntos la película a partir de la novela de Donald Hamilton. El guion pasó por enormes tratamientos, escrituras y reescrituras hasta su versión definitiva escrita por Robert Wyler, hermano del director, y Jessamyn West, que había colaborado con él en La gran prueba. De hecho, el director, que era famoso en Hollywood por su forma meticulosa de trabajar y al que apodaron «90 tomas Wyler» porque nunca estaba satisfecho con el trabajo de nadie, solicitó cambios a diario provocando la desesperación de su hermano y del propio Peck que juró que jamás volvería a trabajar con él.

Sea como fuere, el resultado final es el de una «tragedia de proporciones shakesperianas» narrada en clave de wéstern épico. Para empezar, por la rivalidad entre dos familias que tiene los ecos de la mismísima Romeo y Julieta. Los Terrill están liderados por un hombre cruel, arrogante e implacable y los Hannassey por uno tosco, resentido y destructivo que desatan su maldad más primaria cuando el primero prohíbe al segundo que sus reses beban en sus aguas.

Pero Horizontes de grandeza también tiene ecos de Hamlet, pues McKay comparte con el príncipe danés su reticencia a actuar bajo los códigos de lo que la sociedad espera de él que en este caso es someterse al espectáculo público de la violencia. Pero lejos de ser una cobarde, la inacción del protagonista es fruto de una superioridad moral, de una manera más pacífica de entender el mundo. Algo que queda de manifiesto cuando, después de darse una paliza al fin contra el capataz de los Terrill que no hace más que provocarle, dice: «Dime, ¿qué hemos demostrado con esto?».

Y, por supuesto, Horizontes de grandeza es una epopeya sobre la ambición desmedida, como lo es Macbeth; sobre los celos y la envidia, como lo es Otelo y sobre la vejez y la pérdida de poder, como lo es El Rey Lear. Pero todo ello pasado por la pátina de los ranchos y los cowboys, donde Gregory Peck, Charlton Heston, Jean Simmons, Burl Ives, Carroll Baker y Charles Bickford brillan como jamás volvieron a hacerlo, perdidos en la inmensidad de unos paisajes mayestáticos, una banda sonora inolvidable, un uso de la profundidad de campo poderoso y un final épico que se queda clavado en el alma.

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